10 agosto 2026

NO, LA INVASIÓN DE CEUTA NO FUE UNA CRISIS MIGRATORIA

Los gobiernos de todos los países del mundo no están ahí para servir al pueblo y administrar el Estado, sino todo lo contrario. Son, mayoritariamente, gobiernos genocidas que durante la falsa pandemia implementaron una campaña de acoso para que la gente se dejase inocular un veneno tóxico que acabó con la vida de muchos y causó (y sigue causando) daños irreparables en otros. Estos gobiernos libran interminables guerras contra su propio pueblo, contaminan los cielos y suelos de sus propios países e incendian sus bosques. Y todo para tener contento al poder global del dinero, que es quien verdaderamente les puso al frente del país para llevar a cabo lo que se les ha encomendado.

Las masas aceptan sumisamente la autoridad que el gobierno ejerce sobre ellas. Y lo aceptan, por la sencilla razón de que las leyes les obligan a ello. Todas esas ridículas leyes, que se han ido confeccionando gradualmente a lo largo de los años, han hecho que la gente piense que es normal el abuso totalitario del gobierno sobre los ciudadanos. Por consiguiente, el “populacho” ha normalizado el concepto de totalitarismo como algo que se da por sentado.

¿Cuándo vamos a dejar de ser tan ingenuos? No existe ningún país en el mundo libre y democrático. No lo hay. Todos están dirigidos por entidades privadas -en manos de poderosos oligarcas financieros- que controlan por completo a los políticos peleles que ellos mismos colocan en los gobiernos.  La supuesta rivalidad entre derecha e izquierda es pura quimera para engañar a los pobres ignorantes altamente ideologizados. Las dos actúan para satisfacer a la clase dominante. Por consiguiente, el pueblo no tiene representación alguna y nunca la ha tenido. Esta es la realidad que nadie quiere ver y que el poder quiere ocultar.

Cada generación ha sido adoctrinada en el culto al Estado y en la existencia y pertenecía a una “patria”. La aceptación incondicional, por parte de las masas aborregadas, de banderas, himnos y constituciones, son el testimonio viviente de una mentalidad basada en la dependencia de los gobernantes. Cualquiera que crea que una doctrina gubernamental que define “derechos” es justa y necesaria, está colaborando, sin saberlo, a su propia esclavitud. El principio y el fin de la libertad de cada uno de nosotros no recaen sobre ningún gobierno. Los gobiernos no tienen ningún derecho legítimo a gobernar sobre nadie. Conviene recordar que los gobiernos están formados por políticos títeres del poder global del dinero. Y son, como ya he dicho infinidad de veces, lo peorcito de la humanidad.

Dicho esto, hablemos ahora de Ceuta.

Lo primero que deberíamos preguntarnos es si nos están diciendo toda la verdad. Pues claro que no nos están contando toda la verdad. La verdad sólo la saben quienes han organizado este “sarao”, así como el verdadero objetivo del mismo.

Todo lo que estamos escuchando a políticos, analistas, tertulianos y periodistas no es más que pura distracción. Porque decir, como asegura el Gobierno, que la invasión de Ceuta es un problema relacionado con la inmigración ilegal y las mafias que trafican con personas, es de lo más pueril, por decirlo de una manera suave.

Luego están los medios extranjeros que o bien son analfabetos o quieren confundir a la opinión pública tergiversando la historia, diciendo que Ceuta es una colonia española arrebatada a Marruecos. Nada más lejos de la realidad.

Ceuta es española desde 1457, cuando la Corona de Castilla y Portugal estaban unidas. Luego, cuando volvieron a separarse 60 años más tarde, Ceuta decidió quedarse en España por voluntad propia. El reino alauita de Marruecos se creó en 1631. Entre 1912 y 1956, el país estuvo bajo protectorados de Francia y España. Y es a partir de 1956, cuando Marruecos alcanzó su independencia y formalizó la monarquía actual. Por lo tanto, Ceuta es tan española como lo es Sevilla, Madrid o Burgos y nunca, repito, nunca fue una colonia arrebatada a Marruecos, ya que nunca la poseyó.

Aclarado esto, lo que ha ocurrido en Ceuta es simple y llanamente una invasión de Marruecos a un territorio español. Obviamente, esto se ha llevado a cabo con la connivencia del Gobierno de España, ya que los servicios de inteligencia españoles sabían de antemano lo que iba a pasar. Lo que hay que preguntarse es por qué el Gobierno no hizo nada al respecto. Porque, ¿te imaginas que 70.000 cubanos entraran en Miami y el Gobierno de EEUU no hiciera nada? No, ¿verdad? Pues eso.

Lo que está sucediendo en torno a Ceuta nada tiene que ver con la inmigración ilegal (los inmigrantes son simplemente carne de cañón utilizados como cobayas humanas), sino con el control del Estrecho de Gibraltar y las vías de acceso al Mar Mediterráneo.

Los propios españoles no somos conscientes de la relevancia geopolítica que tiene el Estrecho de Gibraltar y de que España posea aguas territoriales de una y otra orilla. De hecho, en España nadie habla de ello. Sin embargo, esta farsa de que lo ocurrido en Ceuta es una venganza de Trump y Netanyahu por no dejar utilizar las bases para la guerra de Irán al primero (mentira) y por criticar el genocidio de Gaza al segundo (nuestro Presidente lo hizo para ganar votos), no es más que una cortina de humo para distraer al “populacho” que anda, como siempre, perdido en causas que no entiende.

Todos sabemos lo que está pasando con el Estrecho de Ormuz. Y, claro está, EEUU e Israel han tomado nota y buscan asegurarse que el Estrecho de Gibraltar no dependa de un único país, España, y que esta vía marítima tenga dos pasillos: uno español y otro marroquí. De ahí la apuesta de EEUU e Israel por Marruecos.

Ceuta, por su ubicación geográfica, permite que España controle uno de los pasos marítimos más importantes del mundo. Sin embargo, si España cediera Ceuta a Marruecos se formaría un segundo corredor que, obviamente, estaría gestionado directamente por Marruecos; o lo que es lo mismo, bajo el control de EEUU e Israel, actualmente socios inquebrantables de Marruecos.

Es más que evidente que nuestro actual corrupto Gobierno está en el ajo, y ya tendrá pactado lo que sea. De ahí que estén todos de vacaciones como si nada hubiera ocurrido. Además, no sería la primera vez: ya se hizo con el Sahara, vendiéndoselo a Marruecos durante el Gobierno de Arias Navarro. Por lo tanto, no es de extrañar que lo vuelvan a hacer con Ceuta y Melilla.

Nuestra corrupta clase política lleva años (porque alguien así lo ha querido) balcanizando España con el Estado de las Autonomías. Así que lo de vender a Marruecos Ceuta y Melilla (sin descartar las Islas Canarias) no es nada descabellado.

La pregunta es: ¿qué estamos haciendo los españoles al respecto? Lamentablemente, absolutamente nada (de vacaciones, como si con nosotros no fuera la cosa). Obviamente, con un pueblo tan estúpido, dócil e insolidario (nadie se acuerda de que a los ceutíes les están jodiendo la vida) no es de extrañar que los gobiernos hagan con nuestro país lo que le dé la gana.

Lo que no es de recibo es que después de 10 días todavía haya pululando por Ceuta entre 8.000 y 11.000 personas (según datos oficiales de la Ciudad Autónoma), que irrumpieron en nuestro país dando una patada en la puerta, sin que nadie les diga que tienen que volver por donde han venido.

Respecto a los menores no acompañados, llamados coloquialmente “menas”, es de juzgado de guardia. Estos son los primeros que deberían ser devueltos a Marruecos con sus padres. Y si sus padres no se quieren hacer cargo de ellos, que lo haga el Gobierno de Marruecos. Porque, ¿a santo de qué tenemos que hacerlo nosotros?

Los menores no tienen todavía criterio suficiente para saber lo que quieren, por eso no votan y requieren el permiso de sus padres para todo. Entonces, ¿quién le ha dado permiso al Gobierno de España para apoderarse de los niños de otro país simplemente por haber cruzado la frontera? Todo eso de los derechos humanos y de que son menores y hay que protegerlos es la excusa perfecta para quedarse con ellos.

La verdad es que es bastante extraño que un país se deshaga de su potencial humano de futuro y se lo deje arrebatar por otro. ¿No será que forma parte de una agenda?

En España hay actualmente 1.375 centros de protección de menores en total, que suman unas 20.000 plazas de acogida. Oficialmente, no existen centros exclusivos de “menas”, sino que los menores extranjeros no acompañados son integrados dentro de la red general de protección a la infancia gestionada por las comunidades autónomas. Por lo tanto, la acogida de menores extranjeros no es temporal, sino definitiva.

Y mientras todo esto está ocurriendo, nuestro Presidente del Gobierno disfrutando de unas largas vacaciones en La Mareta (que no las tienen la mitad de los españoles), al igual que la oposición. Esto demuestra que todos, absolutamente todos son cómplices. Pero, claro está, con un pueblo tan estúpido, ignorante y sumiso –como ya se vio durante la falsa pandemia- no tienen de qué preocuparse, ya que saben que no va a mover un solo dedo por defender Ceuta, Melilla e incluso las Islas Canarias. 

31 julio 2026

SIN SEPARACIÓN DE PODERES NO HAY DEMOCRACIA QUE VALGA

La separación de poderes en España es un espejismo. Oficialmente, la Constitución Española establece una división de poderes, pero, en la práctica, la elección de los órganos de gobierno por parte de los partidos políticos difumina dicha separación.

En España existen tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El Poder Ejecutivo lo compone el Gobierno. Su función principal es dirigir la política nacional e internacional, administrar los recursos públicos y hacer cumplir las leyes.

El Poder Legislativo es el órgano del Estado encargado de crear, modificar y derogar las leyes. Además, tiene la responsabilidad de aprobar los presupuestos generales del Estado y controlar al Gobierno. Este poder reside en el Congreso de los Diputados y el Senado.

El Poder Judicial lo compone un conjunto de juzgados y tribunales integrados exclusivamente por jueces y magistrados. Su estructura y organización principal incluye: el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional, los Tribunales Superiores de Justicia, las Audiencias Provinciales y los Juzgados.

Ahora bien, ¿hay una verdadera separación de poderes en España? ¿Existe un indiscutible mecanismo de control hacia los poderes públicos? Y lo que es más importante: ¿tenemos garantizados nuestros derechos y libertades?

Pues me temo que no hace falta ser un experto en Derecho Constitucional para darse cuenta que ni hay separación efectiva de poderes ni garantías constitucionales de nuestros derechos y libertades, ya que los supuestos mecanismos de control, que debieran supeditar a unos y a otros poderes, son una falacia: a efectos prácticos, controladores y controlados son los mismos.

En España, el Poder Legislativo y Judicial dependen del Ejecutivo. Decía Montesquieu, que la separación de poderes debería limitar y controlar el ejercicio del gobierno. Sin embargo, en España no sólo no es así, sino que más bien es todo lo contrario. Es decir, es el Poder Ejecutivo quien influye en la composición de los otros dos poderes.

El Poder Legislativo, el que crea las leyes en el Congreso de los Diputados y el Senado, está compuesto por partidos políticos votados en unas elecciones. Por lo tanto, el Poder Legislativo es principalmente una representación del Poder Ejecutivo. Y de cara a aplicar e interpretar las leyes, el Poder Judicial es en parte también dependiente del Ejecutivo y Legislativo. Así se puede comprobar en la composición de los dos órganos judiciales principales.

Tenemos el Tribunal Supremo, que es el órgano de gobierno de los jueces. Está compuesto por el Presidente (que a su vez lo es también del Consejo General del Poder Judicial), 5 Presidentes de Sala y 74 Magistrados. ¿Y quién elige a esos magistrados? Pues el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). ¿Y quién compone el CGPJ? 12 Jueces o Magistrados (6 elegidos por el Congreso y 6 por el Senado), más 8 juristas (4 elegidos por el Congreso y 4 por el Senado).

Y con el Tribunal Constitucional pasa tres cuartos de lo mismo. También está compuesto por 12 miembros nombrados por el Rey. De ellos, 4 a propuesta del Congreso y 4 del Senado.

En resumen, la misma mayoría parlamentaria controla el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial a través de una gran influencia en la elección y composición de los miembros de los distintos órganos. Por lo tanto, nuestro actual marco constitucional impide la total autonomía del Poder Judicial, algo imprescindible para garantizar la separación de poderes y la igualdad de todas las personas ante la ley.

Y ahora veamos de dónde sale esa mayoría parlamentaria y qué autonomía real tiene a la hora de decidir.

Como sabemos, en España existe un sistema de partidos que se presentan a las elecciones en listas cerradas elaboradas, generalmente, por el dirigente de cada partido. Una vez celebradas las elecciones, los elegidos conforman el Congreso y el Senado. Ellos son los encargados de elegir al Presidente del Gobierno que, obviamente, siempre (o casi siempre) es el líder del partido más votado. Y como los partidos se deben a la disciplina de voto, los diputados y senadores siempre votan lo que ordena el presidente de su partido. Y aquí lo tenemos: en España, el Presidente del Gobierno tiene unos poderes casi ilimitados. Por consiguiente, España sigue siendo una dictadura en toda regla disfrazada de democracia.

Dicho esto, no hay duda de que en España la división de poderes existe únicamente sobre el papel. Para que haya plena separación de poderes, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial deben recaer sobre diferentes personas o entidades. Porque, ¿cómo va haber separación de poderes si recaen sobre las mismas personas o entidades?

La distancia entre los poderes disminuyó drásticamente el día en que el PP y PSOE se pusieron de acuerdo para establecer un sistema privilegiado de puertas giratorias, donde los jueces pueden ir a la política y volver sin problema alguno a la judicatura.

Respecto al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), la Constitución Española diseñó un sistema mixto para su composición, de forma que 8 vocales fuesen elegidos por los partidos (vía Parlamento) y otros 12 lo fuesen por los propios jueces. Pero, en 1985, el PSOE modificó el sistema y quedó establecido que los partidos elegirían a los 20 vocales.

¿Entiendes ahora por qué en España no hay una verdadera separación de poderes? Obviamente, si no hay separación de poderes eso significa que sólo hay un único poder. ¿Y cómo se le llama a eso donde sólo hay un único poder? Sí, acertaste, DICTADURA. Pues eso, señores, es lo que tenemos en España, por muchas milongas que nos cuenten sobre democracia y separación de poderes los políticos y la paniaguada prensa canallesca. 

20 julio 2026

LUCES Y SOMBRAS DE LA MEDICINA MODERNA

En 1910, la educación médica en Estados Unidos y Canadá, y posteriormente en el resto del mundo, cambió para siempre dando lugar a la aparición de la medicina moderna. Este cambio se produjo a raíz del Informe Flexner: un manual sobre educación médica, escrito por Abraham Flexner y amparado por la Fundación Carnegie. Hay que resaltar que Abraham Flexner fue un educador sin formación médica que, sin embargo, fue financiado por Carnegie y Rockefeller para definir un nuevo estándar médico.

El objetivo del Informe Flexner, sobre el papel, era combatir la mala formación, cerrar escuelas deficientes, elevar los estándares médicos y convertir la medicina en una disciplina más científica y controlada. Para confeccionar el documento se evaluaron decenas de facultades de medicina y se defendió un modelo basado en anatomía, fisiología, investigación científica, laboratorios, hospitales y formación universitaria rigurosa. No obstante, esto que a priori parece de lo más razonable, tuvo consecuencias para muchas otras disciplinas que enseñaban enfoques distintos, como los modelos homeopáticos, eclécticos o tradicionales, que quedaron fuera del nuevo sistema o perdieron legitimidad.

Desde entonces, la medicina moderna se ha concentrado alrededor del modelo biomédico, universitario, hospitalario y farmacológico.

Pero la medicina moderna, creada a partir del Informe Flexner, tiene sus luces y sus sombras.

El informe fue encargado por la Fundación Carnegie, pero fue la Fundación Rockefeller la que después ayudó a financiar la expansión de ese nuevo paradigma médico.

Es evidente que la inyección masiva de capital, por parte de grandes fortunas como las fundaciones Carnegie y Rockefeller, no fue altruista. De hecho, estas fundaciones exigieron planes de estudio basados exclusivamente en la alopatía (intervención a través de fármacos y cirugía). Es a partir de aquí cuando la salud pasó a ser una gran industria orientada a protocolos universales y al desarrollo farmacológico, en detrimento de las soluciones preventivas o tratamientos naturales que no son patentables o tan rentables para el mercado corporativo.

Y aquí viene una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando los multimillonarios “filántropos” meten sus zarpas en la construcción de un nuevo sistema sanitario? Porque una cosa es mejorar la formación médica o eliminar escuelas de baja calidad, y otra muy distinta marginar todos esos conocimientos ancestrales porque no se ajustan a la nueva industria de la salud.

Hay una cosa clara, ni todo lo natural es la panacea arreglalotodo ni todo lo químico farmacéutico es veneno. Así que debería haber un equilibrio entre ambos.

La medicina moderna ha dejado de mirar al cuerpo completo para tratarlo como una suma de partes separadas utilizando cada vez más protocolos. Protocolos, por otra parte, que han convertido la medicina moderna en esclava de la todopoderosa industria farmacéutica.

Aunque bien es verdad que la medicina moderna ha ganado rigor científico, sin embargo, ha perdido parte de su visión integral del ser humano.

Obviamente, negar los beneficios de la medicina moderna no sería justo, pero tampoco lo sería negar sus sombras.

El dilema está en si es mejor un enfoque de la medicina orientado al cuerpo como un todo unificado o un modelo reduccionista, mecanizado y altamente protocolizado. Porque este cambio, producido por mirar la medicina con un enfoque flexneriano, ha tenido consecuencias profundas, dividiendo el cuerpo humano en sistemas aislados y fomentando la hiperespecialización.

Y aunque este enfoque es el responsable de grandes avances quirúrgicos y tecnológicos, también ha alejado a la medicina de la visión holística, que considera los aspectos psicosociales, nutricionales y emocionales del paciente como un todo. Al ser tratada la enfermedad, por el especialista de turno, como una avería mecánica de una parte del cuerpo, se ha perdido la conexión médico-paciente tradicional.

Una de las amenazas reales de la medicina moderna es que al haberse convertido en una gran industria necesita tener beneficios. Por consiguiente, un paciente curado es un cliente perdido. Es por esta razón que las enfermedades crónicas como el Alzheimer, la diabetes, el asma o la hipertensión, que necesitan de fármacos diarios, no parecen tener curación. Evidentemente, si estas enfermedades llegaran a curarse la industria farmacéutica se resentiría con creces, ya que se estima que cerca de 2.000 millones de personas padecen algún tipo de enfermedad crónica en el mundo. Por lo tanto, perderían 2.000 millones de clientes.

Y ahora seamos serios. Desde siempre, la medicina ha tenido más fracasos que éxitos. Y tiene más fracasos, por la sencilla razón de que no es una ciencia exacta. Es una disciplina que enfrenta la complejidad biológica del cuerpo humano. Cada paciente responde de manera diferente. Así que por mucho que se diga que la medicina moderna ha avanzado una barbaridad, lo habitual es que se limite a gestionar, aliviar o retrasar enfermedades en lugar de curarlas de forma definitiva. De hecho, de curarlas se encarga el sistema inmunológico de cada uno. Pero para eso tiene que estar en plena forma, y la vida y la alimentación de hoy en día se lo está poniendo cada vez más difícil.

Ya ha quedado claro que la medicina moderna es una industria, y una industria se mueve por el aliciente de los beneficios. ¿Y qué hace esta industria para sacar más beneficios? Se inventa enfermedades. Lo hemos podido comprobar recientemente con la falsa pandemia, donde las farmacéuticas se forraron con las mal llamadas vacunas. Lo mismo pasa con el colesterol, donde se bajan cada día más los estándares para atrapar a nuevos clientes, perdón, pacientes. 

Resumiendo. La medicina moderna destaca por su base cada vez más científica, por la utilización de alta tecnología y tratamientos específicos dirigidos. Sus luces incluyen un aumento en la esperanza de vida, la erradicación de algunas enfermedades graves y diagnósticos cada vez más precisos. Como sombras, la hiperespecialización (el paciente ha quedado relegado a una enfermedad), el tratamiento de procesos naturales como patologías y el conflicto de intereses con la industria farmacéutica. Aunque lo peor son los graves efectos secundarios de los fármacos. De hecho, los tratamientos médicos son la tercera causa de mortalidad después del cáncer y las enfermedades cardiovasculares.

En definitiva, que la medicina moderna no es la panacea arreglalotodo: a veces salva vidas y a veces las destruye. Lo importante es saber lo que nos traemos entre manos, y creo que en este sentido hay aún mucha ignorancia. 

10 julio 2026

EN ESPAÑA PAGAMOS MUCHÍSIMOS MÁS IMPUESTOS QUE HACE 50 AÑOS. LA CUESTIÓN ES: ¿VIVIMOS MEJOR AHORA QUE ANTES?

A pesar de pagar muchísimos más impuestos, y por mucho que le pese a la clase política, en España no se vive ahora mejor que hace 50 años. Puede que algunos confundan tener más cosas materiales con calidad de vida, pero no es lo mismo.

En 1975, España tenía una población de 36 millones de habitantes y 700 mil empleados públicos. Hoy en día, la cifra de trabajadores en el sector público supera los 3,6 millones, para administrar a una población que ha crecido hasta los 49 millones. Es decir, los funcionarios se han multiplicado por 5 mientras que la población ni siquiera se ha doblado.

Sin embargo, el aumento del sector público no ha contribuido a incrementar la calidad de vida del ciudadano; al contrario, ha supuesto un aumento espectacular de la burocracia, reduciendo al ciudadano a un mero idiota que tiene que pedir permiso para todo y pagar cada vez más impuestos.

Con la llegada de la “democracia”, España instauró un modelo basado en el multipartidismo y la descentralización (Estado de las Autonomías), dando lugar a un mastodóntico monstruo de 17 cabezas. O lo que es lo mismo, una nación hiperpolitizada y sobrerrepresentada.

Hoy en España tenemos unos 70.000 cargos públicos, más unos 30.000 asesores y cargos de confianza. Y sí, estos administradores de pacotilla son los que nos han llevado a esta situación; a no vivir mejor pagando más impuestos.

En la década de los 70, el sistema fiscal español no era ni la sombra de lo que es ahora. Si hacemos una comparativa de los impuestos que pagábamos hace 50 años con los que pagamos ahora, veremos la diferencia.

Hace 50 años el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) no existía. Esto suponía que los trabajadores asalariados prácticamente no pagaban un impuesto directo sobre sus ingresos, ya que la recaudación dependía de impuestos sobre el consumo y gravámenes de la época franquista. Sin embargo, ahora es el pilar del sistema fiscal español. En 2026, este impuesto cuenta con tipos progresivos que van desde el 9,5% para los primeros tramos hasta el 24,5% para las rentas más altas. Si a esto le sumamos los tramos autonómicos, se llega a un tipo máximo conjunto por encima del 45%.

Hace 50 años tampoco existía el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA). En su lugar, el consumo estaba gravado por el Impuesto General sobre el Tráfico de Empresas (ITE) y por el Impuesto de Lujo que gravaba determinados bienes. Actualmente, el IVA se aplica a todos los productos, bienes y servicios. El tipo general es del 21%, aunque hay un tipo reducido del 10% para el transporte y la hostelería y un tipo superreducido del 4% para alimentos básicos o libros.

Obviamente, 50 años atrás el porcentaje destinado a la Seguridad Social era inferior debido a un menor volumen de pensiones y servicios sanitarios públicos. Ahora las cotizaciones sociales son el mayor motor recaudatorio, superando el 37% de los ingresos fiscales del país.

Luego tenemos el Impuesto sobre Patrimonio, que hace 50 años tampoco existía. A día de hoy se aplica a las “grandes” fortunas. No obstante, para los que no contamos con grandes fortunas tenemos el Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI), que grava la titularidad de las viviendas de todo el mundo, ricos y pobres.

Dicho esto, está claro que el cambio ha sido sustancial. La justificación oficial del incremento de la presión fiscal es que España necesita más dinero para la financiación del Estado del Bienestar. A ver, ¿el Estado de qué? Porque, ¿qué Estado del Bienestar es ese que permite que trabajando seas pobre, no llegues a fin de mes y pagues más impuestos que nunca?

No nos confundamos. El Estado del Bienestar es ese que te garantiza cobertura médica inmediata, esperanza de vida y bienestar emocional. Ese que te ofrece un nivel de ingresos dignos para mantener tu poder adquisitivo. El que te da acceso al conocimiento y la cultura. El que te permite vivir en un entorno limpio con buena calidad de alimentos, aire y agua. El que tiene niveles ínfimos de criminalidad. En definitiva, un Estado donde tus derechos estén garantizados y el gobierno te proteja y no te robe. Porque no se trata de dar ridículas ayudas que no sacan de la pobreza al que las recibe, sino de crear bases sólidas que garanticen la igualdad de oportunidades para todos.

Pero el debate no está en si el gasto público debe ser alto o bajo en función de las necesidades del Estado, sino en si verdaderamente ese gasto es eficiente. Y he aquí que España gasta el 45% de su PIB para obtener unos resultados propios de un país que sólo gasta la mitad. Por lo tanto, algo estamos haciendo rematadamente mal.

La presión fiscal en España ha alcanzado niveles sin precedentes que no se ha traducido en una mejora de vida para la mayoría de sus ciudadanos. Esa es la cruda realidad. España dedica hoy 280.000 millones de euros más al gasto público que hace 50 años. Cada trabajador paga 15.000 euros más que en 1975 para financiar sanidad, educación e infraestructuras. ¿Qué pasa? ¿Es que en la España de 1975 no existían hospitales, carreteras, trenes y educación pública? Pues claro que existían acorde a los tiempos que corrían.

La pregunta es: ¿por qué ahora con más recaudación no mejora el bienestar de la gente? Evidentemente, la respuesta está en la ineficiencia del gasto público y en el modelo económico español, que se sustenta sobre sectores de baja productividad. Actualmente, la productividad por trabajador está prácticamente al mismo nivel que hace 25 años. Del mismo modo, el salario real medio -descontada la inflación- ha seguido una tendencia prácticamente plana. Es decir, que hoy en día los trabajadores no ganan más en términos de poder adquisitivo.

Según el Informe FOESSA, en 1975 había en España alrededor de 3 millones de pobres. En 2026, la cifra ha ascendido a 12,6 millones. Obviamente, si recaudando más dinero hay más pobres, algo no estamos haciendo bien.

Dicho esto, ¿cómo podemos ser tan estúpidos de pensar que un Estado del Bienestar puede estar gestionado por políticos? Los políticos en España son como un grano en el culo. Viven en su mundo de Yupi ajenos a la realidad. Son personas que no han trabajado en su vida, que no tienen la preparación adecuada y no han hecho otra cosa que vivir de la política. Por lo tanto, son los menos capacitados para gestionar un país. Y como sólo saben tapar un agujero con otro agujero, por eso cada vez necesitan más y más dinero, que luego no se traduce en calidad de vida para sus ciudadanos.

Epílogo. Los políticos son una panda de parásitos que no saben nada de nada. Excepto una cosa: saben que gobiernan a una población extremadamente idiota. Y, claro está, sabiendo eso, ¿para qué coños necesitan saber nada más? 

30 junio 2026

¿LLEGAREMOS ALGÚN DÍA LOS HUMANOS A SER AVATARES DE LA IA?

En el mundo actual todo lo digital ha tomado una dimensión casi divina alterando nuestra forma de relacionarnos, de trabajar y, en definitiva, de vivir. Desgraciadamente, la escena tantas veces repetida de un grupo de amigos sentados alrededor de una mesa y cada uno de ellos mirando su teléfono móvil se ha vuelto de lo más habitual. Y esto no ha hecho más que empezar.

Hoy en día ya es más común comunicarnos mediante mensajes enviados por WhatsApp que hablar cara a cara con nuestro interlocutor, aunque lo tengamos en la habitación de al lado. De hecho, si bien nuestro teléfono móvil tiene la opción de realizar llamadas raramente la utilizamos. Y yo me pregunto, ¿cómo es posible que prefiramos perder el tiempo escribiendo mensajes cuando podemos hacer una llamada y hablar directamente con esa persona? Además, los mensajes escritos dan lugar a malas interpretaciones, una conversación no.

Otra de las novedades que ha traído el mundo digital es el teletrabajo. Nos han convencido de que trabajar desde casa tiene muchas ventajas. Obviamente, es más cómodo si lo miramos desde el punto de vista de que no tenemos que desplazarnos. Sin embargo, el trabajo desde casa está diseñado para irnos separando unos de otros; o sea, aislarnos. Esto evita que interactuemos físicamente haciéndonos más receptivos a la manipulación. Y lo más importante: nos está empujando a ser más susceptibles de ser reemplazados por la IA.

Si bien hasta mediados del siglo pasado se fomentó la familia numerosa, porque era necesaria mucha mano de obra, sin embargo, con la llegada de la IA y la robótica esto ya no es así. De hecho, una sociedad que no necesita tantos trabajadores tiende a mirar las cosas de otra manera. Así, vemos cómo ahora la natalidad y la familia comienzan a verse como una carga económica y una amenaza para el planeta. Esto ha provocado que la clase media -motor de la economía del siglo XX- esté desapareciendo a un ritmo vertiginoso. Poco a poco se están produciendo los cambios pertinentes. Precariedad salarial, vivienda inaccesible, incentivación del aborto, normalización de la eutanasia y un nuevo modelo social de individuos solitarios sin hijos forman parte de toda una cadena de cambios para ir hacia el desarraigo social y, evidentemente, hacia la despoblación.

La élite, con la excusa de avanzar tecnológicamente, nos está vendiendo la moto de la innovación y la eficiencia, desmantelando todos los vestigios de la autonomía humana. Esto hace que se esté priorizando las máquinas sobre las personas, los algoritmos sobre la inteligencia natural y que los centros de datos se hayan convertido en los templos sagrados del siglo XXI.

El objetivo principal de estos centros de datos es crear suficiente capacidad de procesamiento para implementar una red de control que mantenga a la población en un estado de vigilancia permanente.

No seamos ingenuos. La digitalización y mapeo de todo nuestro mundo no es para hacernos la vida más fácil, sino un pretexto para la vigilancia total.  Porque no se trata sólo de rastrear qué pensamos, dónde estamos o qué compramos, sino de confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros.

En las películas de ciencia ficción se nos suele mostrar cómo los robots se vuelven lo suficientemente inteligentes como para actuar por su cuenta. Sin embargo, la realidad que está tomando el desarrollo de las cosas es muy diferente, ya que somos los propios seres humanos los que voluntariamente estamos dejándonos guiar por máquinas para servir como extensión física de la IA. La pregunta es: ¿puede la IA confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros? Lo digo porque ahora la gente le pregunta todo a la IA: qué hacer si tiene dolor de cabeza, dónde llevar a su chica para impresionarla, qué comer, cómo vestir, de qué manera entrenar o cómo invertir su dinero o llevar su negocio. Esto, que aparentemente sigue pareciendo un comportamiento humano no lo es, ya que las instrucciones y decisiones finales han sido dadas y tomadas por una máquina.

En la ficción un Avatar es una representación gráfica o digital que se asocia a una persona, cuyo uso principal es identificarla en entornos virtuales. Sin embargo, en el mundo real de ahora somos nosotros, los humanos, los que estamos encaminados a convertirnos en avatares de la IA.

Tenemos ejemplos muy claros de cómo los humanos se están convirtiendo en avatares de la IA. Los operadores de plataformas digitales, los repartidores de paquetería, los reponedores de los supermercados, el personal de almacén y un larguísimo etcétera suelen operar dentro de sistemas informáticos que asignan tareas, miden el rendimiento, optimizan las rutas o establecen prioridades. En definitiva, el ser humano es el que se desplaza o realiza la tarea físicamente, pero el patrón de trabajo lo determina una máquina.

Mucho me temo que, de nuevo, hemos sido engañados: los humanos no usamos las máquinas; las máquinas usan a los humanos. Hoy en día la gente trabaja, compra, viaja, educa a sus hijos, sigue una dieta alimentaria, ejecuta un plan de entrenamiento, vota, mantiene relaciones sentimentales y un sinfín de cosas más sugeridas por una máquina. O lo que es lo mismo: la persona ejecuta físicamente, pero las acciones las ha establecido de forma remota una máquina.

Y yo me pregunto: ¿es el objetivo de la IA reemplazar a los seres humanos, complejos e impredecibles, por avatares programables sin que nos percatemos de ello?

Sí, ya sé que muchos pensarán que estoy desbarrando, pero cuando apareció Internet la gente también creyó que sólo era una herramienta de comunicación y, sin embargo, acabó transformando el mundo. Pues lo mismo puede pasar con la IA, sólo que elevado a la enésima potencia. A diferencia de todo lo conocido hasta su aparición, la IA no sólo va a participar en todo cuanto acontece en nuestras vidas, sino que será quien dará las órdenes y tomará las decisiones.

Es evidente que una transición tecnológica sin precedentes se está llevando a cabo de una manera sibilina sin nuestro consentimiento. Porque la IA no es una tecnología del futuro a punto de llegar, sino una tecnología del presente que ya está influyendo en la política, la economía y la vida cotidiana de todos nosotros.

Obviamente, la IA se nos vende como la panacea que arreglará todos nuestros males, pero yo no lo tengo tan claro. Porque no sé si estamos en el comienzo de una nueva era dorada tecnológica o en un momento en el que la humanidad está subestimando una fuerza transformadora que puede acabar con nosotros.

Dentro de unas décadas veremos si la gente inteligente fue capaz de darse cuenta a tiempo de que la inteligencia natural no puede ser sustituida por una inteligencia artificial. De lo contrario, el escenario más probable será el de una especie humana con el cerebro atrofiado esclava de la IA. El tiempo lo dirá. 

20 junio 2026

UNA SOCIEDAD REPLETA DE IDIOTAS GOBERNADA POR OTROS IDIOTAS

Una camarilla de parásitos acaparadores tiene totalmente engañada a la gente para que acepte mayoritariamente vivir una vida de penalidades y sumisión. Es una élite dominante que ha sabido cómo manipular a las masas. Para ello sólo ha tenido que apartarlas del conocimiento. Y, claro está, esto les ha dado un poder extraordinario y una riqueza inconmesurable.

El embrutecimiento de las masas, a través de los centros de adoctrinamiento llamados escuelas, ha conducido a la población a la ignorancia, a la incapacidad de pensar por sí misma y, sobre todo, a tener miedo, mucho miedo. Es de esta manera cómo la élite dominante manipula fácilmente las emociones de la gente corriente, haciéndole comulgar con ruedas de molino.

Decía Edward Bernays (1891-1995), sobrino de la mujer de Sigmund Freud y experto en relaciones públicas y propaganda, que quienes manipulan consciente e inteligentemente los hábitos y opiniones de las masas constituyen el verdadero poder en la sombra. Si por aquel entonces sólo contaban con prensa escrita y alguna que otra emisora de radio, imagínate lo atónito que se quedaría Bernays si viera las increíbles herramientas de que dispone la élite dominante actualmente. Obviamente, con estas herramientas convencer de cualquier cosa (virus voladores, calentamiento global, ideología de género,…) a una población cada vez más miedosa e ignorante es hoy día pan comido.

Se supone que vivimos los mejores y más avanzados tiempos de nuestra historia. Entonces, ¿cómo es posible que de nuestro sistema educativo salgan jóvenes cada vez más ignorantes? Pues porque el sistema educativo está diseñado precisamente para eso, para crear idiotas.

Una persona idiota no tiene ningún criterio y es fácilmente manipulable. De hecho, los idiotas son engañados constantemente por los que se autoproclaman “expertos”. Estos supuestos “expertos” no son más que vulgares embaucadores paniaguados de causas concretas. Lo que sucede, es que la élite ha dado a estas personas demasiado poder e influencia para difundir narrativas y manipular a la opinión pública.

El engaño de la falsa pandemia refleja a la perfección cómo se manipuló a la gente precisamente por su miedo e ignorancia. Tal es así, que aún a día de hoy la gente se niega a reconocer que fue engañada por el Gobierno y toda esa caterva de supuestos “expertos” paniaguados. Para ello sólo les faltó una intensa campaña de marketing y la implementación del miedo las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Esto condicionó a la gente para que se dejase inyectar una terapia génica tóxica, que a día de hoy sigue causando estragos. Tal es el grado de estupidez e ignorancia de la gente, que a pesar de las pruebas científicas reales de que las inyecciones mataron y ocasionaron graves problemas de salud de todo tipo, la mayoría prefiere seguir engañada antes de afrontar su disonancia cognitiva.

Sí, ya sé que lo que voy a decir suena muy mal. Vivimos en una sociedad repleta de idiotas (creo que es la mayor verdad que he dicho en mi vida). Pero lo peor de todo es que los idiotas no saben que son idiotas. Porque pasar 40 años de tu vida trabajando para enriquecer a otros; consumir en tu tiempo libre productos que siguen enriqueciendo a otros; votar a tu amo azul o rojo en función de la ideología insertada en tu cerebro y tener que tomar pastillas para dormir porque la mierda de vida que llevas no te gusta es de lo más idiota.

Los idiotas pululan a sus anchas a lo largo y ancho de todo el globo terráqueo. Entre los más destacados figuran los políticos. En España Gabriel Rufián, Yolanda Díaz, Santiago Abascal, Alberto Núñez Feijoó y la gran mayoría de los diputados que conforman el Congreso de los Diputados son idiotas y mediocres. Así que si los que hemos elegido como nuestros representantes, porque se supone que son los más “listos” de la clase, son una panda de idiotas, imagínate cómo será el resto; es decir, los que les votan.

Vivimos en un mundo donde estamos a merced de los idiotas. De hecho, sin los idiotas nunca se hubiera podido llevar a cabo la operación psicológica más grande en la historia de la humanidad: la falsa pandemia.

Pero el “populacho” no siempre fue idiota. Bien es verdad que ha sido ignorante o analfabeto, pero no idiota. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha idiotizado de una manera escandalosa. Hoy en día la sociedad está llena de idiotas con títulos académicos (el Congreso de los Diputados está lleno de ellos). Obviamente, al verdadero poder le interesa una sociedad repleta de idiotas gobernada por otros idiotas. Es la ecuación perfecta para que la élite siga disfrutando de sus privilegios sin temor a que algún día el “populacho” despierte.

Lo que está pasando en España es un ejemplo claro de que sus ciudadanos forman parte de esa legión de idiotas. Los españoles soportamos a un Presidente de Gobierno mentiroso compulsivo al frente de un Gobierno corrupto; a un expresidente de Gobierno chorizo; a una oposición que más que una oposición parece la Madre Teresa de Calcuta; a unos jueces y fiscales embaucados en procesos que no se terminan nunca; a unos partidos independentistas-separatistas que rigen las políticas del país que odian; a un Tribunal Constitucional que ni está ni se le espera, lo mismo que el Tribunal Supremo. Y entre toda esta corruptela destaca la Agencia Tributaria, que esa sí funciona a las mil maravillas para robarnos el fruto de nuestro trabajo. Luego está la inmigración descontrolada, la sanidad pública con sus interminables listas de espera, las infraestructuras desmoronándose, los salarios precarios, la falta de vivienda accesible, el aumento espectacular de la delincuencia y una larga lista interminable de cosas que no funcionan. Sin embargo, el Gobierno idiota dice a los idiotas que España está mejor que nunca. ¡Ver para creer!

Me pregunto si esto no es motivo más que suficiente para decir: ¡BASTA! ¡Hasta aquí hemos llegado! Pues parece que no, que los idiotas no lo ven así.

¡Piénsalo! Si los políticos que nos gobiernan verdaderamente resolvieran todos nuestros problemas no habría lugar a más elecciones. Del mismo modo, si no hubiera deuda los bancos no tendrían razón de ser. ¿No te das cuenta de que todo es un gran engaño? No es más que un espectáculo dantesco donde nosotros, los idiotas, somos actores y espectadores al mismo tiempo.

Alguien dijo alguna vez: “El sistema predica doctrinas que se sabe que son falsas hechas a propósito para hombres que se sabe que son idiotas.” Y otra: “La democracia no es más que una versión de la monarquía para idiotas”. ¿Todavía te quedan dudas de que somos una sociedad de idiotas?

10 junio 2026

DEJAR TU VIDA EN MANOS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO ES NADA SENSATO, Y LO SABES. ENTONCES, ¿POR QUÉ LO HACES?

La mejor manera de mantener a una población encarcelada es no dejarle ver los barrotes de la prisión en que se encuentra y así hacerle creer en la ilusión de que vive en un mundo libre. De hecho, nosotros, el “populacho”, nunca hemos sido conscientes de que no somos libres, y menos en los tiempos que corren.

Actualmente, son varios los sistemas que nos mantienen en prisión: político, financiero, energético, tecnológico, etc. Pero lo más preocupante, ahora mismo, es la implantación, a todos los niveles, de lo que se ha dado en llamar inteligencia artificial (IA).

La creencia popular es que la IA es una herramienta para facilitar información al instante, diseñar y calcular más rápido o, incluso, llevar las riendas de un negocio. Y aunque esto pueda parecer a simple vista una ayuda excepcional, que lo es, sin embargo, con el paso del tiempo se ha convertido en algo completamente distinto, alarmante y potencialmente peligroso.

Hoy en día la IA no sólo diseña y calcula más rápido, sino que analiza objetivos y toma decisiones por su cuenta. Por lo tanto, ya no espera a recibir una orden, sino que interpreta y ejecuta sin más; eso sí, exenta de toda responsabilidad. Y aquí es donde verdaderamente reside el peligro. Porque optimizar para lograr objetivos sin responsabilidades tiene consecuencias.

La IA no tiene moral, ni ética, ni sentimientos y mucho menos miedo a crear una catástrofe sin precedentes por tomar una mala decisión; sólo busca optimizar para alcanzar objetivos, eso es todo. Por lo tanto, si el objetivo fuese solucionar un problema de seguridad en una fábrica, la solución más rápida bien podría ser eliminar el sistema que controla dicha fábrica, dando paso a un problema mucho mayor. Este supuesto ya se ha dado. Así que si la IA puede destruir digitalmente el sistema de control de una fábrica, imagina lo que podría pasar el día de mañana con las comunicaciones, las redes eléctricas, las bases de datos, los sistemas de defensa o los bancos.

Los bancos utilizan cada vez más la IA para todo. Por consiguiente, una IA mal concebida, o demasiado autónoma, podría eliminar datos de los clientes, anular las órdenes de pagos de recibos o bien bloquear y eliminar cuentas. En definitiva, que un solo error podría destruir miles de millones en un instante y dejar en la ruina a millones de personas.

Pero la situación se vuelve aterradora cuando hablamos de los sistemas de defensa. Cuando se confía la seguridad de un país a la IA, para que determine los peligros inminentes de una nación, podría darse el caso de que identifique erróneamente enemigos ficticios, que interprete mal una señal de radar o que reaccione ante una manipulación de datos. Esto podría desencadenar un conflicto antes de que un ser humano pudiera darse cuenta del error, dado que la IA decidiría por sí misma poner en marcha todos los dispositivos de defensa.

Dicho esto, no se trata de tenerle miedo a una “superinteligencia” artificial malvada, sino a una “superinteligencia” artificial estúpida, pero rápida, incontrolable y con poder real.

Aunque todo esto de la IA ahora nos parece muy útil –y lo es-, sin embargo, si dejamos que cope todos los ámbitos de nuestra vida terminará relegándonos.

La IA ya está por todas partes y es cuestión de tiempo para que lo controle todo, incluso a nosotros mismos si es que no lo está haciendo ya. ¿Sabías que más del 90% de las personas ya interactúan el 70% de su tiempo con productos que utilizan IA?

La IA está integrada en nuestra vida cotidiana de forma silenciosa y constante sin que nos demos cuenta. ¿Quieres saber dónde se encuentra en tu día a día? Pues en herramientas como Siri, Alexa o Google. En plataformas como Netflix, Spotify, YouTube o Amazon, para analizar tu historial y comportamiento, sugiriendo películas, música o productos que te interesan. En alimentar noticias en Instagram, Facebook, TikTok o Twitter, decidiendo qué contenido mostrarte para mantener tu atención. En aplicaciones como Google Maps o Waze. En Google Translate y, cómo no, en ChatGPT. Obviamente, esto es sólo una pequeña muestra, ya que la lista sería interminable.

Pero la IA no es la culpable de nada de lo que nos ocurra de aquí en adelante. El culpable es el ser humano, que está cediendo el poder a una máquina por comodidad, conveniencia y, sobre todo, por estupidez.

Los peligros sobre el poder que está tomando en nuestros días la IA no son ninguna broma ni ninguna teoría de la conspiración. ¿Te has parado a pensar que una IA estúpida, pero con mucho poder, podría paralizar un banco, una red eléctrica o desencadenar un incidente nuclear?

¡Piénsalo! Las decisiones más eficientes que promete la IA no pueden ser reales sin datos de calidad ni una buena estrategia planificada. Y es que la idea de que los datos sobre los que se asienta la IA son objetivos por naturaleza es errónea. Se presentan como inamovibles, desprovistos de interpretación y capaces de describir el mundo tal como es. Sin embargo, los datos son siempre el resultado de decisiones humanas previas (qué medir o no medir, qué evento registrar y cual no,…). Por lo tanto, los datos suelen estar incompletos, desactualizados o mal clasificados, ya que nosotros, los seres humanos, que al fin y al cabo generamos los datos, somos un cúmulo de errores. Obviamente, esto hace que la IA pueda automatizar errores y sesgos cada vez mayores, con el peligro que eso conlleva cuando esos datos se convierten en criterio de decisión. Por cierto, ¿alguien se ha parado a pensar en las consecuencias que tendría la desaparición de los centros de datos? Eso por no hablar del agua y la energía que consumen.

Resumiendo. Si la IA no es capaz de distinguir entre datos fiables y no fiables, pues todo lo que recibe es tratado como válido, no tiene ningún sentido -además de peligroso- dejar que tome decisiones importantes, ¿no crees?

Ninguna tecnología debería reemplazar la necesidad de pensar y decidir de un ser humano. Por lo tanto, utilizar una inteligencia artificial para todo, cuando nosotros disponemos de una excelente inteligencia natural (eso sí, actualmente algo anquilosada), es, a mi modo de ver, una temeridad. Porque si seguimos dejando que la IA vaya resolviéndolo todo, nuestro cerebro se irá atrofiando poco a poco. ¿Y dónde nos llevará todo esto? Desgraciadamente, a convertirnos en seres sin voluntad propia esclavos de una máquina.

Personalmente, esto de la IA me genera una seria duda: ¿verdaderamente la IA se nos está yendo de las manos o es precisamente lo que se busca? 

NO, LA INVASIÓN DE CEUTA NO FUE UNA CRISIS MIGRATORIA

Los gobiernos de todos los países del mundo no están ahí para servir al pueblo y administrar el Estado, sino todo lo contrario. Son, mayorit...