Cada país, Estado o nación está regido por un gobierno.
Independientemente de su estructura política –democrática, monárquica,
republicana, régimen socialista, comunista o fascista- el gobierno es
intrínsecamente dictatorial. Y es dictatorial, porque los gobiernos no están
constituidos por una mayoría, sino por una minoría que da lugar a un gobierno
oligárquico. Por lo tanto, un gobierno estrictamente autocrático por naturaleza
y totalitario en la ejecución de sus leyes y mandatos tiene que ser a la fuerza
dictatorial sí o sí.
Seamos serios. Cualquier gobierno, sea del color que sea, no es otra
cosa que una dictadura absolutista, por mucho que nos quieran convencer de que
sólo es el representante del pueblo soberano. Todos, absolutamente todos
gobiernos son regímenes tiránicos sin más. No existen gobiernos buenos y
gobiernos malos, ya que todos, sin excepción, son tiránicos y su única función es
la esclavitud de las masas. Y mientras las masas aborregadas no entiendan esto,
seguirán obedeciendo sin rechistar los mandatos de los gobiernos tiránicos.
Mientras, las élites disfrutan encantadas del lujo, la riqueza y el poder. Así es
como realmente funciona el mundo. Todo lo demás, cantos de sirenas al Sol para
mantener idiotizado al “populacho”.
Lo paradójico del caso, es que es la misma sociedad la que está
empeñada en mantener a toda costa su propia esclavitud. Lo digo porque, en
pleno siglo XXI, seguir dependiendo de las ocurrencias de nuestros gobernantes
es absurdo. Y es aún más absurdo si esos gobernantes son elegidos por el pueblo
entre los candidatos de partidos políticos corruptos a través de elecciones
amañadas.
El acto de votar es en sí mismo un engañabobos. Es una estafa, creada por
la clase dominante, para hacer creer a los ingenuos que son ellos los que
tienen la potestad de poner y quitar al gobierno. Sinceramente, llegar a pensar
tal cosa es tan pueril que da vergüenza ajena.
Los gobiernos –peleles a las órdenes de los verdaderos dueños del
mundo- están compuestos por una estirpe de políticos parásitos que viven a
costa de los demás, y cuya única función es robar al pueblo con el engaño de
los impuestos.
¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que sólo unos pocos banqueros y grandes
inversores, interconectados entre sí, son los que controlan la economía
mundial? BlackRock, Vanguard Group, State Street y Fidelity -llamados
coloquialmente “los cuatro grandes”- son los que están detrás de los principales
bancos globales y detrás de las principales corporaciones. Obviamente, si
controlan la economía mundial también controlan a buena parte de los gobiernos,
que son los que a su vez nos controlan a nosotros a través de leyes, normas y,
sobre todo, a través del miedo.
El miedo es una herramienta que viene en nuestro ADN. Esta herramienta
nos permite ser conscientes de los riesgos y peligros que existen a nuestro
alrededor y es esencial para sobrevivir. Pero también es una herramienta
utilizada por el poder para manejarnos y manipularnos. Bueno, pues este es el
contexto en el que nos encontramos ahora mismo.
Aunque el miedo siempre ha sido la herramienta preferida por el poder
para doblegar a las masas, nunca se había utilizado de la manera tan
escandalosa como ahora. La falsa pandemia, el engaño del “cambio climático”
antropogénico, las inagotables crisis económicas provocadas y la infinidad de
tragedias contadas a diario por los medios de comunicación mantienen amedrentada
y paralizada a la población. Y es que atemorizar a las masas es la estrategia más utilizada para
convencer a la gente de que acepte cualquier ocurrencia del gobierno. Obviamente,
si está asustada consentirá lo que sea con tal de volver a encontrar esa falsa ilusión
de seguridad en la que cree que vive gracias al gobierno.
Es incuestionable que a raíz de la falsa pandemia se están
implementando las locuras y ocurrencias más distópicas y dispares disfrazadas
de progreso. Se trata de toda una serie de nuevas ideas políticas y nuevas “ideologías
destrozalotodo” que se están imponiendo al unísono en todo el mundo.
El lenguaje inclusivo, los cambios en el idioma por motivos ideológicos
o la multitud de categorías de identidad (género, orientación sexual, etc.) están
confundiendo a la población más joven (y no tan joven). También se está
implementando la “cultura de la cancelación”: se censura todo aquello que no
esté en sintonía con el relato oficial y se considera delito de odio. Luego
están las nuevas políticas radicales sostenibles (climáticas, medioambientales,
energéticas, etc.) que están encareciendo la vida de la gente y haciendo que su
poder adquisitivo se esfume por el retrete. En fin, toda una retahíla de sandeces,
a cual mayor, para seguir manteniendo al “populacho” en su sitio.
Aunque bien es verdad que la LIBERTAD con mayúsculas nunca ha existido,
parece que la gente haya perdido la memoria. Ha olvidado lo libre que éramos
antes de la llegada de toda esta nueva “cultura del progreso”. Pero mucho me
temo que para cuando se de cuenta será demasiado tarde.
Cada día son más los ciudadanos de todo el mundo que están
desilusionados con su gobierno. Sin embargo, permanecen en silencio, apáticos,
como si con ellos no fuera la cosa. Ni siquiera son capaces de hablar de ello,
pues tienen miedo al rechazo social o a ser etiquetados con alguno de esos
epítetos despectivos de moda para desacreditar a cualquiera que se atreva a
discrepar.
La manera de controlar a las masas ha cambiado. Antes los gobiernos
imponían sus mandatos mediante la fuerza; ahora lo hacen a través del control
mental. La televisión y los teléfonos móviles son las dos armas más poderosas
contra la población para el control mental. A través de estas herramientas nos
cuentan la “realidad” que han diseñado para nosotros, fabrican nuestros
pensamientos y forman nuestras opiniones. De hecho, han conseguido polarizar a la
sociedad en dos bandos irreconciliables, y una sociedad dividida es una sociedad
vencida. En fin, es patético ver como la
gente no hace otra cosa que chupar series (sutil adoctrinamiento) en televisión
o deambular por todas partes con la mirada puesta constantemente en su teléfono
móvil, sin el que ya no sabe hacer nada. Luego está el dinero fiduciario, que
no tiene valor alguno pero cumple su función: esclavizarnos a un trabajo de por
vida.
Personalmente, no me cabe la menor duda de que todos los gobiernos son
dictatoriales y no deberían existir. Sin embargo, no creo que la gente siquiera
se lo plantee.
Obviamente, sólo nosotros somos los culpables de haber llegado a esta situación: nos hemos instalado en una supuesta comodidad, hemos antepuesto una falsa seguridad a cambio de nuestra libertad e ido cediendo voluntariamente poder a los corruptos gobiernos. Entonces, ¿de qué nos quejamos?