20 julio 2026

LUCES Y SOMBRAS DE LA MEDICINA MODERNA

En 1910, la educación médica en Estados Unidos y Canadá, y posteriormente en el resto del mundo, cambió para siempre dando lugar a la aparición de la medicina moderna. Este cambio se produjo a raíz del Informe Flexner: un manual sobre educación médica, escrito por Abraham Flexner y amparado por la Fundación Carnegie. Hay que resaltar que Abraham Flexner fue un educador sin formación médica que, sin embargo, fue financiado por Carnegie y Rockefeller para definir un nuevo estándar médico.

El objetivo del Informe Flexner, sobre el papel, era combatir la mala formación, cerrar escuelas deficientes, elevar los estándares médicos y convertir la medicina en una disciplina más científica y controlada. Para confeccionar el documento se evaluaron decenas de facultades de medicina y se defendió un modelo basado en anatomía, fisiología, investigación científica, laboratorios, hospitales y formación universitaria rigurosa. No obstante, esto que a priori parece de lo más razonable, tuvo consecuencias para muchas otras disciplinas que enseñaban enfoques distintos, como los modelos homeopáticos, eclécticos o tradicionales, que quedaron fuera del nuevo sistema o perdieron legitimidad.

Desde entonces, la medicina moderna se ha concentrado alrededor del modelo biomédico, universitario, hospitalario y farmacológico.

Pero la medicina moderna, creada a partir del Informe Flexner, tiene sus luces y sus sombras.

El informe fue encargado por la Fundación Carnegie, pero fue la Fundación Rockefeller la que después ayudó a financiar la expansión de ese nuevo paradigma médico.

Es evidente que la inyección masiva de capital, por parte de grandes fortunas como las fundaciones Carnegie y Rockefeller, no fue altruista. De hecho, estas fundaciones exigieron planes de estudio basados exclusivamente en la alopatía (intervención a través de fármacos y cirugía). Es a partir de aquí cuando la salud pasó a ser una gran industria orientada a protocolos universales y al desarrollo farmacológico, en detrimento de las soluciones preventivas o tratamientos naturales que no son patentables o tan rentables para el mercado corporativo.

Y aquí viene una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando los multimillonarios “filántropos” meten sus zarpas en la construcción de un nuevo sistema sanitario? Porque una cosa es mejorar la formación médica o eliminar escuelas de baja calidad, y otra muy distinta marginar todos esos conocimientos ancestrales porque no se ajustan a la nueva industria de la salud.

Hay una cosa clara, ni todo lo natural es la panacea arreglalotodo ni todo lo químico farmacéutico es veneno. Así que debería haber un equilibrio entre ambos.

La medicina moderna ha dejado de mirar al cuerpo completo para tratarlo como una suma de partes separadas utilizando cada vez más protocolos. Protocolos, por otra parte, que han convertido la medicina moderna en esclava de la todopoderosa industria farmacéutica.

Aunque bien es verdad que la medicina moderna ha ganado rigor científico, sin embargo, ha perdido parte de su visión integral del ser humano.

Obviamente, negar los beneficios de la medicina moderna no sería justo, pero tampoco lo sería negar sus sombras.

El dilema está en si es mejor un enfoque de la medicina orientado al cuerpo como un todo unificado o un modelo reduccionista, mecanizado y altamente protocolizado. Porque este cambio, producido por mirar la medicina con un enfoque flexneriano, ha tenido consecuencias profundas, dividiendo el cuerpo humano en sistemas aislados y fomentando la hiperespecialización.

Y aunque este enfoque es el responsable de grandes avances quirúrgicos y tecnológicos, también ha alejado a la medicina de la visión holística, que considera los aspectos psicosociales, nutricionales y emocionales del paciente como un todo. Al ser tratada la enfermedad, por el especialista de turno, como una avería mecánica de una parte del cuerpo, se ha perdido la conexión médico-paciente tradicional.

Una de las amenazas reales de la medicina moderna es que al haberse convertido en una gran industria necesita tener beneficios. Por consiguiente, un paciente curado es un cliente perdido. Es por esta razón que las enfermedades crónicas como el Alzheimer, la diabetes, el asma o la hipertensión, que necesitan de fármacos diarios, no parecen tener curación. Evidentemente, si estas enfermedades llegaran a curarse la industria farmacéutica se resentiría con creces, ya que se estima que cerca de 2.000 millones de personas padecen algún tipo de enfermedad crónica en el mundo. Por lo tanto, perderían 2.000 millones de clientes.

Y ahora seamos serios. Desde siempre, la medicina ha tenido más fracasos que éxitos. Y tiene más fracasos, por la sencilla razón de que no es una ciencia exacta. Es una disciplina que enfrenta la complejidad biológica del cuerpo humano. Cada paciente responde de manera diferente. Así que por mucho que se diga que la medicina moderna ha avanzado una barbaridad, lo habitual es que se limite a gestionar, aliviar o retrasar enfermedades en lugar de curarlas de forma definitiva. De hecho, de curarlas se encarga el sistema inmunológico de cada uno. Pero para eso tiene que estar en plena forma, y la vida y la alimentación de hoy en día se lo está poniendo cada vez más difícil.

Ya ha quedado claro que la medicina moderna es una industria, y una industria se mueve por el aliciente de los beneficios. ¿Y qué hace esta industria para sacar más beneficios? Se inventa enfermedades. Lo hemos podido comprobar recientemente con la falsa pandemia, donde las farmacéuticas se forraron con las mal llamadas vacunas. Lo mismo pasa con el colesterol, donde se bajan cada día más los estándares para atrapar a nuevos clientes, perdón, pacientes. 

Resumiendo. La medicina moderna destaca por su base cada vez más científica, por la utilización de alta tecnología y tratamientos específicos dirigidos. Sus luces incluyen un aumento en la esperanza de vida, la erradicación de algunas enfermedades graves y diagnósticos cada vez más precisos. Como sombras, la hiperespecialización (el paciente ha quedado relegado a una enfermedad), el tratamiento de procesos naturales como patologías y el conflicto de intereses con la industria farmacéutica. Aunque lo peor son los graves efectos secundarios de los fármacos. De hecho, los tratamientos médicos son la tercera causa de mortalidad después del cáncer y las enfermedades cardiovasculares.

En definitiva, que la medicina moderna no es la panacea arreglalotodo: a veces salva vidas y a veces las destruye. Lo importante es saber lo que nos traemos entre manos, y creo que en este sentido hay aún mucha ignorancia. 

10 julio 2026

EN ESPAÑA PAGAMOS MUCHÍSIMOS MÁS IMPUESTOS QUE HACE 50 AÑOS. LA CUESTIÓN ES: ¿VIVIMOS MEJOR AHORA QUE ANTES?

A pesar de pagar muchísimos más impuestos, y por mucho que le pese a la clase política, en España no se vive ahora mejor que hace 50 años. Puede que algunos confundan tener más cosas materiales con calidad de vida, pero no es lo mismo.

En 1975, España tenía una población de 36 millones de habitantes y 700 mil empleados públicos. Hoy en día, la cifra de trabajadores en el sector público supera los 3,6 millones, para administrar a una población que ha crecido hasta los 49 millones. Es decir, los funcionarios se han multiplicado por 5 mientras que la población ni siquiera se ha doblado.

Sin embargo, el aumento del sector público no ha contribuido a incrementar la calidad de vida del ciudadano; al contrario, ha supuesto un aumento espectacular de la burocracia, reduciendo al ciudadano a un mero idiota que tiene que pedir permiso para todo y pagar cada vez más impuestos.

Con la llegada de la “democracia”, España instauró un modelo basado en el multipartidismo y la descentralización (Estado de las Autonomías), dando lugar a un mastodóntico monstruo de 17 cabezas. O lo que es lo mismo, una nación hiperpolitizada y sobrerrepresentada.

Hoy en España tenemos unos 70.000 cargos públicos, más unos 30.000 asesores y cargos de confianza. Y sí, estos administradores de pacotilla son los que nos han llevado a esta situación; a no vivir mejor pagando más impuestos.

En la década de los 70, el sistema fiscal español no era ni la sombra de lo que es ahora. Si hacemos una comparativa de los impuestos que pagábamos hace 50 años con los que pagamos ahora, veremos la diferencia.

Hace 50 años el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF) no existía. Esto suponía que los trabajadores asalariados prácticamente no pagaban un impuesto directo sobre sus ingresos, ya que la recaudación dependía de impuestos sobre el consumo y gravámenes de la época franquista. Sin embargo, ahora es el pilar del sistema fiscal español. En 2026, este impuesto cuenta con tipos progresivos que van desde el 9,5% para los primeros tramos hasta el 24,5% para las rentas más altas. Si a esto le sumamos los tramos autonómicos, se llega a un tipo máximo conjunto por encima del 45%.

Hace 50 años tampoco existía el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA). En su lugar, el consumo estaba gravado por el Impuesto General sobre el Tráfico de Empresas (ITE) y por el Impuesto de Lujo que gravaba determinados bienes. Actualmente, el IVA se aplica a todos los productos, bienes y servicios. El tipo general es del 21%, aunque hay un tipo reducido del 10% para el transporte y la hostelería y un tipo superreducido del 4% para alimentos básicos o libros.

Obviamente, 50 años atrás el porcentaje destinado a la Seguridad Social era inferior debido a un menor volumen de pensiones y servicios sanitarios públicos. Ahora las cotizaciones sociales son el mayor motor recaudatorio, superando el 37% de los ingresos fiscales del país.

Luego tenemos el Impuesto sobre Patrimonio, que hace 50 años tampoco existía. A día de hoy se aplica a las “grandes” fortunas. No obstante, para los que no contamos con grandes fortunas tenemos el Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI), que grava la titularidad de las viviendas de todo el mundo, ricos y pobres.

Dicho esto, está claro que el cambio ha sido sustancial. La justificación oficial del incremento de la presión fiscal es que España necesita más dinero para la financiación del Estado del Bienestar. A ver, ¿el Estado de qué? Porque, ¿qué Estado del Bienestar es ese que permite que trabajando seas pobre, no llegues a fin de mes y pagues más impuestos que nunca?

No nos confundamos. El Estado del Bienestar es ese que te garantiza cobertura médica inmediata, esperanza de vida y bienestar emocional. Ese que te ofrece un nivel de ingresos dignos para mantener tu poder adquisitivo. El que te da acceso al conocimiento y la cultura. El que te permite vivir en un entorno limpio con buena calidad de alimentos, aire y agua. El que tiene niveles ínfimos de criminalidad. En definitiva, un Estado donde tus derechos estén garantizados y el gobierno te proteja y no te robe. Porque no se trata de dar ridículas ayudas que no sacan de la pobreza al que las recibe, sino de crear bases sólidas que garanticen la igualdad de oportunidades para todos.

Pero el debate no está en si el gasto público debe ser alto o bajo en función de las necesidades del Estado, sino en si verdaderamente ese gasto es eficiente. Y he aquí que España gasta el 45% de su PIB para obtener unos resultados propios de un país que sólo gasta la mitad. Por lo tanto, algo estamos haciendo rematadamente mal.

La presión fiscal en España ha alcanzado niveles sin precedentes que no se ha traducido en una mejora de vida para la mayoría de sus ciudadanos. Esa es la cruda realidad. España dedica hoy 280.000 millones de euros más al gasto público que hace 50 años. Cada trabajador paga 15.000 euros más que en 1975 para financiar sanidad, educación e infraestructuras. ¿Qué pasa? ¿Es que en la España de 1975 no existían hospitales, carreteras, trenes y educación pública? Pues claro que existían acorde a los tiempos que corrían.

La pregunta es: ¿por qué ahora con más recaudación no mejora el bienestar de la gente? Evidentemente, la respuesta está en la ineficiencia del gasto público y en el modelo económico español, que se sustenta sobre sectores de baja productividad. Actualmente, la productividad por trabajador está prácticamente al mismo nivel que hace 25 años. Del mismo modo, el salario real medio -descontada la inflación- ha seguido una tendencia prácticamente plana. Es decir, que hoy en día los trabajadores no ganan más en términos de poder adquisitivo.

Según el Informe FOESSA, en 1975 había en España alrededor de 3 millones de pobres. En 2026, la cifra ha ascendido a 12,6 millones. Obviamente, si recaudando más dinero hay más pobres, algo no estamos haciendo bien.

Dicho esto, ¿cómo podemos ser tan estúpidos de pensar que un Estado del Bienestar puede estar gestionado por políticos? Los políticos en España son como un grano en el culo. Viven en su mundo de Yupi ajenos a la realidad. Son personas que no han trabajado en su vida, que no tienen la preparación adecuada y no han hecho otra cosa que vivir de la política. Por lo tanto, son los menos capacitados para gestionar un país. Y como sólo saben tapar un agujero con otro agujero, por eso cada vez necesitan más y más dinero, que luego no se traduce en calidad de vida para sus ciudadanos.

Epílogo. Los políticos son una panda de parásitos que no saben nada de nada. Excepto una cosa: saben que gobiernan a una población extremadamente idiota. Y, claro está, sabiendo eso, ¿para qué coños necesitan saber nada más? 

LUCES Y SOMBRAS DE LA MEDICINA MODERNA

En 1910, la educación médica en Estados Unidos y Canadá, y posteriormente en el resto del mundo, cambió para siempre dando lugar a la aparic...