Esta frase, atribuida al periodista y pensador, Walter Lippmann, significa que pensar, fundamentalmente, es cuestionar. Por consiguiente, no hay cuestionamiento sin pensamiento. Y el poder lo sabe.
Fuera de convencionalismos, el mundo en el que vivimos la inmensa
mayoría de los mortales es una prisión sin rejas, donde nuestra celda es nuestro
propio país, nuestro Estado.
Curiosamente, las celdas no son gratis, ya que los ocupantes tenemos
que pagar la estancia a través de los llamados impuestos. Esos impuestos los
pagamos a fondo perdido, pues no recuperamos en servicios ni la cuarta parte de
lo que pagamos. Obviamente, antes de pagar impuestos necesitamos trabajar para
ganar el dinero que luego pagamos al “Estado prisión”.
Por supuesto, nadie puede salir de la prisión, sólo cambiar de celda;
es decir, ir a otro país para seguir trabajando y continuar pagando impuestos.
Para que nunca lleguemos a darnos cuenta de esta realidad la prisión
nos ofrece todo un abanico de productos inútiles de consumo, terribles noticias
para que nos sintamos unos “privilegiados” de estar bajo el cobijo del “Estado
prisión”, ocio con el que distraernos de nuestra miserable vida y
entretenimiento para que nunca descubramos que estamos presos.
Bien es verdad que, aunque muy pocos, hay algunos prisioneros que son
conscientes de que están encerrados: se les llama disidentes o antisistema, y
si persisten en sus ideas se les confina en mazmorras más pequeñas.
Pero hay algo muchísimo peor que todo lo expuesto anteriormente: la
prisión está dirigida y controlada por los llamados “presos de confianza”,
puestos ahí por los dueños de la prisión. Es decir, presos que ejercen de
carceleros para el resto de reclusos a cambio de ciertos privilegios.
Para que la prisión funcione es necesario que los presidiarios seamos
ignorantes, débiles mentales y estúpidos, sobre todo muy estúpidos. De esta
manera nunca descubriremos que somos reclusos.
Pues bien. A esta situación hemos llegado porque la mayoría de nosotros
nos hemos convertido en pensadores acríticos que ya ni siquiera pensamos. Y lo
que es aún peor: somos tan dependientes de “papá Estado” que no podemos ni
sabemos actuar fuera de él.
Estar constantemente pendiente de los múltiples medios de comunicación
atrofia el cerebro y llena la cabeza, de los que siguen estas prácticas, de
sandeces. Obviamente, esto tiene un
objetivo: anular el pensamiento propio.
La adicción a las noticias, a las redes sociales, a las series de
televisión, al fútbol y, en general, a todo aquello que no requiera el esfuerzo
de pensar se ha puesto de moda.
Hoy en día si no estás constantemente entretenido es que estás
aburrido, cosa que en nuestras sociedades modernas -como también se dice del
“cambio climático”- mata. Eso es lo que nos venden desde el poder. Sin embargo,
es en el aburrimiento donde germina el pensamiento.
Un buen libro puede ser de gran ayuda, pero, a su vez, puede impedir reflexionar
si lo único que nos aporta es el pensamiento de su autor. Por consiguiente, leer
libros, por muy buenos que sean, puede ser un freno del pensamiento propio,
pues, al final, nuestro pensamiento es contaminado por el pensamiento de otro.
Para los consumidores compulsivos de libros esto que acabo de decir les
parecerá un sacrilegio. Y no digo yo que no lo sea. Sin embargo, creo que de
vez en cuando es conveniente hacer un ayuno literario para dejar de absorber
los pensamientos de otros y así poder centrarnos exclusivamente en los nuestros.
Ojo, no estoy diciendo que no se deba leer. Al contrario, hay que leer.
Pero igual que hay un tiempo para leer, debería haber un tiempo para pensar y
reflexionar.
La sociedad moderna ha eliminado al individuo generando una mentalidad
de rebaño basada en la conformidad y la obediencia. De hecho, el pensamiento
independiente ha desaparecido, siendo reemplazado por el pensamiento de masas.
Es por esta razón por la que nadie discrepa y sólo repite lo que oye en los
medios de comunicación.
Sinceramente, creo que la mayoría no es consciente de que somos peleles
manejados por el sistema. Todo comienza con la entrega de nuestros hijos al
Estado para que los eduque. Allí son adoctrinados y se les enseña a no pensar
ni cuestionar, sino a repetir, obedecer y a aceptar. Obviamente, este es el
origen de la mediocridad de la mayoría de nosotros, donde una mente secuestrada
conduce a una vida enjaulada y a una esclavitud garantizada.
El resultado de embrutecer y lavar el cerebro a una generación tras
otra nos ha conducido a una sociedad del miedo y la ignorancia, donde la
mediocridad estandarizada se ha impuesto. Obviamente, con la llegada de la
tecnología la situación ha empeorado sustancialmente, ya que la digitalización
total de todo cuanto acontece en nuestras vidas, abanderada por la IA, ha permitido
que el dominio del poder se haya expandido hasta controlar a miles de millones de
personas sin la menor resistencia. Y no sólo eso, sino que la inmensa mayoría
está encantada “disfrutando” de esta “maravillosa tecnología”.
Evidentemente, esta tiranía ha sido posible gracias al embrutecimiento,
lavado de cerebro y adoctrinamiento de la población durante generaciones. De
hecho, la población sigue apoyando este sistema, votando en cada elección como
si no hubiera un mañana, sin ser consciente de que está legitimando su propia
esclavitud.
Nos guste o no, formamos parte de una sociedad donde nadie aprende a
pensar, sino qué pensar. Y en una sociedad así la estupidez se ha disparado y
expandido como una enfermedad infecciosa.
Mientras no seamos conscientes de que los gobiernos no están para
protegernos, sino para subyugarnos y explotarnos, nunca saldremos de esta
prisión. Pero no se trata de manifestarnos contra el gobierno de turno, ya que
ningún gobierno teme una protesta pacífica. El gobierno lo que de verdaderamente
teme es que millones de ciudadanos empiecen a pensar por sí mismos, que se
organicen en base a sus recursos y sean independientes del sistema.
