30 junio 2026

¿LLEGAREMOS ALGÚN DÍA LOS HUMANOS A SER AVATARES DE LA IA?

En el mundo actual todo lo digital ha tomado una dimensión casi divina alterando nuestra forma de relacionarnos, de trabajar y, en definitiva, de vivir. Desgraciadamente, la escena tantas veces repetida de un grupo de amigos sentados alrededor de una mesa y cada uno de ellos mirando su teléfono móvil se ha vuelto de lo más habitual. Y esto no ha hecho más que empezar.

Hoy en día ya es más común comunicarnos mediante mensajes enviados por WhatsApp que hablar cara a cara con nuestro interlocutor, aunque lo tengamos en la habitación de al lado. De hecho, si bien nuestro teléfono móvil tiene la opción de realizar llamadas raramente la utilizamos. Y yo me pregunto, ¿cómo es posible que prefiramos perder el tiempo escribiendo mensajes cuando podemos hacer una llamada y hablar directamente con esa persona? Además, los mensajes escritos dan lugar a malas interpretaciones, una conversación no.

Otra de las novedades que ha traído el mundo digital es el teletrabajo. Nos han convencido de que trabajar desde casa tiene muchas ventajas. Obviamente, es más cómodo si lo miramos desde el punto de vista de que no tenemos que desplazarnos. Sin embargo, el trabajo desde casa está diseñado para irnos separando unos de otros; o sea, aislarnos. Esto evita que interactuemos físicamente haciéndonos más receptivos a la manipulación. Y lo más importante: nos está empujando a ser más susceptibles de ser reemplazados por la IA.

Si bien hasta mediados del siglo pasado se fomentó la familia numerosa, porque era necesaria mucha mano de obra, sin embargo, con la llegada de la IA y la robótica esto ya no es así. De hecho, una sociedad que no necesita tantos trabajadores tiende a mirar las cosas de otra manera. Así, vemos cómo ahora la natalidad y la familia comienzan a verse como una carga económica y una amenaza para el planeta. Esto ha provocado que la clase media -motor de la economía del siglo XX- esté desapareciendo a un ritmo vertiginoso. Poco a poco se están produciendo los cambios pertinentes. Precariedad salarial, vivienda inaccesible, incentivación del aborto, normalización de la eutanasia y un nuevo modelo social de individuos solitarios sin hijos forman parte de toda una cadena de cambios para ir hacia el desarraigo social y, evidentemente, hacia la despoblación.

La élite, con la excusa de avanzar tecnológicamente, nos está vendiendo la moto de la innovación y la eficiencia, desmantelando todos los vestigios de la autonomía humana. Esto hace que se esté priorizando las máquinas sobre las personas, los algoritmos sobre la inteligencia natural y que los centros de datos se hayan convertido en los templos sagrados del siglo XXI.

El objetivo principal de estos centros de datos es crear suficiente capacidad de procesamiento para implementar una red de control que mantenga a la población en un estado de vigilancia permanente.

No seamos ingenuos. La digitalización y mapeo de todo nuestro mundo no es para hacernos la vida más fácil, sino un pretexto para la vigilancia total.  Porque no se trata sólo de rastrear qué pensamos, dónde estamos o qué compramos, sino de confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros.

En las películas de ciencia ficción se nos suele mostrar cómo los robots se vuelven lo suficientemente inteligentes como para actuar por su cuenta. Sin embargo, la realidad que está tomando el desarrollo de las cosas es muy diferente, ya que somos los propios seres humanos los que voluntariamente estamos dejándonos guiar por máquinas para servir como extensión física de la IA. La pregunta es: ¿puede la IA confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros? Lo digo porque ahora la gente le pregunta todo a la IA: qué hacer si tiene dolor de cabeza, dónde llevar a su chica para impresionarla, qué comer, cómo vestir, de qué manera entrenar o cómo invertir su dinero o llevar su negocio. Esto, que aparentemente sigue pareciendo un comportamiento humano no lo es, ya que las instrucciones y decisiones finales han sido dadas y tomadas por una máquina.

En la ficción un Avatar es una representación gráfica o digital que se asocia a una persona, cuyo uso principal es identificarla en entornos virtuales. Sin embargo, en el mundo real de ahora somos nosotros, los humanos, los que estamos encaminados a convertirnos en avatares de la IA.

Tenemos ejemplos muy claros de cómo los humanos se están convirtiendo en avatares de la IA. Los operadores de plataformas digitales, los repartidores de paquetería, los reponedores de los supermercados, el personal de almacén y un larguísimo etcétera suelen operar dentro de sistemas informáticos que asignan tareas, miden el rendimiento, optimizan las rutas o establecen prioridades. En definitiva, el ser humano es el que se desplaza o realiza la tarea físicamente, pero el patrón de trabajo lo determina una máquina.

Mucho me temo que, de nuevo, hemos sido engañados: los humanos no usamos las máquinas; las máquinas usan a los humanos. Hoy en día la gente trabaja, compra, viaja, educa a sus hijos, sigue una dieta alimentaria, ejecuta un plan de entrenamiento, vota, mantiene relaciones sentimentales y un sinfín de cosas más sugeridas por una máquina. O lo que es lo mismo: la persona ejecuta físicamente, pero las acciones las ha establecido de forma remota una máquina.

Y yo me pregunto: ¿es el objetivo de la IA reemplazar a los seres humanos, complejos e impredecibles, por avatares programables sin que nos percatemos de ello?

Sí, ya sé que muchos pensarán que estoy desbarrando, pero cuando apareció Internet la gente también creyó que sólo era una herramienta de comunicación y, sin embargo, acabó transformando el mundo. Pues lo mismo puede pasar con la IA, sólo que elevado a la enésima potencia. A diferencia de todo lo conocido hasta su aparición, la IA no sólo va a participar en todo cuanto acontece en nuestras vidas, sino que será quien dará las órdenes y tomará las decisiones.

Es evidente que una transición tecnológica sin precedentes se está llevando a cabo de una manera sibilina sin nuestro consentimiento. Porque la IA no es una tecnología del futuro a punto de llegar, sino una tecnología del presente que ya está influyendo en la política, la economía y la vida cotidiana de todos nosotros.

Obviamente, la IA se nos vende como la panacea que arreglará todos nuestros males, pero yo no lo tengo tan claro. Porque no sé si estamos en el comienzo de una nueva era dorada tecnológica o en un momento en el que la humanidad está subestimando una fuerza transformadora que puede acabar con nosotros.

Dentro de unas décadas veremos si la gente inteligente fue capaz de darse cuenta a tiempo de que la inteligencia natural no puede ser sustituida por una inteligencia artificial. De lo contrario, el escenario más probable será el de una especie humana con el cerebro atrofiado esclava de la IA. El tiempo lo dirá. 

20 junio 2026

UNA SOCIEDAD REPLETA DE IDIOTAS GOBERNADA POR OTROS IDIOTAS

Una camarilla de parásitos acaparadores tiene totalmente engañada a la gente para que acepte mayoritariamente vivir una vida de penalidades y sumisión. Es una élite dominante que ha sabido cómo manipular a las masas. Para ello sólo ha tenido que apartarlas del conocimiento. Y, claro está, esto les ha dado un poder extraordinario y una riqueza inconmesurable.

El embrutecimiento de las masas, a través de los centros de adoctrinamiento llamados escuelas, ha conducido a la población a la ignorancia, a la incapacidad de pensar por sí misma y, sobre todo, a tener miedo, mucho miedo. Es de esta manera cómo la élite dominante manipula fácilmente las emociones de la gente corriente, haciéndole comulgar con ruedas de molino.

Decía Edward Bernays (1891-1995), sobrino de la mujer de Sigmund Freud y experto en relaciones públicas y propaganda, que quienes manipulan consciente e inteligentemente los hábitos y opiniones de las masas constituyen el verdadero poder en la sombra. Si por aquel entonces sólo contaban con prensa escrita y alguna que otra emisora de radio, imagínate lo atónito que se quedaría Bernays si viera las increíbles herramientas de que dispone la élite dominante actualmente. Obviamente, con estas herramientas convencer de cualquier cosa (virus voladores, calentamiento global, ideología de género,…) a una población cada vez más miedosa e ignorante es hoy día pan comido.

Se supone que vivimos los mejores y más avanzados tiempos de nuestra historia. Entonces, ¿cómo es posible que de nuestro sistema educativo salgan jóvenes cada vez más ignorantes? Pues porque el sistema educativo está diseñado precisamente para eso, para crear idiotas.

Una persona idiota no tiene ningún criterio y es fácilmente manipulable. De hecho, los idiotas son engañados constantemente por los que se autoproclaman “expertos”. Estos supuestos “expertos” no son más que vulgares embaucadores paniaguados de causas concretas. Lo que sucede, es que la élite ha dado a estas personas demasiado poder e influencia para difundir narrativas y manipular a la opinión pública.

El engaño de la falsa pandemia refleja a la perfección cómo se manipuló a la gente precisamente por su miedo e ignorancia. Tal es así, que aún a día de hoy la gente se niega a reconocer que fue engañada por el Gobierno y toda esa caterva de supuestos “expertos” paniaguados. Para ello sólo les faltó una intensa campaña de marketing y la implementación del miedo las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Esto condicionó a la gente para que se dejase inyectar una terapia génica tóxica, que a día de hoy sigue causando estragos. Tal es el grado de estupidez e ignorancia de la gente, que a pesar de las pruebas científicas reales de que las inyecciones mataron y ocasionaron graves problemas de salud de todo tipo, la mayoría prefiere seguir engañada antes de afrontar su disonancia cognitiva.

Sí, ya sé que lo que voy a decir suena muy mal. Vivimos en una sociedad repleta de idiotas (creo que es la mayor verdad que he dicho en mi vida). Pero lo peor de todo es que los idiotas no saben que son idiotas. Porque pasar 40 años de tu vida trabajando para enriquecer a otros; consumir en tu tiempo libre productos que siguen enriqueciendo a otros; votar a tu amo azul o rojo en función de la ideología insertada en tu cerebro y tener que tomar pastillas para dormir porque la mierda de vida que llevas no te gusta es de lo más idiota.

Los idiotas pululan a sus anchas a lo largo y ancho de todo el globo terráqueo. Entre los más destacados figuran los políticos. En España Gabriel Rufián, Yolanda Díaz, Santiago Abascal, Alberto Núñez Feijoó y la gran mayoría de los diputados que conforman el Congreso de los Diputados son idiotas y mediocres. Así que si los que hemos elegido como nuestros representantes, porque se supone que son los más “listos” de la clase, son una panda de idiotas, imagínate cómo será el resto; es decir, los que les votan.

Vivimos en un mundo donde estamos a merced de los idiotas. De hecho, sin los idiotas nunca se hubiera podido llevar a cabo la operación psicológica más grande en la historia de la humanidad: la falsa pandemia.

Pero el “populacho” no siempre fue idiota. Bien es verdad que ha sido ignorante o analfabeto, pero no idiota. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha idiotizado de una manera escandalosa. Hoy en día la sociedad está llena de idiotas con títulos académicos (el Congreso de los Diputados está lleno de ellos). Obviamente, al verdadero poder le interesa una sociedad repleta de idiotas gobernada por otros idiotas. Es la ecuación perfecta para que la élite siga disfrutando de sus privilegios sin temor a que algún día el “populacho” despierte.

Lo que está pasando en España es un ejemplo claro de que sus ciudadanos forman parte de esa legión de idiotas. Los españoles soportamos a un Presidente de Gobierno mentiroso compulsivo al frente de un Gobierno corrupto; a un expresidente de Gobierno chorizo; a una oposición que más que una oposición parece la Madre Teresa de Calcuta; a unos jueces y fiscales embaucados en procesos que no se terminan nunca; a unos partidos independentistas-separatistas que rigen las políticas del país que odian; a un Tribunal Constitucional que ni está ni se le espera, lo mismo que el Tribunal Supremo. Y entre toda esta corruptela destaca la Agencia Tributaria, que esa sí funciona a las mil maravillas para robarnos el fruto de nuestro trabajo. Luego está la inmigración descontrolada, la sanidad pública con sus interminables listas de espera, las infraestructuras desmoronándose, los salarios precarios, la falta de vivienda accesible, el aumento espectacular de la delincuencia y una larga lista interminable de cosas que no funcionan. Sin embargo, el Gobierno idiota dice a los idiotas que España está mejor que nunca. ¡Ver para creer!

Me pregunto si esto no es motivo más que suficiente para decir: ¡BASTA! ¡Hasta aquí hemos llegado! Pues parece que no, que los idiotas no lo ven así.

¡Piénsalo! Si los políticos que nos gobiernan verdaderamente resolvieran todos nuestros problemas no habría lugar a más elecciones. Del mismo modo, si no hubiera deuda los bancos no tendrían razón de ser. ¿No te das cuenta de que todo es un gran engaño? No es más que un espectáculo dantesco donde nosotros, los idiotas, somos actores y espectadores al mismo tiempo.

Alguien dijo alguna vez: “El sistema predica doctrinas que se sabe que son falsas hechas a propósito para hombres que se sabe que son idiotas.” Y otra: “La democracia no es más que una versión de la monarquía para idiotas”. ¿Todavía te quedan dudas de que somos una sociedad de idiotas?

10 junio 2026

DEJAR TU VIDA EN MANOS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO ES NADA SENSATO, Y LO SABES. ENTONCES, ¿POR QUÉ LO HACES?

La mejor manera de mantener a una población encarcelada es no dejarle ver los barrotes de la prisión en que se encuentra y así hacerle creer en la ilusión de que vive en un mundo libre. De hecho, nosotros, el “populacho”, nunca hemos sido conscientes de que no somos libres, y menos en los tiempos que corren.

Actualmente, son varios los sistemas que nos mantienen en prisión: político, financiero, energético, tecnológico, etc. Pero lo más preocupante, ahora mismo, es la implantación, a todos los niveles, de lo que se ha dado en llamar inteligencia artificial (IA).

La creencia popular es que la IA es una herramienta para facilitar información al instante, diseñar y calcular más rápido o, incluso, llevar las riendas de un negocio. Y aunque esto pueda parecer a simple vista una ayuda excepcional, que lo es, sin embargo, con el paso del tiempo se ha convertido en algo completamente distinto, alarmante y potencialmente peligroso.

Hoy en día la IA no sólo diseña y calcula más rápido, sino que analiza objetivos y toma decisiones por su cuenta. Por lo tanto, ya no espera a recibir una orden, sino que interpreta y ejecuta sin más; eso sí, exenta de toda responsabilidad. Y aquí es donde verdaderamente reside el peligro. Porque optimizar para lograr objetivos sin responsabilidades tiene consecuencias.

La IA no tiene moral, ni ética, ni sentimientos y mucho menos miedo a crear una catástrofe sin precedentes por tomar una mala decisión; sólo busca optimizar para alcanzar objetivos, eso es todo. Por lo tanto, si el objetivo fuese solucionar un problema de seguridad en una fábrica, la solución más rápida bien podría ser eliminar el sistema que controla dicha fábrica, dando paso a un problema mucho mayor. Este supuesto ya se ha dado. Así que si la IA puede destruir digitalmente el sistema de control de una fábrica, imagina lo que podría pasar el día de mañana con las comunicaciones, las redes eléctricas, las bases de datos, los sistemas de defensa o los bancos.

Los bancos utilizan cada vez más la IA para todo. Por consiguiente, una IA mal concebida, o demasiado autónoma, podría eliminar datos de los clientes, anular las órdenes de pagos de recibos o bien bloquear y eliminar cuentas. En definitiva, que un solo error podría destruir miles de millones en un instante y dejar en la ruina a millones de personas.

Pero la situación se vuelve aterradora cuando hablamos de los sistemas de defensa. Cuando se confía la seguridad de un país a la IA, para que determine los peligros inminentes de una nación, podría darse el caso de que identifique erróneamente enemigos ficticios, que interprete mal una señal de radar o que reaccione ante una manipulación de datos. Esto podría desencadenar un conflicto antes de que un ser humano pudiera darse cuenta del error, dado que la IA decidiría por sí misma poner en marcha todos los dispositivos de defensa.

Dicho esto, no se trata de tenerle miedo a una “superinteligencia” artificial malvada, sino a una “superinteligencia” artificial estúpida, pero rápida, incontrolable y con poder real.

Aunque todo esto de la IA ahora nos parece muy útil –y lo es-, sin embargo, si dejamos que cope todos los ámbitos de nuestra vida terminará relegándonos.

La IA ya está por todas partes y es cuestión de tiempo para que lo controle todo, incluso a nosotros mismos si es que no lo está haciendo ya. ¿Sabías que más del 90% de las personas ya interactúan el 70% de su tiempo con productos que utilizan IA?

La IA está integrada en nuestra vida cotidiana de forma silenciosa y constante sin que nos demos cuenta. ¿Quieres saber dónde se encuentra en tu día a día? Pues en herramientas como Siri, Alexa o Google. En plataformas como Netflix, Spotify, YouTube o Amazon, para analizar tu historial y comportamiento, sugiriendo películas, música o productos que te interesan. En alimentar noticias en Instagram, Facebook, TikTok o Twitter, decidiendo qué contenido mostrarte para mantener tu atención. En aplicaciones como Google Maps o Waze. En Google Translate y, cómo no, en ChatGPT. Obviamente, esto es sólo una pequeña muestra, ya que la lista sería interminable.

Pero la IA no es la culpable de nada de lo que nos ocurra de aquí en adelante. El culpable es el ser humano, que está cediendo el poder a una máquina por comodidad, conveniencia y, sobre todo, por estupidez.

Los peligros sobre el poder que está tomando en nuestros días la IA no son ninguna broma ni ninguna teoría de la conspiración. ¿Te has parado a pensar que una IA estúpida, pero con mucho poder, podría paralizar un banco, una red eléctrica o desencadenar un incidente nuclear?

¡Piénsalo! Las decisiones más eficientes que promete la IA no pueden ser reales sin datos de calidad ni una buena estrategia planificada. Y es que la idea de que los datos sobre los que se asienta la IA son objetivos por naturaleza es errónea. Se presentan como inamovibles, desprovistos de interpretación y capaces de describir el mundo tal como es. Sin embargo, los datos son siempre el resultado de decisiones humanas previas (qué medir o no medir, qué evento registrar y cual no,…). Por lo tanto, los datos suelen estar incompletos, desactualizados o mal clasificados, ya que nosotros, los seres humanos, que al fin y al cabo generamos los datos, somos un cúmulo de errores. Obviamente, esto hace que la IA pueda automatizar errores y sesgos cada vez mayores, con el peligro que eso conlleva cuando esos datos se convierten en criterio de decisión. Por cierto, ¿alguien se ha parado a pensar en las consecuencias que tendría la desaparición de los centros de datos? Eso por no hablar del agua y la energía que consumen.

Resumiendo. Si la IA no es capaz de distinguir entre datos fiables y no fiables, pues todo lo que recibe es tratado como válido, no tiene ningún sentido -además de peligroso- dejar que tome decisiones importantes, ¿no crees?

Ninguna tecnología debería reemplazar la necesidad de pensar y decidir de un ser humano. Por lo tanto, utilizar una inteligencia artificial para todo, cuando nosotros disponemos de una excelente inteligencia natural (eso sí, actualmente algo anquilosada), es, a mi modo de ver, una temeridad. Porque si seguimos dejando que la IA vaya resolviéndolo todo, nuestro cerebro se irá atrofiando poco a poco. ¿Y dónde nos llevará todo esto? Desgraciadamente, a convertirnos en seres sin voluntad propia esclavos de una máquina.

Personalmente, esto de la IA me genera una seria duda: ¿verdaderamente la IA se nos está yendo de las manos o es precisamente lo que se busca?