La mejor manera de mantener a una población encarcelada es no dejarle
ver los barrotes de la prisión en que se encuentra y así hacerle creer en la
ilusión de que vive en un mundo libre. De hecho, nosotros, el “populacho”,
nunca hemos sido conscientes de que no somos libres, y menos en los tiempos que
corren.
Actualmente, son varios los sistemas que nos mantienen en prisión: político,
financiero, energético, tecnológico, etc. Pero lo más preocupante, ahora mismo,
es la implantación, a todos los niveles, de lo que se ha dado en llamar
inteligencia artificial (IA).
La creencia popular es que la IA es una herramienta para facilitar
información al instante, diseñar y calcular más rápido o, incluso, llevar las
riendas de un negocio. Y aunque esto pueda parecer a simple vista una ayuda
excepcional, que lo es, sin embargo, con el paso del tiempo se ha convertido en
algo completamente distinto, alarmante y potencialmente peligroso.
Hoy en día la IA no sólo diseña y calcula más rápido, sino que analiza
objetivos y toma decisiones por su cuenta. Por lo tanto, ya no espera a recibir
una orden, sino que interpreta y ejecuta sin más; eso sí, exenta de toda
responsabilidad. Y aquí es donde verdaderamente reside el peligro. Porque
optimizar para lograr objetivos sin responsabilidades tiene consecuencias.
La IA no tiene moral, ni ética, ni sentimientos y mucho menos miedo a
crear una catástrofe sin precedentes por tomar una mala decisión; sólo busca
optimizar para alcanzar objetivos, eso es todo. Por lo tanto, si el objetivo
fuese solucionar un problema de seguridad en una fábrica, la solución más
rápida bien podría ser eliminar el sistema que controla dicha fábrica, dando
paso a un problema mucho mayor. Este supuesto ya se ha dado. Así que si la IA
puede destruir digitalmente el sistema de control de una fábrica, imagina lo
que podría pasar el día de mañana con las comunicaciones, las redes eléctricas,
las bases de datos, los sistemas de defensa o los bancos.
Los bancos utilizan cada vez más la IA para todo. Por consiguiente, una IA mal concebida, o demasiado autónoma,
podría eliminar datos de los clientes, anular las órdenes de pagos de recibos o
bien bloquear y eliminar cuentas. En definitiva, que un solo error podría
destruir miles de millones en un instante y dejar en la ruina a millones de
personas.
Pero la situación se vuelve aterradora cuando hablamos de los sistemas
de defensa. Cuando se confía la seguridad de un país a la IA, para que determine
los peligros inminentes de una nación, podría darse el caso de que identifique
erróneamente enemigos ficticios, que interprete mal una señal de radar o que
reaccione ante una manipulación de datos. Esto podría desencadenar un conflicto
antes de que un ser humano pudiera darse cuenta del error, dado que la IA
decidiría por sí misma poner en marcha todos los dispositivos de defensa.
Dicho esto, no se trata de tenerle miedo a una “superinteligencia”
artificial malvada, sino a una “superinteligencia” artificial estúpida, pero rápida,
incontrolable y con poder real.
Aunque todo esto de la IA ahora nos parece muy útil –y lo es-, sin
embargo, si dejamos que cope todos los ámbitos de nuestra vida terminará
relegándonos.
La IA ya está por todas partes y es cuestión de tiempo para que lo
controle todo, incluso a nosotros mismos si es que no lo está haciendo ya. ¿Sabías
que más del 90% de las personas ya interactúan el 70% de su tiempo con
productos que utilizan IA?
La IA está integrada en nuestra vida cotidiana de forma silenciosa y constante
sin que nos demos cuenta. ¿Quieres saber dónde se encuentra en tu día a día?
Pues en herramientas como Siri, Alexa o Google. En plataformas como Netflix,
Spotify, YouTube o Amazon, para analizar tu historial y comportamiento,
sugiriendo películas, música o productos que te interesan. En alimentar
noticias en Instagram, Facebook, TikTok o Twitter, decidiendo qué contenido
mostrarte para mantener tu atención. En aplicaciones como Google Maps o Waze. En
Google Translate y, cómo no, en ChatGPT. Obviamente, esto es sólo una pequeña
muestra, ya que la lista sería interminable.
Pero la IA no es la culpable de nada de lo que nos
ocurra de aquí en adelante. El culpable es el ser humano, que está cediendo el
poder a una máquina por comodidad, conveniencia y, sobre todo, por estupidez.
Los peligros sobre el poder que está tomando en nuestros días la
IA no son ninguna broma ni ninguna teoría de la conspiración. ¿Te has parado a
pensar que una IA estúpida, pero con mucho poder, podría paralizar un banco,
una red eléctrica o desencadenar un incidente nuclear?
¡Piénsalo! Las decisiones más eficientes que promete la IA no pueden
ser reales sin datos de calidad ni una buena estrategia planificada. Y es que la
idea de que los datos sobre los que se asienta la IA son objetivos por
naturaleza es errónea. Se presentan como inamovibles, desprovistos de
interpretación y capaces de describir el mundo tal como es. Sin embargo, los
datos son siempre el resultado de decisiones humanas previas (qué medir o no
medir, qué evento registrar y cual no,…). Por lo tanto, los datos suelen
estar incompletos, desactualizados o mal clasificados, ya que nosotros, los
seres humanos, que al fin y al cabo generamos los datos, somos un cúmulo de
errores. Obviamente, esto hace que la IA pueda automatizar errores y sesgos
cada vez mayores, con el peligro que eso conlleva cuando esos datos se
convierten en criterio de decisión. Por cierto, ¿alguien se ha parado a pensar en
las consecuencias que tendría la desaparición de los centros de datos? Eso por
no hablar del agua y la energía que consumen.
Resumiendo. Si la IA no es capaz de distinguir entre datos fiables y no
fiables, pues todo lo que recibe es tratado como válido, no tiene ningún
sentido -además de peligroso- dejar que tome decisiones importantes, ¿no crees?
Ninguna tecnología debería reemplazar la necesidad de pensar y decidir
de un ser humano. Por lo tanto, utilizar una inteligencia artificial para todo,
cuando nosotros disponemos de una excelente inteligencia natural (eso sí,
actualmente algo anquilosada), es, a mi modo de ver, una temeridad. Porque si
seguimos dejando que la IA vaya resolviéndolo todo, nuestro cerebro se irá
atrofiando poco a poco. ¿Y dónde nos llevará todo esto? Desgraciadamente, a convertirnos
en seres sin voluntad propia esclavos de una máquina.
Personalmente, esto de la IA me genera una seria duda: ¿verdaderamente la IA se nos está yendo de las manos o es precisamente lo que se busca?