Bajo el pretexto de proteger a los menores de los “peligros” que para
ellos representan las redes sociales, se está produciendo un movimiento
político a nivel global muy alarmante. Se trata de tejer una infraestructura de
identidad digital, que será un requisito indispensable para acceder a Internet,
redes sociales, servicios de salud, transacciones financieras, viajes y un
larguísimo etcétera.
Cada vez son más los países que quieren introducir la verificación de
edad para ver ciertos contenidos en Internet y proteger a los menores. De
llegar a implementarse (y se implementará, no me cabe la menor duda),
significará tener que identificarse cada vez que utilicemos Internet y todo
aquello que ya esté digitalizado. Esto, que parece una solución pragmática para
proteger a los menores, poco a poco irá creando toda una infraestructura que se
utilizará para algo más perverso de su propósito original: un nuevo nivel de
vigilancia y control absoluto de todos nuestros movimientos.
Evidentemente, la identidad digital es una amenaza en toda regla para
la libertad, pero lo realmente preocupante es quién estará a los mandos de
semejante bazofia. Obviamente, será el gobierno.
La historia ha demostrado, por activa y por pasiva, que la información
es poder. Por lo tanto, la identidad digital no es un acto administrativo más, sino
una de las infraestructuras de control más poderosas de la historia, y una
herramienta para la obtención de todo tipo de datos a nivel global, ya que los
datos son información valiosísima en estos tiempos.
Es obvio que los gobiernos de todo el mundo están colaborando
estrechamente con las grandes tecnológicas, que están desarrollando conceptos
para la gobernanza digital a nivel mundial y dar cobertura a la Agenda 2030 de
Naciones Unidas.
Pero la identificación digital, aparte de ejercer un control total
sobre cada uno de nosotros, tiene un fin más perverso y oscuro: la eliminación
silenciosa de una parte de la población que ya no interesa.
Llevamos tiempo escuchando, por boca de los “expertos”, que nuestro
sistema tiene los días contados y tarde o temprano colapsará. Según sus
cálculos, si no se hace nada para remediarlo el sistema colapsará en la década
de 2030 a 2040. Aseguran que lo hará, porque para 2030 ya estará jubilada toda
la generación del “baby boom”. Esto supone que más de 1.000 millones de
personas en todo el mundo cobrará una pensión, recibirá más atención médica que
el resto de la población y demandará gran cantidad de servicios sociales. Llegados
a este punto, aseguran que no hay infraestructura ni dinero suficiente para
soportar ese gasto, y que una avalancha así de gente mayor, que genera mucho
gasto y no produce, puede llevarse por delante el sistema.
Evidentemente, eso de que no hay dinero para mantener ese gasto es una gilipollez como la copa de un pino, ya que en el mundo hay dinero de sobra (se crea de la nada), riqueza, medios, recursos y tecnología suficiente como para mantener a la población mayor que, por cierto, no olvidemos ya se pagó su pensión, su sanidad y sus servicios sociales con creces, pues se dejó la mitad de lo que ganó durante toda su vida laboral en pagar impuestos.
Ante tal amenaza, los dueños del mundo, y por ende del sistema, han elaborado
un plan de mitigación demográfica silenciosa. Obviamente, el plan no trata de
eliminar a la gente de un plumazo, eso no tendría nada de silencioso, sino de
excluirla paulatinamente de la sociedad y así acelerar la mortalidad natural de
todos aquellos que son considerados económicamente inviables. Suena aberrante,
¿verdad? Pero es que, reducir el número de personas que el sistema no puede o
no quiere sostener, lo es.
Y ahora una pregunta incómoda: ¿Podrían las “vacunas” contra el Covid-19,
inoculadas a más de 6.000 millones de personas, ser parte de ese plan? Lo digo,
porque a partir de las vacunas se han incrementado de una manera alarmante los
llamados “turbocánceres” y las enfermedades cardiovasculares (existen numerosos
informes que así lo acreditan).
Mucho me temo que ese plan de mitigación demográfica no es una acción a
futuro, sino que ya se está produciendo. Se trata de poner palos en las ruedas
a la vida cotidiana de la gente mayor, mediante el uso de tecnologías que no
entiende, para que ella misma abandone y tire la toalla.
La gente mayor está acostumbrada a tratar con personas, no con
máquinas. Primero fueron los cajeros automáticos los que reemplazaron a los
empleados bancarios. Luego vinieron las compras on-line, las cajas automáticas
de los supermercados y las citas medicas a través de una aplicación. Cada
cambio presentado como progreso ha ido eliminando el contacto humano y la gente
mayor ya no tiene capacidad de adaptación a estos “modernismos” y desiste.
Por otro lado, los productos esenciales para las personas mayores han
subido desproporcionadamente más rápido que el resto. Alimentación, medicamentos,
atención médica, seguros, productos básicos, etc., cada día son más
inaccesibles para la gente mayor que vive de una mísera pensión.
Aunque la mayoría de la gente no lo ve, la verdad es que esto que
llamamos progreso ha diseñado toda una serie de sistemas, sin alternativa
posible, para que la gente mayor se sienta aturdida y abandone. Y lo ha hecho,
porque la gente mayor ya no es rentable: si no consume tanto como cuando era
joven y no genera datos (en el modelo de negocio actual si no generas datos no interesas)
el sistema no te quiere, ya que has dejado de ser relevante y punto.
Aunque cueste creerlo, cada uno de esos cambios tiene un efecto
secundario probablemente intencional: aislar a los que no quieren o no pueden
adaptarse a la tecnología como única vía de interacción con la sociedad.
Por otro lado, dejar nuestras vidas en manos de la tecnología digital
es la mayor insensatez que ha cometido el ser humano a lo largo de toda su
historia, y lo pagará con creces. La gente no es consciente de que hoy en día
sin Internet nada funcionaría y volveríamos a la Edad de Piedra
(metafóricamente hablando). Y, claro está, el problema es que ya no sabríamos
sobrevivir en la Edad de Piedra.
Resumiendo. El acceso tan complicado, tan frustrante y tan agotador para una persona mayor a los servicios básicos, se ha convertido en un arma silenciosa disfrazada de tecnología y progreso. Y tiene un macabro objetivo: ir eliminando poco a poco a la gente mayor, arrinconándola en el lado oscuro de una sociedad cada día más estúpida, cruel e inhumana.