A pesar de pagar muchísimos más impuestos, y por mucho que le pese a la
clase política, en España no se vive ahora mejor que hace 50 años. Puede que
algunos confundan tener más cosas materiales con calidad de vida, pero no es lo
mismo.
En 1975, España tenía una población de 36 millones de habitantes y 700
mil empleados públicos. Hoy en día, la cifra de trabajadores en el sector
público supera los 3,6 millones, para administrar a una población que ha crecido
hasta los 49 millones. Es decir, los funcionarios se han multiplicado por 5
mientras que la población ni siquiera se ha doblado.
Sin embargo, el aumento del sector público no ha contribuido a incrementar la
calidad de vida del ciudadano; al contrario, ha supuesto un aumento espectacular
de la burocracia, reduciendo al ciudadano a un mero idiota que tiene que pedir
permiso para todo y pagar cada vez más impuestos.
Con la llegada de la “democracia”, España instauró un modelo basado en
el multipartidismo y la descentralización (Estado de las Autonomías), dando
lugar a un mastodóntico monstruo de 17 cabezas. O lo que es lo mismo, una nación
hiperpolitizada y sobrerrepresentada.
Hoy en España tenemos unos 70.000 cargos públicos, más unos 30.000
asesores y cargos de confianza. Y sí, estos administradores de pacotilla son
los que nos han llevado a esta situación; a no vivir mejor pagando más
impuestos.
En la década de los 70, el sistema fiscal español no era ni la sombra
de lo que es ahora. Si hacemos una comparativa de los impuestos que pagábamos
hace 50 años con los que pagamos ahora, veremos la diferencia.
Hace 50 años el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF)
no existía. Esto suponía que los trabajadores asalariados prácticamente no
pagaban un impuesto directo sobre sus ingresos, ya que la recaudación dependía
de impuestos sobre el consumo y gravámenes de la época franquista. Sin embargo,
ahora es el pilar del sistema fiscal español. En 2026, este impuesto cuenta con
tipos progresivos que van desde el 9,5% para los primeros tramos hasta el 24,5%
para las rentas más altas. Si a esto le sumamos los tramos autonómicos, se
llega a un tipo máximo conjunto por encima del 45%.
Hace 50 años tampoco existía el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA). En
su lugar, el consumo estaba gravado por el Impuesto General sobre el Tráfico de
Empresas (ITE) y por el Impuesto de Lujo que gravaba determinados bienes. Actualmente,
el IVA se aplica a todos los productos, bienes y servicios. El tipo general es del
21%, aunque hay un tipo reducido del 10% para el transporte y la hostelería y
un tipo superreducido del 4% para alimentos básicos o libros.
Obviamente, 50 años atrás el porcentaje destinado a la Seguridad Social
era inferior debido a un menor volumen de pensiones y servicios sanitarios
públicos. Ahora las cotizaciones sociales son el mayor motor recaudatorio,
superando el 37% de los ingresos fiscales del país.
Luego tenemos el Impuesto sobre Patrimonio, que hace 50 años tampoco
existía. A día de hoy se aplica a las “grandes” fortunas. No obstante, para los
que no contamos con grandes fortunas tenemos el Impuesto sobre Bienes Inmuebles
(IBI), que grava la titularidad de las viviendas de todo el mundo, ricos y
pobres.
Dicho esto, está claro que el cambio ha sido sustancial. La
justificación oficial del incremento de la presión fiscal es que España
necesita más dinero para la financiación del Estado del Bienestar. A ver, ¿el
Estado de qué? Porque, ¿qué Estado del Bienestar es ese que permite que
trabajando seas pobre, no llegues a fin de mes y pagues más impuestos que nunca?
No nos confundamos. El Estado del Bienestar es ese que te garantiza cobertura médica inmediata, esperanza de vida y
bienestar emocional. Ese que te ofrece un nivel de ingresos dignos para mantener
tu poder adquisitivo. El que te da acceso al conocimiento y la cultura. El que
te permite vivir en un entorno limpio con buena calidad de alimentos, aire y
agua. El que tiene niveles ínfimos de criminalidad. En definitiva, un Estado
donde tus derechos estén garantizados y el gobierno te proteja y no te robe. Porque
no se trata de dar ridículas ayudas que no sacan de la pobreza al que las
recibe, sino de crear bases sólidas que garanticen la igualdad de oportunidades
para todos.
Pero el debate no está en si el gasto público debe ser alto o bajo en
función de las necesidades del Estado, sino en si verdaderamente ese gasto es
eficiente. Y he aquí que España gasta el 45% de su PIB para obtener unos resultados
propios de un país que sólo gasta la mitad. Por lo tanto, algo estamos haciendo
rematadamente mal.
La presión fiscal en España ha alcanzado niveles sin
precedentes que no se ha traducido en una mejora de vida para la mayoría de sus
ciudadanos. Esa es la cruda realidad. España dedica hoy 280.000 millones de
euros más al gasto público que hace 50 años. Cada trabajador paga 15.000 euros más
que en 1975 para financiar sanidad, educación e infraestructuras. ¿Qué pasa?
¿Es que en la España de 1975 no existían hospitales, carreteras, trenes y
educación pública? Pues claro que existían acorde a los tiempos que corrían.
La pregunta es: ¿por qué ahora con más recaudación no mejora el
bienestar de la gente? Evidentemente, la respuesta está en la ineficiencia del
gasto público y en el modelo económico español, que se sustenta sobre sectores
de baja productividad. Actualmente, la productividad por trabajador está
prácticamente al mismo nivel que hace 25 años. Del mismo modo, el salario real
medio -descontada la inflación- ha seguido una tendencia prácticamente plana.
Es decir, que hoy en día los trabajadores no ganan más en términos de
poder adquisitivo.
Según el Informe FOESSA, en 1975 había en España alrededor de 3
millones de pobres. En 2026, la cifra ha ascendido a 12,6 millones. Obviamente,
si recaudando más dinero hay más pobres, algo no estamos haciendo bien.
Dicho esto, ¿cómo podemos ser tan estúpidos de pensar que un Estado del
Bienestar puede estar gestionado por políticos? Los políticos en España son
como un grano en el culo. Viven en su mundo de Yupi ajenos a la realidad. Son personas
que no han trabajado en su vida, que no tienen la preparación adecuada y no han
hecho otra cosa que vivir de la política. Por lo tanto, son los menos
capacitados para gestionar un país. Y como sólo saben tapar un agujero con otro
agujero, por eso cada vez necesitan más y más dinero, que luego no se traduce
en calidad de vida para sus ciudadanos.
Epílogo. Los políticos son una panda de parásitos que no saben nada de nada. Excepto una cosa: saben que gobiernan a una población extremadamente idiota. Y, claro está, sabiendo eso, ¿para qué coños necesitan saber nada más?