En 1910, la educación médica en Estados Unidos y Canadá, y posteriormente
en el resto del mundo, cambió para siempre dando lugar a la aparición de la
medicina moderna. Este cambio se produjo a raíz del Informe Flexner: un manual
sobre educación médica, escrito por Abraham Flexner y amparado por la Fundación
Carnegie. Hay que resaltar que Abraham Flexner fue un educador sin formación
médica que, sin embargo, fue financiado por Carnegie y Rockefeller para
definir un nuevo estándar médico.
El objetivo del Informe Flexner, sobre el papel, era combatir la mala
formación, cerrar escuelas deficientes, elevar los estándares médicos y
convertir la medicina en una disciplina más científica y controlada. Para
confeccionar el documento se evaluaron decenas de facultades de medicina y se defendió
un modelo basado en anatomía, fisiología, investigación científica, laboratorios,
hospitales y formación universitaria rigurosa. No obstante, esto que a priori
parece de lo más razonable, tuvo consecuencias para muchas otras disciplinas
que enseñaban enfoques distintos, como los modelos homeopáticos, eclécticos o
tradicionales, que quedaron fuera del nuevo sistema o perdieron legitimidad.
Desde entonces, la medicina moderna se ha concentrado alrededor del
modelo biomédico, universitario, hospitalario y farmacológico.
Pero la medicina moderna, creada a partir del Informe Flexner, tiene sus
luces y sus sombras.
El informe fue encargado por la Fundación Carnegie, pero fue la
Fundación Rockefeller la que después ayudó a financiar la expansión de ese
nuevo paradigma médico.
Es evidente que la inyección masiva de capital, por parte de grandes
fortunas como las fundaciones Carnegie y Rockefeller, no fue altruista. De
hecho, estas fundaciones exigieron planes de estudio basados exclusivamente en
la alopatía (intervención a través de fármacos y cirugía). Es a partir de aquí
cuando la salud pasó a ser una gran industria orientada a protocolos
universales y al desarrollo farmacológico, en detrimento de las soluciones
preventivas o tratamientos naturales que no son patentables o tan rentables
para el mercado corporativo.
Y aquí viene una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando los
multimillonarios “filántropos” meten sus zarpas en la construcción de un nuevo
sistema sanitario? Porque una cosa es mejorar la formación médica o eliminar
escuelas de baja calidad, y otra muy distinta marginar todos esos conocimientos
ancestrales porque no se ajustan a la nueva industria de la salud.
Hay una cosa clara, ni todo lo natural es la panacea arreglalotodo ni
todo lo químico farmacéutico es veneno. Así que debería haber un equilibrio
entre ambos.
La medicina moderna ha dejado de mirar al cuerpo completo para tratarlo
como una suma de partes separadas utilizando cada vez más protocolos.
Protocolos, por otra parte, que han convertido la medicina moderna en esclava
de la todopoderosa industria farmacéutica.
Aunque bien es verdad que la medicina moderna ha ganado rigor
científico, sin embargo, ha perdido parte de su visión integral del ser humano.
Obviamente, negar los beneficios de la medicina moderna no sería justo,
pero tampoco lo sería negar sus sombras.
El dilema está en si es mejor un enfoque de la medicina orientado al
cuerpo como un todo unificado o un modelo reduccionista, mecanizado y altamente
protocolizado. Porque este cambio, producido por mirar la medicina con un
enfoque flexneriano, ha tenido consecuencias profundas, dividiendo el cuerpo
humano en sistemas aislados y fomentando la hiperespecialización.
Y aunque este enfoque es el responsable de grandes avances quirúrgicos
y tecnológicos, también ha alejado a la medicina de la visión holística, que
considera los aspectos psicosociales, nutricionales y emocionales del paciente
como un todo. Al ser tratada la enfermedad, por el especialista de turno, como una
avería mecánica de una parte del cuerpo, se ha perdido la conexión
médico-paciente tradicional.
Una de las amenazas reales de la medicina moderna es que al haberse
convertido en una gran industria necesita tener beneficios. Por consiguiente,
un paciente curado es un cliente perdido. Es por esta razón que las
enfermedades crónicas como el Alzheimer, la diabetes, el asma o la hipertensión,
que necesitan de fármacos diarios, no parecen tener curación. Evidentemente, si
estas enfermedades llegaran a curarse la industria farmacéutica se resentiría
con creces, ya que
se estima que cerca de
2.000 millones de personas padecen algún tipo de enfermedad crónica en el mundo.
Por lo tanto, perderían 2.000 millones de clientes.
Y ahora seamos serios. Desde siempre, la medicina ha tenido más
fracasos que éxitos. Y tiene más fracasos, por la sencilla razón de que no es
una ciencia exacta. Es una disciplina que enfrenta la complejidad biológica del
cuerpo humano. Cada paciente responde de manera diferente. Así que por mucho
que se diga que la medicina moderna ha avanzado una barbaridad, lo habitual es
que se limite a gestionar, aliviar o retrasar enfermedades en lugar de curarlas
de forma definitiva. De hecho, de curarlas se encarga el sistema inmunológico
de cada uno. Pero para eso tiene que estar en plena forma, y la vida y la
alimentación de hoy en día se lo está poniendo cada vez más difícil.
Ya ha quedado claro que la medicina moderna es una industria, y una
industria se mueve por el aliciente de los beneficios. ¿Y qué hace esta
industria para sacar más beneficios? Se inventa enfermedades. Lo hemos podido
comprobar recientemente con la falsa pandemia, donde las farmacéuticas se
forraron con las mal llamadas vacunas. Lo mismo pasa con el colesterol, donde
se bajan cada día más los estándares para atrapar a nuevos clientes, perdón,
pacientes.
Resumiendo. La medicina moderna destaca por su base cada vez más científica,
por la utilización de alta tecnología y tratamientos específicos dirigidos. Sus
luces incluyen un aumento en la esperanza de vida, la erradicación de algunas enfermedades
graves y diagnósticos cada vez más precisos. Como sombras, la
hiperespecialización (el paciente ha quedado relegado a una enfermedad), el
tratamiento de procesos naturales como patologías y el conflicto de intereses
con la industria farmacéutica. Aunque lo peor son los graves efectos secundarios
de los fármacos. De hecho, los tratamientos médicos son la tercera causa de
mortalidad después del cáncer y las enfermedades cardiovasculares.
En definitiva, que la medicina moderna no es la panacea arreglalotodo: a veces salva vidas y a veces las destruye. Lo importante es saber lo que nos traemos entre manos, y creo que en este sentido hay aún mucha ignorancia.