La única manifestación a escala nacional de “orgullo español”, que yo
recuerde, fue cuando España ganó el mundial de futbol en 2010. Por cierto, tan
“orgullosos de ser españoles (♫ yo soy español,
español, español) y ni siquiera sabemos tararear el Himno Nacional, pues no
tiene letra. Esto se ve cada vez que España juega un torneo internacional, ya
que cuando suena el Himno de España por megafonía los cánticos de la grada van
por un lado y la megafonía por otro.
Anécdotas aparte, España es el país de la UE que ocupa el primer puesto
en el ranking de número de políticos. También somos campeones en paro y, sobre
todo, en paro juvenil. Somos el segundo país de la UE en pobreza infantil, el
tercero en pobreza relativa, el quinto en pobreza absoluta, el primero en
pérdida de poder adquisitivo y el primero en paro femenino. Nuestros médicos,
enfermeras, ingenieros y universitarios, en general, tienen que emigrar porque
aquí no hay futuro. Y los jóvenes no pueden independizarse de sus padres, porque su miserable
sueldo no le da para pagar un alquiler y mucho menos comprar una vivienda.
Por otro lado, de nada nos sirve que los demás países nos vean como un
país abierto y acogedor, con un buen clima y numerosas playas, si los políticos
nos dejan en evidencia cada vez que abren la boca, ya que lo único que hacen es
mentir, difamar e insultarse, por no hablar del desprecio absoluto que profesan
a la población. Tampoco nos sirve de nada si las cifras macroeconómicas indican
que “nuestra economía va bien” si el bienestar no llega a los ciudadanos.
Seamos realistas. En España tenemos un Estado que no funciona y un
Sistema Autonómico que tampoco. Si dejamos de lado la propaganda oficial, la
verdad es que en España prácticamente no funciona nada.
El supuesto progreso que vive España nada tiene que ver con la
realidad. A los políticos se les llena la boca de justicia social, pero esa
justicia social sólo la disfrutan ellos y los altos cargos de la
Administración, que gozan de un sueldo que triplica o multiplica por “X” al del
ciudadano de a pie. Después, cuando termina su paso por la Administración,
tienen las “puertas giratorias”, donde de nuevo somos campeones.
Sí, en España todo es una chapuza y no funciona prácticamente nada.
La violencia salvaje que sufren nuestras calles ha dejado de ser
excepción para convertirse en norma. Cada vez son más frecuentes las peleas con
arma blanca o de fuego. Mientras tanto, la policía mira para otro lado, como si
con ellos no fuera la cosa, ya que sólo están para defender a sus Señorías de
nosotros. En fin, que no es de extrañar que los juzgados estén a punto de
colapsar. Todo muy “normal”, ¿verdad? Eso es lo que dice nuestro Ministro del
Interior.
Luego está la educación que deja bastante que desear. Y es que la
educación que reciben nuestros jóvenes no es tal, es adoctrinamiento. Cada vez
que entra un nuevo gobierno se implementa un nuevo Plan de Educación sin
escuchar a los docentes, a los que se trata con desprecio y no se les tiene
ningún respeto. En cuanto a las universidades, la primera universidad española
que aparece en el Ranking QS 2025 sitúa a la Universidad de Barcelona en
el puesto 160, a la Universidad Autónoma de Barcelona en el puesto 172 y a la Universidad
Complutense de Madrid en el puesto 187.
¿Y qué decir de la sacrosanta sanidad pública? La sanidad pública agoniza.
La atención
primaria prácticamente ya no existe. En las urgencias de cualquier hospital se
trata a los pacientes como ganado. Los famosos protocolos y la burocracia han
conseguido deshumanizar la atención médica. Hoy en día cuando vas a la consulta
el médico ni te mira, sólo tiene puesta la mirada en su ordenador, siguiendo a
rajatabla los estúpidos protocolos.
Obviamente, el transporte tampoco se libra de la chapuza. Los aviones y
trenes sufren retrasos interminables y accidentes cada vez más frecuentes, como
el que acabamos de sufrir en Adamuz.
Luego tenemos las infraestructuras, que hacen agua por los cuatro
costados: las vías de ferrocarril tienen un estado lamentable, los aeropuertos soportan
a duras penas el tráfico aéreo y las carreteras están llenas de baches, por no
decir socavones.
Pero el Gobierno no parece preocupado en absoluto. Es más, saca pecho
de lo bien que le va a nuestro país. Lo peor es que la inmensa mayoría de
cretinos ideologizados que votan lo creen.
Ahora seamos rigurosos. Esa sanidad pública desastrosa, esas
infraestructuras deleznables o esa pésima educación, ¿en manos de quién están?
De nosotros, evidentemente. Nosotros somos a fin de cuentas los que trabajamos
en los hospitales, los que construimos las infraestructuras y los docentes que
educamos a nuestros hijos. Y sí, somos nosotros los chapuceros.
En España, tanto la Administración como la mayoría de empresas privadas
no realizan bien su trabajo; eso es una realidad. Si no fuera así, no hubiera
ocurrido el accidente ferroviario de Adamuz o la tragedia de Valencia
(catástrofes anunciadas evitables). Esto es debido a la desidia generalizada y
la corrupción galopante que impera en el país a todos los niveles.
Evidentemente, claro que hay gente que hace muy bien su trabajo, pero
he de decir que son los menos. Bien es verdad que hay jueces que se resisten a las
presiones ejercidas por los de arriba y no se venden. Médicos que, a pesar de
los estúpidos protocolos, tratan a los pacientes con profesionalidad y
humanidad. Periodistas independientes que se la juegan destapando las cloacas
del Estado y todo un abanico de trabajadores competentes honrados, en todos los
sectores, que son los que hacen que el país no se vaya al carajo.
Sin embargo, España no tiene por qué estar condenada a la chapuza.
Puede ser un país donde todo (o casi todo) funcione correctamente. Podemos
construir infraestructuras seguras, hospitales con personal sanitario
comprometido y poner al frente del país administradores honrados y eficientes.
Pero esto lo tenemos que hacer nosotros, los españoles. Evidentemente, con el
grado de corrupción actual no es un camino de rosas, depende de nuestra
determinación.
Este es el desafío al que nos enfrentamos. ¡Basta ya de tanta chapuza!
Tenemos que entender que la calidad no es un lujo, sino la voluntad de
hacer bien las cosas para que funcionen. De hecho, la máxima que se establece
en los cursos de calidad es “hacer las cosas bien a la primera”, y no es tan
difícil.
¿Podemos hacerlo? Pues claro que podemos hacerlo. Obviamente, el cambio ha de venir primero por la voluntad obstinada de los que hacen bien su trabajo, poniendo en evidencia a los que no lo hacen. Porque, ¡señores chapuceros! Cuando a ustedes les deja de importar la calidad de su trabajo, algo tan cotidiano como un viaje en tren puede convertirse en una tragedia.
El desprecio por nuestra herencia común, nuestro pasado, nuestra bandera ... lleva años siendo fomentado desde el poder político. Una nación que se desprecia a sí misma genera un impulso inconsciente de autodestrucción, algo cada vez más patente. Estamos sometidos a maquiavélicos hipnotizadores que nos empujan al abismo, con la cómplice ignorancia de unos y la complacencia de otros.
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