31 agosto 2026

NO HAY UN SER MÁS ESTÚPIDO SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA QUE UN SOLDADITO

Si el “populacho”, la plebe, la masa (llámalo como quieras) se negara a luchar en cualquier guerra, ninguna guerra podría llevarse a cabo. Obviamente, no soy ningún ingenuo y no creo que el “populacho” llegue algún día a actuar de forma tan sensata, pero si lo hiciera la guerra desaparecería de nuestras vidas para siempre. Y desaparecería, porque no creo que la élite dominante y sus vasallos políticos marioneta fueran a coger un fusil para matarse entre ellos. Por lo tanto, sin soldaditos jamás habría ninguna guerra.

El soldadito no nace, se hace. El culto masivo al nacionalismo, inculcado a las masas desde la más tierna infancia, sirve para engañar a los ingenuos que creen que luchan para defender su patria, cuando en realidad no es su patria, sino un territorio que tiene dueño, y ese dueño no somos nosotros. Así que esos soldaditos -tan patriotas ellos- están dejándose matar por los intereses de otros, no por los suyos. Por cierto, son los mismos soldaditos ingenuos que aún no se han enterado de que ninguna sociedad ha sido libre, y nunca lo será, mientras existan soldaditos a las órdenes del poder.

La esencia de la guerra no es otra que la de mantener el poder y la riqueza de la élite dominante sobre todos los demás. De hecho, la guerra en sí es una trágica tomadura de pelo. Siempre es causada por la codicia de una insignificante minoría, pero consigue involucrar a las masas de idiotas de naciones enteras. Las guerras son provocadas y perpetradas únicamente por quien ostenta el poder, utilizando al “populacho” como carne de cañón. Por consiguiente, cualquier guerra es terrible e innecesaria para los intereses del “populacho”.

¿Alguna vez en la historia de la humanidad la guerra ha solucionado algo? Desde luego que no. La guerra sólo genera odio y maldad. Lo mires desde el punto de vista que lo mires es una locura. La guerra no trae la paz, sino que genera más odio y más guerras. Si verdaderamente generase la paz, hace tiempo que no habría ninguna guerra. Pero no es así, sino todo lo contrario. Ignorar esta realidad es la causa de que los soldaditos sigan colaborando en estas masacres que acrecientan la tiranía y el robo de la riqueza de todos nosotros.

No seamos ingenuos. La guerra siempre es contra nosotros, sobre todo contra los niños inocentes y los ancianos vulnerables. Por mucho que se repita que en las guerras de ahora no se atacan objetivos civiles, no es verdad. Porque, ¿qué es una central eléctrica o una planta desalinizadora? ¿Qué es un puente, un viaducto o un gaseoducto? Destruir estos objetivos sólo tiene un fin: elevar la tasa de mortalidad por el colapso de las infraestructuras necesarias para la vida de la población.

Pero los soldaditos, ingenuos y obedientes, dicen que matan a sus semejantes porque reciben órdenes de sus superiores, no por voluntad propia. Ellos no se cuestionan nada, obedecen y punto. Y todo para que los ricos se hagan cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Esta es la cruda realidad que no ven o no quieren ver. Sin embargo, esa obediencia no les exime de ser tan culpables como los que dan las órdenes.

En el mundo de hoy la guerra sigue estando presente por todas partes. Hoy en día el Presidente de EEUU, Donald Trump, y el Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, son los responsables de casi todas las guerras actuales en el mundo, incluyendo, por supuesto, la de Irán y Ucrania. Obviamente, ellos no están al mando, sino que son simples marionetas del verdadero poder, haciendo todo aquello que se les ha encomendado.

Pero mientras lanzan sus bombas a diestro y siniestro, mientras amenazan con aniquilar culturas enteras, mientras cortan el suministro energético a los ciudadanos indefensos y mientras provocan hambrunas, inflación y devastación por doquier, hay algo que personalmente me indigna: ¿dónde está la respuesta de la sociedad civil? Como siempre, en ninguna parte.

La sociedad civil debe, de una vez por todas, dejar de aportar el recurso principal indispensable para poder llevar a cabo cualquier guerra: los soldaditos. Porque nunca nos libraremos de nuestras cadenas mientras haya soldaditos dispuestos a asesinar a sus semejantes y a dejarse matar por defender los intereses de los oligarcas.

Las guerras de hoy en día no siempre enfrentan directamente a un ejército contra otro, sin embargo, hacen el mismo daño o superior. Hoy tenemos operaciones de falsa bandera para crear conflictos y cambiar de régimen a voluntad. Tenemos la guerra económica, donde se manipulan los mercados. La guerra biológica, de la que apenas sabemos nada. La climática, donde se llega a provocar todo tipo de catástrofes (sequías, inundaciones, incendios,…). Y la última tendencia: la guerra tecnológico-digital, que acabará haciéndonos prisioneros a todos.

Por supuesto, esto no es sólo lo que está sucediendo. A esto tenemos que sumarle la corrupción y la maldad cada vez mayor de la élite dominante, que supera con creces lo que la imaginación de la mayoría pueda elucubrar. Y aunque, ciertamente, en las guerras siempre ha habido matanza de inocentes, ahora mismo el alcance y la velocidad de esta locura no tiene parangón (Gaza, Ucrania, Irán,…). Pero lo más preocupante, es que las cosas no sólo no tienen el menor atisbo de mejorar, sino de empeorar, independientemente de la escoria que esté al mando.

Piénsalo. Si los soldaditos dejaran de alistarse en el ejército, o incumplieran la obligatoriedad de hacerlo, en los países donde se requiere, la vida cambiaría drásticamente para mejor. Porque si verdaderamente el pueblo llegara algún día a negarse a formar parte de ningún ejército (todos los ejércitos son genocidas y han sido adiestrados para asesinar) el panorama político se transformaría debilitando la estructura de poder. Porque sin el respaldo del ejército el poder no es nada. Obviamente, no espero que este mensaje cale en una ciudadanía cada vez más estúpida, obediente y acomodada. Además, ya da igual, dado que pronto los soldaditos serán sustituidos por robots dirigidos por IA.

Para terminar quiero ratificar el título de este artículo a sabiendas de que voy a herir susceptibilidades: sí, no hay un ser más estúpido en la faz de la tierra que un soldadito. Y aunque la mayoría de soldaditos digan que se alistan en el ejército para ganarse la vida (asesinando), no tiene justificación alguna. Para eso mejor enrolarse en la mafia: el trabajo es el mismo, pero paga mejor. 

20 agosto 2026

CONTROL MENTAL Y VIGILANCIA MASIVA

Si hablas con la gente, y le dices que no es el creador de sus pensamientos y sentimientos, lo más probable es que te mande por ahí a regar. Sin embargo, no sé por qué la gente no entiende lo fácil que resulta el control mental.

Básicamente, el control mental se fundamenta en introducir en la mente de una persona una idea cualquiera y repetirla tantas veces como sea necesario hasta que esté consolidada en la mente del receptor. Obviamente, cuanto más joven sea esa persona y más repeticiones reciba el éxito estará más que asegurado. De ahí que los gobiernos escolaricen a los niños en edades cada vez más tempranas.

El sistema educativo está diseñado para embrutecer a los niños. El objetivo final es crear niños totalmente dependientes del sistema, para que no puedan subsistir de forma independiente. Por consiguiente, los niños privados de sus habilidades naturales se convertirán en adultos sin habilidades para vivir fuera del sistema. Y de eso se trata.

La percepción del mundo que nos rodea y las verdades absolutas que defendemos con vehemencia son simplemente ideas introducidas en nuestras mentes, ya que la verdad absoluta no existe: simplemente es una idea o un concepto al que estuvimos o estamos expuestos.

Así es como funciona el control mental, con el que se puede hacer que la gente crea absolutamente cualquier cosa. Sandeces como el cambio climático antropogénico, la ideología de género (y de cualquier otro tipo) o la necesidad de tener que doblegarnos a un gobierno y sus estúpidas leyes, son consecuencia del control mental al que estamos sometidos desde que nacemos. También hoy en día es consecuencia del control mental confundir a los niños respecto a su sexualidad, hasta el punto de que voluntariamente se ofrezcan a ser sometidos a una castración química o quirúrgica.

Pero las narrativas repetitivas no sólo determinan lo que creemos, sino también las ideas que defendemos. Cuanto más repetitiva sea la narrativa, más inestables se sentirán las personas si se las cuestiona y, por lo tanto, con mayor vehemencia defenderán sus creencias. 

Lo más habitual, es que las ideas que nos inculcan durante la infancia y la adolescencia rijan nuestra vida para siempre, salvo raras excepciones. De hecho, muchas de esas ideas –convertidas en creencias inamovibles- destruyen y arrasan nuestro entorno más cercano sin que seamos capaces de verlo. Pues eso es, precisamente, consecuencia del control mental. Obviamente, la élite dominante lo sabe, pero me temo que nosotros no. Por consiguiente, eso nos coloca en clara desventaja y es la clave para que nos pastoreen como a verdaderos borregos.

Por si no fuera suficiente, ahora han surgido todo tipo de herramientas que hacen imposible escapar del control mental.

La mayoría de la gente cree que el teléfono móvil, la televisión, los medios de comunicación y la IA están ahí para hacernos la vida más cómoda e informarnos y protegernos de posibles abusos. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Concretamente, las pantallas son dispositivos de control mental, puestas a disposición de la plebe, para inculcar nuevas creencias que ayuden a la élite a dominar y controlar a la población mundial.

Chamath Palihapitiya, nacido en Sri Lanka, quien llegó a ser vicepresidente responsable de crecimiento de usuarios en Facebook, afirmó que se arrepiente de haber trabajado en esa empresa. Palihapitiya dijo que habían creado unas herramientas que están desgarrando el tejido social. Su crítica no fue sólo contra Facebook, sino contra todo el sistema que existe en la Red. Se refirió a las interacciones en línea como ciclos de retroalimentación a corto plazo, impulsados por la dopamina, que destruyen el funcionamiento de la sociedad. Aseguró que, en las redes sociales, no hay discurso civil ni cooperación, sólo desinformación y falsedad. También afirmó que las redes sociales sirven para programar nuestro cerebro y para el control mental, y que se trata de un problema a escala global. Pero lo más lamentable de todo este asunto es que la gente no se da cuenta de que está siendo programada.

Piénsalo. Si analizas el mundo que te rodea, enseguida te darás cuenta de que este sistema está diseñado para que siempre tengamos problemas. Sin embargo, no existen tales problemas ni los hubo nunca. Es el sistema el que los crea para luego ofrecernos sus soluciones, que suelen terminar en restricciones.

La inmensa mayoría de las personas no son conscientes de que las ideas que nos inculcan incesantemente durante nuestra infancia y adolescencia son cuidadosamente seleccionadas para hacernos mediocres y que nunca podamos sobresalir. De hecho, nuestra mente está programada para el fracaso. Por eso más del 90% de la población mundial no destaca, es mediocre, imbécil y sumisa. Y lo es, no por voluntad propia, sino porque fue programada para serlo. 

Hoy en día los esclavos modernos ya no están encadenados con grilletes. Sus grilletes ahora son la manipulación, el lavado de cerebro, la desinformación y, sobre todo, el entretenimiento.

Acabamos de ver como el mundo entero ha estado pendiente, durante 39 días, de unos tíos vestidos de corto dando patadas a un jodido balón. Incluso en algunos países la actividad a la hora de los partidos se detenía prácticamente por completo. Obviamente, la gente no sabe que el fútbol es la herramienta por excelencia para la manipulación de masas. Tal es así, que cuando España ganó la final más de un millón de personas (según fuentes oficiales) salieron a las calles de Madrid a gritar con orgullo “yo soy español”. Sin embargo, ¿dónde estaban esos españoles -orgullosos de ser españoles- cuando una multitud de marroquíes invadió ilegalmente su patria? Pues ahí lo tienes: fueron programados para lo primero, pero no para lo segundo, (o sí).

Mientras todo esto ocurre, la implementación del Estado de vigilancia y control continúa su avance imparable. A través del teléfono móvil, el televisor, las redes sociales, el dinero digital, las cámaras instaladas por todos lados y, sobre todo, la IA, los ciudadanos vamos perdiendo libertad a pasos agigantados.

La construcción de una red tecnológica inexpugnable de control y vigilancia total de la humanidad (24 x 7) está a punto de estar totalmente instalada en la sociedad: un campo de concentración tecnológico, donde ejercer el control mental de la población será coser y cantar.

Obviamente, quienes tienen el control mental sobre nosotros saben cómo utilizarlo. Es así como unos cuantos “tíos listos” son capaces de doblegar a su antojo a 8.000 millones de tontos. De otra forma sería imposible. 

10 agosto 2026

NO, LA INVASIÓN DE CEUTA NO FUE UNA CRISIS MIGRATORIA

Los gobiernos de todos los países del mundo no están ahí para servir al pueblo y administrar el Estado, sino todo lo contrario. Son, mayoritariamente, gobiernos genocidas que durante la falsa pandemia implementaron una campaña de acoso para que la gente se dejase inocular un veneno tóxico que acabó con la vida de muchos y causó (y sigue causando) daños irreparables en otros. Estos gobiernos libran interminables guerras contra su propio pueblo, contaminan los cielos y suelos de sus propios países e incendian sus bosques. Y todo para tener contento al poder global del dinero, que es quien verdaderamente les puso al frente del país para llevar a cabo lo que se les ha encomendado.

Las masas aceptan sumisamente la autoridad que el gobierno ejerce sobre ellas. Y lo aceptan, por la sencilla razón de que las leyes les obligan a ello. Todas esas ridículas leyes, que se han ido confeccionando gradualmente a lo largo de los años, han hecho que la gente piense que es normal el abuso totalitario del gobierno sobre los ciudadanos. Por consiguiente, el “populacho” ha normalizado el concepto de totalitarismo como algo que se da por sentado.

¿Cuándo vamos a dejar de ser tan ingenuos? No existe ningún país en el mundo libre y democrático. No lo hay. Todos están dirigidos por entidades privadas -en manos de poderosos oligarcas financieros- que controlan por completo a los políticos peleles que ellos mismos colocan en los gobiernos.  La supuesta rivalidad entre derecha e izquierda es pura quimera para engañar a los pobres ignorantes altamente ideologizados. Las dos actúan para satisfacer a la clase dominante. Por consiguiente, el pueblo no tiene representación alguna y nunca la ha tenido. Esta es la realidad que nadie quiere ver y que el poder quiere ocultar.

Cada generación ha sido adoctrinada en el culto al Estado y en la existencia y pertenecía a una “patria”. La aceptación incondicional, por parte de las masas aborregadas, de banderas, himnos y constituciones, son el testimonio viviente de una mentalidad basada en la dependencia de los gobernantes. Cualquiera que crea que una doctrina gubernamental que define “derechos” es justa y necesaria, está colaborando, sin saberlo, a su propia esclavitud. El principio y el fin de la libertad de cada uno de nosotros no recaen sobre ningún gobierno. Los gobiernos no tienen ningún derecho legítimo a gobernar sobre nadie. Conviene recordar que los gobiernos están formados por políticos títeres del poder global del dinero. Y son, como ya he dicho infinidad de veces, lo peorcito de la humanidad.

Dicho esto, hablemos ahora de Ceuta.

Lo primero que deberíamos preguntarnos es si nos están diciendo toda la verdad. Pues claro que no nos están contando toda la verdad. La verdad sólo la saben quienes han organizado este “sarao”, así como el verdadero objetivo del mismo.

Todo lo que estamos escuchando a políticos, analistas, tertulianos y periodistas no es más que pura distracción. Porque decir, como asegura el Gobierno, que la invasión de Ceuta es un problema relacionado con la inmigración ilegal y las mafias que trafican con personas, es de lo más pueril, por decirlo de una manera suave.

Luego están los medios extranjeros que o bien son analfabetos o quieren confundir a la opinión pública tergiversando la historia, diciendo que Ceuta es una colonia española arrebatada a Marruecos. Nada más lejos de la realidad.

Ceuta es española desde 1457, cuando la Corona de Castilla y Portugal estaban unidas. Luego, cuando volvieron a separarse 60 años más tarde, Ceuta decidió quedarse en España por voluntad propia. El reino alauita de Marruecos se creó en 1631. Entre 1912 y 1956, el país estuvo bajo protectorados de Francia y España. Y es a partir de 1956, cuando Marruecos alcanzó su independencia y formalizó la monarquía actual. Por lo tanto, Ceuta es tan española como lo es Sevilla, Madrid o Burgos y nunca, repito, nunca fue una colonia arrebatada a Marruecos, ya que nunca la poseyó.

Aclarado esto, lo que ha ocurrido en Ceuta es simple y llanamente una invasión de Marruecos a un territorio español. Obviamente, esto se ha llevado a cabo con la connivencia del Gobierno de España, ya que los servicios de inteligencia españoles sabían de antemano lo que iba a pasar. Lo que hay que preguntarse es por qué el Gobierno no hizo nada al respecto. Porque, ¿te imaginas que 70.000 cubanos entraran en Miami y el Gobierno de EEUU no hiciera nada? No, ¿verdad? Pues eso.

Lo que está sucediendo en torno a Ceuta nada tiene que ver con la inmigración ilegal (los inmigrantes son simplemente carne de cañón utilizados como cobayas humanas), sino con el control del Estrecho de Gibraltar y las vías de acceso al Mar Mediterráneo.

Los propios españoles no somos conscientes de la relevancia geopolítica que tiene el Estrecho de Gibraltar y de que España posea aguas territoriales de una y otra orilla. De hecho, en España nadie habla de ello. Sin embargo, esta farsa de que lo ocurrido en Ceuta es una venganza de Trump y Netanyahu por no dejar utilizar las bases para la guerra de Irán al primero (mentira) y por criticar el genocidio de Gaza al segundo (nuestro Presidente lo hizo para ganar votos), no es más que una cortina de humo para distraer al “populacho” que anda, como siempre, perdido en causas que no entiende.

Todos sabemos lo que está pasando con el Estrecho de Ormuz. Y, claro está, EEUU e Israel han tomado nota y buscan asegurarse que el Estrecho de Gibraltar no dependa de un único país, España, y que esta vía marítima tenga dos pasillos: uno español y otro marroquí. De ahí la apuesta de EEUU e Israel por Marruecos.

Ceuta, por su ubicación geográfica, permite que España controle uno de los pasos marítimos más importantes del mundo. Sin embargo, si España cediera Ceuta a Marruecos se formaría un segundo corredor que, obviamente, estaría gestionado directamente por Marruecos; o lo que es lo mismo, bajo el control de EEUU e Israel, actualmente socios inquebrantables de Marruecos.

Es más que evidente que nuestro actual corrupto Gobierno está en el ajo, y ya tendrá pactado lo que sea. De ahí que estén todos de vacaciones como si nada hubiera ocurrido. Además, no sería la primera vez: ya se hizo con el Sahara, vendiéndoselo a Marruecos durante el Gobierno de Arias Navarro. Por lo tanto, no es de extrañar que lo vuelvan a hacer con Ceuta y Melilla.

Nuestra corrupta clase política lleva años (porque alguien así lo ha querido) balcanizando España con el Estado de las Autonomías. Así que lo de vender a Marruecos Ceuta y Melilla (sin descartar las Islas Canarias) no es nada descabellado.

La pregunta es: ¿qué estamos haciendo los españoles al respecto? Lamentablemente, absolutamente nada (de vacaciones, como si con nosotros no fuera la cosa). Obviamente, con un pueblo tan estúpido, dócil e insolidario (nadie se acuerda de que a los ceutíes les están jodiendo la vida) no es de extrañar que los gobiernos hagan con nuestro país lo que le dé la gana.

Lo que no es de recibo es que después de 10 días todavía haya pululando por Ceuta entre 8.000 y 11.000 personas (según datos oficiales de la Ciudad Autónoma), que irrumpieron en nuestro país dando una patada en la puerta, sin que nadie les diga que tienen que volver por donde han venido.

Respecto a los menores no acompañados, llamados coloquialmente “menas”, es de juzgado de guardia. Estos son los primeros que deberían ser devueltos a Marruecos con sus padres. Y si sus padres no se quieren hacer cargo de ellos, que lo haga el Gobierno de Marruecos. Porque, ¿a santo de qué tenemos que hacerlo nosotros?

Los menores no tienen todavía criterio suficiente para saber lo que quieren, por eso no votan y requieren el permiso de sus padres para todo. Entonces, ¿quién le ha dado permiso al Gobierno de España para apoderarse de los niños de otro país simplemente por haber cruzado la frontera? Todo eso de los derechos humanos y de que son menores y hay que protegerlos es la excusa perfecta para quedarse con ellos.

La verdad es que es bastante extraño que un país se deshaga de su potencial humano de futuro y se lo deje arrebatar por otro. ¿No será que forma parte de una agenda?

En España hay actualmente 1.375 centros de protección de menores en total, que suman unas 20.000 plazas de acogida. Oficialmente, no existen centros exclusivos de “menas”, sino que los menores extranjeros no acompañados son integrados dentro de la red general de protección a la infancia gestionada por las comunidades autónomas. Por lo tanto, la acogida de menores extranjeros no es temporal, sino definitiva.

Y mientras todo esto está ocurriendo, nuestro Presidente del Gobierno disfrutando de unas largas vacaciones en La Mareta (que no las tienen la mitad de los españoles), al igual que la oposición. Esto demuestra que todos, absolutamente todos son cómplices. Pero, claro está, con un pueblo tan estúpido, ignorante y sumiso –como ya se vio durante la falsa pandemia- no tienen de qué preocuparse, ya que saben que no va a mover un solo dedo por defender Ceuta, Melilla e incluso las Islas Canarias. 

31 julio 2026

SIN SEPARACIÓN DE PODERES NO HAY DEMOCRACIA QUE VALGA

La separación de poderes en España es un espejismo. Oficialmente, la Constitución Española establece una división de poderes, pero, en la práctica, la elección de los órganos de gobierno por parte de los partidos políticos difumina dicha separación.

En España existen tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El Poder Ejecutivo lo compone el Gobierno. Su función principal es dirigir la política nacional e internacional, administrar los recursos públicos y hacer cumplir las leyes.

El Poder Legislativo es el órgano del Estado encargado de crear, modificar y derogar las leyes. Además, tiene la responsabilidad de aprobar los presupuestos generales del Estado y controlar al Gobierno. Este poder reside en el Congreso de los Diputados y el Senado.

El Poder Judicial lo compone un conjunto de juzgados y tribunales integrados exclusivamente por jueces y magistrados. Su estructura y organización principal incluye: el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional, los Tribunales Superiores de Justicia, las Audiencias Provinciales y los Juzgados.

Ahora bien, ¿hay una verdadera separación de poderes en España? ¿Existe un indiscutible mecanismo de control hacia los poderes públicos? Y lo que es más importante: ¿tenemos garantizados nuestros derechos y libertades?

Pues me temo que no hace falta ser un experto en Derecho Constitucional para darse cuenta que ni hay separación efectiva de poderes ni garantías constitucionales de nuestros derechos y libertades, ya que los supuestos mecanismos de control, que debieran supeditar a unos y a otros poderes, son una falacia: a efectos prácticos, controladores y controlados son los mismos.

En España, el Poder Legislativo y Judicial dependen del Ejecutivo. Decía Montesquieu, que la separación de poderes debería limitar y controlar el ejercicio del gobierno. Sin embargo, en España no sólo no es así, sino que más bien es todo lo contrario. Es decir, es el Poder Ejecutivo quien influye en la composición de los otros dos poderes.

El Poder Legislativo, el que crea las leyes en el Congreso de los Diputados y el Senado, está compuesto por partidos políticos votados en unas elecciones. Por lo tanto, el Poder Legislativo es principalmente una representación del Poder Ejecutivo. Y de cara a aplicar e interpretar las leyes, el Poder Judicial es en parte también dependiente del Ejecutivo y Legislativo. Así se puede comprobar en la composición de los dos órganos judiciales principales.

Tenemos el Tribunal Supremo, que es el órgano de gobierno de los jueces. Está compuesto por el Presidente (que a su vez lo es también del Consejo General del Poder Judicial), 5 Presidentes de Sala y 74 Magistrados. ¿Y quién elige a esos magistrados? Pues el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). ¿Y quién compone el CGPJ? 12 Jueces o Magistrados (6 elegidos por el Congreso y 6 por el Senado), más 8 juristas (4 elegidos por el Congreso y 4 por el Senado).

Y con el Tribunal Constitucional pasa tres cuartos de lo mismo. También está compuesto por 12 miembros nombrados por el Rey. De ellos, 4 a propuesta del Congreso y 4 del Senado.

En resumen, la misma mayoría parlamentaria controla el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial a través de una gran influencia en la elección y composición de los miembros de los distintos órganos. Por lo tanto, nuestro actual marco constitucional impide la total autonomía del Poder Judicial, algo imprescindible para garantizar la separación de poderes y la igualdad de todas las personas ante la ley.

Y ahora veamos de dónde sale esa mayoría parlamentaria y qué autonomía real tiene a la hora de decidir.

Como sabemos, en España existe un sistema de partidos que se presentan a las elecciones en listas cerradas elaboradas, generalmente, por el dirigente de cada partido. Una vez celebradas las elecciones, los elegidos conforman el Congreso y el Senado. Ellos son los encargados de elegir al Presidente del Gobierno que, obviamente, siempre (o casi siempre) es el líder del partido más votado. Y como los partidos se deben a la disciplina de voto, los diputados y senadores siempre votan lo que ordena el presidente de su partido. Y aquí lo tenemos: en España, el Presidente del Gobierno tiene unos poderes casi ilimitados. Por consiguiente, España sigue siendo una dictadura en toda regla disfrazada de democracia.

Dicho esto, no hay duda de que en España la división de poderes existe únicamente sobre el papel. Para que haya plena separación de poderes, los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial deben recaer sobre diferentes personas o entidades. Porque, ¿cómo va haber separación de poderes si recaen sobre las mismas personas o entidades?

La distancia entre los poderes disminuyó drásticamente el día en que el PP y PSOE se pusieron de acuerdo para establecer un sistema privilegiado de puertas giratorias, donde los jueces pueden ir a la política y volver sin problema alguno a la judicatura.

Respecto al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), la Constitución Española diseñó un sistema mixto para su composición, de forma que 8 vocales fuesen elegidos por los partidos (vía Parlamento) y otros 12 lo fuesen por los propios jueces. Pero, en 1985, el PSOE modificó el sistema y quedó establecido que los partidos elegirían a los 20 vocales.

¿Entiendes ahora por qué en España no hay una verdadera separación de poderes? Obviamente, si no hay separación de poderes eso significa que sólo hay un único poder. ¿Y cómo se le llama a eso donde sólo hay un único poder? Sí, acertaste, DICTADURA. Pues eso, señores, es lo que tenemos en España, por muchas milongas que nos cuenten sobre democracia y separación de poderes los políticos y la paniaguada prensa canallesca. 

20 julio 2026

LUCES Y SOMBRAS DE LA MEDICINA MODERNA

En 1910, la educación médica en Estados Unidos y Canadá, y posteriormente en el resto del mundo, cambió para siempre dando lugar a la aparición de la medicina moderna. Este cambio se produjo a raíz del Informe Flexner: un manual sobre educación médica, escrito por Abraham Flexner y amparado por la Fundación Carnegie. Hay que resaltar que Abraham Flexner fue un educador sin formación médica que, sin embargo, fue financiado por Carnegie y Rockefeller para definir un nuevo estándar médico.

El objetivo del Informe Flexner, sobre el papel, era combatir la mala formación, cerrar escuelas deficientes, elevar los estándares médicos y convertir la medicina en una disciplina más científica y controlada. Para confeccionar el documento se evaluaron decenas de facultades de medicina y se defendió un modelo basado en anatomía, fisiología, investigación científica, laboratorios, hospitales y formación universitaria rigurosa. No obstante, esto que a priori parece de lo más razonable, tuvo consecuencias para muchas otras disciplinas que enseñaban enfoques distintos, como los modelos homeopáticos, eclécticos o tradicionales, que quedaron fuera del nuevo sistema o perdieron legitimidad.

Desde entonces, la medicina moderna se ha concentrado alrededor del modelo biomédico, universitario, hospitalario y farmacológico.

Pero la medicina moderna, creada a partir del Informe Flexner, tiene sus luces y sus sombras.

El informe fue encargado por la Fundación Carnegie, pero fue la Fundación Rockefeller la que después ayudó a financiar la expansión de ese nuevo paradigma médico.

Es evidente que la inyección masiva de capital, por parte de grandes fortunas como las fundaciones Carnegie y Rockefeller, no fue altruista. De hecho, estas fundaciones exigieron planes de estudio basados exclusivamente en la alopatía (intervención a través de fármacos y cirugía). Es a partir de aquí cuando la salud pasó a ser una gran industria orientada a protocolos universales y al desarrollo farmacológico, en detrimento de las soluciones preventivas o tratamientos naturales que no son patentables o tan rentables para el mercado corporativo.

Y aquí viene una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando los multimillonarios “filántropos” meten sus zarpas en la construcción de un nuevo sistema sanitario? Porque una cosa es mejorar la formación médica o eliminar escuelas de baja calidad, y otra muy distinta marginar todos esos conocimientos ancestrales porque no se ajustan a la nueva industria de la salud.

Hay una cosa clara, ni todo lo natural es la panacea arreglalotodo ni todo lo químico farmacéutico es veneno. Así que debería haber un equilibrio entre ambos.

La medicina moderna ha dejado de mirar al cuerpo completo para tratarlo como una suma de partes separadas utilizando cada vez más protocolos. Protocolos, por otra parte, que han convertido la medicina moderna en esclava de la todopoderosa industria farmacéutica.

Aunque bien es verdad que la medicina moderna ha ganado rigor científico, sin embargo, ha perdido parte de su visión integral del ser humano.

Obviamente, negar los beneficios de la medicina moderna no sería justo, pero tampoco lo sería negar sus sombras.

El dilema está en si es mejor un enfoque de la medicina orientado al cuerpo como un todo unificado o un modelo reduccionista, mecanizado y altamente protocolizado. Porque este cambio, producido por mirar la medicina con un enfoque flexneriano, ha tenido consecuencias profundas, dividiendo el cuerpo humano en sistemas aislados y fomentando la hiperespecialización.

Y aunque este enfoque es el responsable de grandes avances quirúrgicos y tecnológicos, también ha alejado a la medicina de la visión holística, que considera los aspectos psicosociales, nutricionales y emocionales del paciente como un todo. Al ser tratada la enfermedad, por el especialista de turno, como una avería mecánica de una parte del cuerpo, se ha perdido la conexión médico-paciente tradicional.

Una de las amenazas reales de la medicina moderna es que al haberse convertido en una gran industria necesita tener beneficios. Por consiguiente, un paciente curado es un cliente perdido. Es por esta razón que las enfermedades crónicas como el Alzheimer, la diabetes, el asma o la hipertensión, que necesitan de fármacos diarios, no parecen tener curación. Evidentemente, si estas enfermedades llegaran a curarse la industria farmacéutica se resentiría con creces, ya que se estima que cerca de 2.000 millones de personas padecen algún tipo de enfermedad crónica en el mundo. Por lo tanto, perderían 2.000 millones de clientes.

Y ahora seamos serios. Desde siempre, la medicina ha tenido más fracasos que éxitos. Y tiene más fracasos, por la sencilla razón de que no es una ciencia exacta. Es una disciplina que enfrenta la complejidad biológica del cuerpo humano. Cada paciente responde de manera diferente. Así que por mucho que se diga que la medicina moderna ha avanzado una barbaridad, lo habitual es que se limite a gestionar, aliviar o retrasar enfermedades en lugar de curarlas de forma definitiva. De hecho, de curarlas se encarga el sistema inmunológico de cada uno. Pero para eso tiene que estar en plena forma, y la vida y la alimentación de hoy en día se lo está poniendo cada vez más difícil.

Ya ha quedado claro que la medicina moderna es una industria, y una industria se mueve por el aliciente de los beneficios. ¿Y qué hace esta industria para sacar más beneficios? Se inventa enfermedades. Lo hemos podido comprobar recientemente con la falsa pandemia, donde las farmacéuticas se forraron con las mal llamadas vacunas. Lo mismo pasa con el colesterol, donde se bajan cada día más los estándares para atrapar a nuevos clientes, perdón, pacientes. 

Resumiendo. La medicina moderna destaca por su base cada vez más científica, por la utilización de alta tecnología y tratamientos específicos dirigidos. Sus luces incluyen un aumento en la esperanza de vida, la erradicación de algunas enfermedades graves y diagnósticos cada vez más precisos. Como sombras, la hiperespecialización (el paciente ha quedado relegado a una enfermedad), el tratamiento de procesos naturales como patologías y el conflicto de intereses con la industria farmacéutica. Aunque lo peor son los graves efectos secundarios de los fármacos. De hecho, los tratamientos médicos son la tercera causa de mortalidad después del cáncer y las enfermedades cardiovasculares.

En definitiva, que la medicina moderna no es la panacea arreglalotodo: a veces salva vidas y a veces las destruye. Lo importante es saber lo que nos traemos entre manos, y creo que en este sentido hay aún mucha ignorancia. 

10 julio 2026

EN ESPAÑA PAGAMOS MUCHÍSIMOS MÁS IMPUESTOS QUE HACE 50 AÑOS. LA CUESTIÓN ES: ¿VIVIMOS MEJOR AHORA QUE ANTES?

A pesar de pagar muchísimos más impuestos, y por mucho que le pese a la clase política, en España no se vive ahora mejor que hace 50 años. Puede que algunos confundan tener más cosas materiales con calidad de vida, pero no es lo mismo.

En 1975, España tenía una población de 36 millones de habitantes y 700 mil empleados públicos. Hoy en día, la cifra de trabajadores en el sector público supera los 3,6 millones, para administrar a una población que ha crecido hasta los 49 millones. Es decir, los funcionarios se han multiplicado por 5 mientras que la población ni siquiera se ha doblado.

Sin embargo, el aumento del sector público no ha contribuido a incrementar la calidad de vida del ciudadano; al contrario, ha supuesto un aumento espectacular de la burocracia, reduciendo al ciudadano a un mero idiota que tiene que pedir permiso para todo y pagar cada vez más impuestos.

Con la llegada de la “democracia”, España instauró un modelo basado en el multipartidismo y la descentralización (Estado de las Autonomías), dando lugar a un mastodóntico monstruo de 17 cabezas. O lo que es lo mismo, una nación hiperpolitizada y sobrerrepresentada.

Hoy en España tenemos unos 70.000 cargos públicos, más unos 30.000 asesores y cargos de confianza. Y sí, estos administradores de pacotilla son los que nos han llevado a esta situación; a no vivir mejor pagando más impuestos.

En la década de los 70, el sistema fiscal español no era ni la sombra de lo que es ahora. Si hacemos una comparativa de los impuestos que pagábamos hace 50 años con los que pagamos ahora, veremos la diferencia.

Hace 50 años el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) no existía. Esto suponía que los trabajadores asalariados prácticamente no pagaban un impuesto directo sobre sus ingresos, ya que la recaudación dependía de impuestos sobre el consumo y gravámenes de la época franquista. Sin embargo, ahora es el pilar del sistema fiscal español. En 2026, este impuesto cuenta con tipos progresivos que van desde el 9,5% para los primeros tramos hasta el 24,5% para las rentas más altas. Si a esto le sumamos los tramos autonómicos, se llega a un tipo máximo conjunto por encima del 45%.

Hace 50 años tampoco existía el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA). En su lugar, el consumo estaba gravado por el Impuesto General sobre el Tráfico de Empresas (ITE) y por el Impuesto de Lujo que gravaba determinados bienes. Actualmente, el IVA se aplica a todos los productos, bienes y servicios. El tipo general es del 21%, aunque hay un tipo reducido del 10% para el transporte y la hostelería y un tipo superreducido del 4% para alimentos básicos o libros.

Obviamente, 50 años atrás el porcentaje destinado a la Seguridad Social era inferior debido a un menor volumen de pensiones y servicios sanitarios públicos. Ahora las cotizaciones sociales son el mayor motor recaudatorio, superando el 37% de los ingresos fiscales del país.

Luego tenemos el Impuesto sobre Patrimonio, que hace 50 años tampoco existía. A día de hoy se aplica a las “grandes” fortunas. No obstante, para los que no contamos con grandes fortunas tenemos el Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI), que grava la titularidad de las viviendas de todo el mundo, ricos y pobres.

Dicho esto, está claro que el cambio ha sido sustancial. La justificación oficial del incremento de la presión fiscal es que España necesita más dinero para la financiación del Estado del Bienestar. A ver, ¿el Estado de qué? Porque, ¿qué Estado del Bienestar es ese que permite que trabajando seas pobre, no llegues a fin de mes y pagues más impuestos que nunca?

No nos confundamos. El Estado del Bienestar es ese que te garantiza cobertura médica inmediata, esperanza de vida y bienestar emocional. Ese que te ofrece un nivel de ingresos dignos para mantener tu poder adquisitivo. El que te da acceso al conocimiento y la cultura. El que te permite vivir en un entorno limpio con buena calidad de alimentos, aire y agua. El que tiene niveles ínfimos de criminalidad. En definitiva, un Estado donde tus derechos estén garantizados y el gobierno te proteja y no te robe. Porque no se trata de dar ridículas ayudas que no sacan de la pobreza al que las recibe, sino de crear bases sólidas que garanticen la igualdad de oportunidades para todos.

Pero el debate no está en si el gasto público debe ser alto o bajo en función de las necesidades del Estado, sino en si verdaderamente ese gasto es eficiente. Y he aquí que España gasta el 45% de su PIB para obtener unos resultados propios de un país que sólo gasta la mitad. Por lo tanto, algo estamos haciendo rematadamente mal.

La presión fiscal en España ha alcanzado niveles sin precedentes que no se ha traducido en una mejora de vida para la mayoría de sus ciudadanos. Esa es la cruda realidad. España dedica hoy 280.000 millones de euros más al gasto público que hace 50 años. Cada trabajador paga 15.000 euros más que en 1975 para financiar sanidad, educación e infraestructuras. ¿Qué pasa? ¿Es que en la España de 1975 no existían hospitales, carreteras, trenes y educación pública? Pues claro que existían acorde a los tiempos que corrían.

La pregunta es: ¿por qué ahora con más recaudación no mejora el bienestar de la gente? Evidentemente, la respuesta está en la ineficiencia del gasto público y en el modelo económico español, que se sustenta sobre sectores de baja productividad. Actualmente, la productividad por trabajador está prácticamente al mismo nivel que hace 25 años. Del mismo modo, el salario real medio -descontada la inflación- ha seguido una tendencia prácticamente plana. Es decir, que hoy en día los trabajadores no ganan más en términos de poder adquisitivo.

Según el Informe FOESSA, en 1975 había en España alrededor de 3 millones de pobres. En 2026, la cifra ha ascendido a 12,6 millones. Obviamente, si recaudando más dinero hay más pobres, algo no estamos haciendo bien.

Dicho esto, ¿cómo podemos ser tan estúpidos de pensar que un Estado del Bienestar puede estar gestionado por políticos? Los políticos en España son como un grano en el culo. Viven en su mundo de Yupi ajenos a la realidad. Son personas que no han trabajado en su vida, que no tienen la preparación adecuada y no han hecho otra cosa que vivir de la política. Por lo tanto, son los menos capacitados para gestionar un país. Y como sólo saben tapar un agujero con otro agujero, por eso cada vez necesitan más y más dinero, que luego no se traduce en calidad de vida para sus ciudadanos.

Epílogo. Los políticos son una panda de parásitos que no saben nada de nada. Excepto una cosa: saben que gobiernan a una población extremadamente idiota. Y, claro está, sabiendo eso, ¿para qué coños necesitan saber nada más? 

30 junio 2026

¿LLEGAREMOS ALGÚN DÍA LOS HUMANOS A SER AVATARES DE LA IA?

En el mundo actual todo lo digital ha tomado una dimensión casi divina alterando nuestra forma de relacionarnos, de trabajar y, en definitiva, de vivir. Desgraciadamente, la escena tantas veces repetida de un grupo de amigos sentados alrededor de una mesa y cada uno de ellos mirando su teléfono móvil se ha vuelto de lo más habitual. Y esto no ha hecho más que empezar.

Hoy en día ya es más común comunicarnos mediante mensajes enviados por WhatsApp que hablar cara a cara con nuestro interlocutor, aunque lo tengamos en la habitación de al lado. De hecho, si bien nuestro teléfono móvil tiene la opción de realizar llamadas raramente la utilizamos. Y yo me pregunto, ¿cómo es posible que prefiramos perder el tiempo escribiendo mensajes cuando podemos hacer una llamada y hablar directamente con esa persona? Además, los mensajes escritos dan lugar a malas interpretaciones, una conversación no.

Otra de las novedades que ha traído el mundo digital es el teletrabajo. Nos han convencido de que trabajar desde casa tiene muchas ventajas. Obviamente, es más cómodo si lo miramos desde el punto de vista de que no tenemos que desplazarnos. Sin embargo, el trabajo desde casa está diseñado para irnos separando unos de otros; o sea, aislarnos. Esto evita que interactuemos físicamente haciéndonos más receptivos a la manipulación. Y lo más importante: nos está empujando a ser más susceptibles de ser reemplazados por la IA.

Si bien hasta mediados del siglo pasado se fomentó la familia numerosa, porque era necesaria mucha mano de obra, sin embargo, con la llegada de la IA y la robótica esto ya no es así. De hecho, una sociedad que no necesita tantos trabajadores tiende a mirar las cosas de otra manera. Así, vemos cómo ahora la natalidad y la familia comienzan a verse como una carga económica y una amenaza para el planeta. Esto ha provocado que la clase media -motor de la economía del siglo XX- esté desapareciendo a un ritmo vertiginoso. Poco a poco se están produciendo los cambios pertinentes. Precariedad salarial, vivienda inaccesible, incentivación del aborto, normalización de la eutanasia y un nuevo modelo social de individuos solitarios sin hijos forman parte de toda una cadena de cambios para ir hacia el desarraigo social y, evidentemente, hacia la despoblación.

La élite, con la excusa de avanzar tecnológicamente, nos está vendiendo la moto de la innovación y la eficiencia, desmantelando todos los vestigios de la autonomía humana. Esto hace que se esté priorizando las máquinas sobre las personas, los algoritmos sobre la inteligencia natural y que los centros de datos se hayan convertido en los templos sagrados del siglo XXI.

El objetivo principal de estos centros de datos es crear suficiente capacidad de procesamiento para implementar una red de control que mantenga a la población en un estado de vigilancia permanente.

No seamos ingenuos. La digitalización y mapeo de todo nuestro mundo no es para hacernos la vida más fácil, sino un pretexto para la vigilancia total.  Porque no se trata sólo de rastrear qué pensamos, dónde estamos o qué compramos, sino de confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros.

En las películas de ciencia ficción se nos suele mostrar cómo los robots se vuelven lo suficientemente inteligentes como para actuar por su cuenta. Sin embargo, la realidad que está tomando el desarrollo de las cosas es muy diferente, ya que somos los propios seres humanos los que voluntariamente estamos dejándonos guiar por máquinas para servir como extensión física de la IA. La pregunta es: ¿puede la IA confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros? Lo digo porque ahora la gente le pregunta todo a la IA: qué hacer si tiene dolor de cabeza, dónde llevar a su chica para impresionarla, qué comer, cómo vestir, de qué manera entrenar o cómo invertir su dinero o llevar su negocio. Esto, que aparentemente sigue pareciendo un comportamiento humano no lo es, ya que las instrucciones y decisiones finales han sido dadas y tomadas por una máquina.

En la ficción un Avatar es una representación gráfica o digital que se asocia a una persona, cuyo uso principal es identificarla en entornos virtuales. Sin embargo, en el mundo real de ahora somos nosotros, los humanos, los que estamos encaminados a convertirnos en avatares de la IA.

Tenemos ejemplos muy claros de cómo los humanos se están convirtiendo en avatares de la IA. Los operadores de plataformas digitales, los repartidores de paquetería, los reponedores de los supermercados, el personal de almacén y un larguísimo etcétera suelen operar dentro de sistemas informáticos que asignan tareas, miden el rendimiento, optimizan las rutas o establecen prioridades. En definitiva, el ser humano es el que se desplaza o realiza la tarea físicamente, pero el patrón de trabajo lo determina una máquina.

Mucho me temo que, de nuevo, hemos sido engañados: los humanos no usamos las máquinas; las máquinas usan a los humanos. Hoy en día la gente trabaja, compra, viaja, educa a sus hijos, sigue una dieta alimentaria, ejecuta un plan de entrenamiento, vota, mantiene relaciones sentimentales y un sinfín de cosas más sugeridas por una máquina. O lo que es lo mismo: la persona ejecuta físicamente, pero las acciones las ha establecido de forma remota una máquina.

Y yo me pregunto: ¿es el objetivo de la IA reemplazar a los seres humanos, complejos e impredecibles, por avatares programables sin que nos percatemos de ello?

Sí, ya sé que muchos pensarán que estoy desbarrando, pero cuando apareció Internet la gente también creyó que sólo era una herramienta de comunicación y, sin embargo, acabó transformando el mundo. Pues lo mismo puede pasar con la IA, sólo que elevado a la enésima potencia. A diferencia de todo lo conocido hasta su aparición, la IA no sólo va a participar en todo cuanto acontece en nuestras vidas, sino que será quien dará las órdenes y tomará las decisiones.

Es evidente que una transición tecnológica sin precedentes se está llevando a cabo de una manera sibilina sin nuestro consentimiento. Porque la IA no es una tecnología del futuro a punto de llegar, sino una tecnología del presente que ya está influyendo en la política, la economía y la vida cotidiana de todos nosotros.

Obviamente, la IA se nos vende como la panacea que arreglará todos nuestros males, pero yo no lo tengo tan claro. Porque no sé si estamos en el comienzo de una nueva era dorada tecnológica o en un momento en el que la humanidad está subestimando una fuerza transformadora que puede acabar con nosotros.

Dentro de unas décadas veremos si la gente inteligente fue capaz de darse cuenta a tiempo de que la inteligencia natural no puede ser sustituida por una inteligencia artificial. De lo contrario, el escenario más probable será el de una especie humana con el cerebro atrofiado esclava de la IA. El tiempo lo dirá. 

NO HAY UN SER MÁS ESTÚPIDO SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA QUE UN SOLDADITO

Si el “populacho”, la plebe, la masa (llámalo como quieras) se negara a luchar en cualquier guerra, ninguna guerra podría llevarse a cabo. O...