20 enero 2026

DE DÓNDE VENIMOS Y HACIA DÓNDE VAMOS

El ser humano es un ser limitado: tiene un principio (nacimiento) y un final (la muerte). Lo mismo le ocurre como especie: tuvo un origen y tendrá un final. Como ser inteligente que es, para comprender todo lo que le rodea se hace preguntas y necesita respuestas, y si no las encuentra, las inventa. Es por esto que ha creado un sistema social-político-económico (obviamente imperfecto) para dar respuesta a sus preguntas, cubrir sus necesidades y desarrollar sus inquietudes.

Dado que para el ser humano todo tiene un principio y un final, lo primero es ver de dónde venimos.

El origen de todo.

Hasta la fecha, la teoría del “Big Bang” es la más plausible a la hora de explicar el origen del universo. Según esta teoría, el universo se formó a partir de un estado extremadamente caliente y denso hace unos 13.800 millones de años. En ese momento, el espacio y el tiempo empezaron a expandirse.

A medida que el universo se fue enfriando comenzaron a formarse las primeras partículas elementales, luego los átomos, y millones de años después las primeras estrellas y galaxias.

Como parte de este proceso, una nube de gas y polvo dio origen al Sistema Solar, donde apareció la Tierra hace unos 4.600 millones de años. Al inicio era una masa caliente y fundida, pero con el tiempo se fue enfriando, dando paso a la formación de la corteza terrestre, los océanos y la atmósfera. Unos 800 millones de años después de su formación surgieron las primeras formas de vida. Inicialmente aparecieron organismos simples, pero según fue pasando el tiempo (millones de años) la vida evolucionó y se diversificó, dando origen a plantas, animales y, mucho más tarde, el hombre.

Aparición del hombre.

El ser humano viene de un largo proceso evolutivo que tuvo lugar en África hace unos 300.000 años. Al principio vivía como cazador-recolector, usando herramientas de piedra y desarrollando el lenguaje, el arte y formas básicas de organización social, hasta llegar a crear sociedades complejas y organizadas.

Hace tan sólo unos 10.000 años comenzó la revolución agrícola, lo que permitió el sedentarismo y el surgimiento de aldeas, ciudades y, en definitiva, las primeras civilizaciones. Es a partir de entonces cuando surgen ciudades, gobiernos, leyes, escritura, comercio y avances científicos y culturales.

Surgimiento de los imperios.

Los imperios surgieron cuando algunas sociedades expandieron su poder político, militar y económico sobre amplios territorios. Los primeros aparecieron en la Antigüedad, como los imperios mesopotámico, egipcio, persa, chino y romano. Durante la Edad Media destacaron los imperios bizantino, islámico y mongol. Más tarde, en la Edad Moderna, los imperios europeos (español, portugués, británico, francés) se expandieron por América, África y Asia gracias a la exploración y la colonización.

En los siglos XIX y XX, los imperios fueron colapsando por guerras, movimientos independentistas y cambios políticos. Hoy en día ya no existen imperios tradicionales, pero algunas potencias ejercen influencia global económica, política, cultural y, por qué no decirlo, armamentística, marcando una nueva forma de poder en el mundo contemporáneo.

Llegada de la tecnología.

Podría decirse que el actual imperio que domina el mundo es el “imperio de la tecnología”. Este no es un imperio tradicional con territorios y ejércitos, sino una forma de poder global basada en el conocimiento, la innovación y el control de la información.

Su origen se remonta a la Revolución Industrial, pero es a finales del siglo XX cuando se consolidó con la llegada de la informática, Internet y el desarrollo de las telecomunicaciones. En la actualidad, grandes empresas tecnológicas han adquirido una enorme influencia y poder sobre la economía, la política, la cultura y la vida cotidiana en cada rincón del planeta.

Hoy en día la tecnología conecta al mundo, impulsa avances científicos y mejora la calidad de vida, pero también genera desafíos como la dependencia digital, la pérdida de privacidad, la vigilancia masiva, la desigualdad tecnológica y el impacto ambiental. Obviamente, este “imperio” sigue creciendo y transformando la sociedad a escala global. Lo que no sabemos es si será para bien o para mal.

Irrupción de la inteligencia artificial (IA).

El último avance tecnológico es eso que se ha dado en llamar IA. Su poder radica en su capacidad para analizar grandes cantidades de datos, aprender de la experiencia, tomar decisiones o hacer predicciones con gran rapidez y precisión. A diferencia de otras tecnologías, la IA no sólo ejecuta instrucciones, sino que puede adaptarse y mejorar.

Hoy en día la IA influye en casi todos los ámbitos de nuestra vida: salud, economía, educación, comunicación, ciencia, seguridad, etc. También ha aumentado la productividad, acelerado nuevos descubrimientos y transformado la forma en que trabajamos y vivimos.

Sin embargo, su poder también plantea retos importantes como la ética, el control, la privacidad, el impacto en el empleo y el riesgo de un uso irresponsable por parte de los de siempre. De hecho, el verdadero desafío no es sólo desarrollar la IA, sino dónde está el límite. O dicho de otra manera: hacer un uso adecuado para que beneficie a toda la humanidad y no la esclavice al servicio de unos pocos.

Hacia dónde vamos.

En los últimos años la tecnología ha transformado profundamente la sociedad. En la actualidad, la humanidad vive en un mundo globalizado con grandes progresos, pero también se enfrenta a desafíos antes inimaginables, como el que representa la IA y, sobre todo, la inminente llegada del transhumanismo.

Transhumanismo.

El FEM es el mayor defensor del transhumanismo que, evidentemente, tiene también sus detractores. El futuro de una humanidad transhumanista no es único ni lineal, sino un abanico de escenarios posibles que dependen del desarrollo de nuevas tecnologías y de las decisiones políticas, éticas y culturales que se tomen en los próximos años.

A grandes rasgos, se pueden identificar tres horizontes principales:

Escenario optimista.

En este escenario el transhumanismo ampliaría las capacidades humanas sin perder valores fundamentales: podría mejorar cognitivamente al ser humano mediante interfaces “cerebro–máquina”, eliminar enfermedades y retrasar o eliminar el envejecimiento. En definitiva, una humanidad más longeva, creativa y con más libertad para decidir qué quiere ser.

Escenario intermedio.

Aquí el transhumanismo avanza de forma asimétrica, presentando un futuro desigual y fragmentado. Esto podría abrir una brecha biotecnológica, enfrentando a humanos “mejorados” con los “no mejorados”. En este escenario el ser humano perdería su significado, puesto que se podría rediseñar.

Escenario crítico.

Sería un futuro fuera de control. El desarrollo de la IA superaría nuestra capacidad ética y política para gestionarlo. Los implantes o sistemas neuronales conectados y las modificaciones irreversibles tendrían consecuencias biológicas y psicológicas graves. Finalmente, depender de sistemas que no comprendemos ni controlamos completamente haría una humanidad subordinada a su propia creación. En este escenario la humanidad perderá todo su sentido.

La humanidad dentro de un millón de años.

Un millón de años geológicamente hablando no es nada, pero a escala humana es una barbaridad. Imaginar a la humanidad dentro de un millón de años es pensar en escalas evolutivas cósmicas. En ese horizonte, casi todo lo que hoy consideramos humano habrá cambiado, se habrá transformado o desaparecido.

Dentro de un millón de años es muy poco probable que exista una sola humanidad. Nos habremos adaptado biológica o artificialmente a distintos mundos. Tendremos mentes digitalizadas o híbridas, e identidades distribuidas en múltiples soportes. Aquí, “vivir” no significará tener un cuerpo físico, sino persistir como patrón de información. La conciencia podría estar integrada en estructuras estelares. Habremos colonizado otras dimensiones. Podríamos manipular procesos cósmicos a gran escala, e incluso utilizar agujeros negros como computadoras o fuentes de energía. Por imaginar que no quede

Pero también existe la opción más simple y factible: la humanidad ya no existe, se extinguió. La Tierra sigue adelante sin nosotros y otras formas de inteligencia han ocupado nuestro lugar.

Lo que sí es seguro, es que si algo del ser humano sobrevive un millón de años no se parecerá ni por lo más remoto a su origen.

Mientras tanto, nosotros preocupados por los “aranceles de Donald Trump”, el “deshielo de los casquetes polares” y los “pedos de las vacas”. 

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