En el mundo actual todo lo digital ha tomado una dimensión casi divina
alterando nuestra forma de relacionarnos, de trabajar y, en definitiva, de
vivir. Desgraciadamente, la escena tantas veces repetida de un grupo de amigos
sentados alrededor de una mesa y cada uno de ellos mirando su teléfono móvil se
ha vuelto de lo más habitual. Y esto no ha hecho más que empezar.
Hoy en día ya es más común comunicarnos mediante mensajes enviados por
WhatsApp que hablar cara a cara con nuestro interlocutor, aunque lo tengamos en
la habitación de al lado. De hecho, si bien nuestro teléfono móvil tiene la
opción de realizar llamadas raramente la utilizamos. Y yo me pregunto, ¿cómo es
posible que prefiramos perder el tiempo escribiendo mensajes cuando podemos hacer
una llamada y hablar directamente con esa persona? Además, los mensajes
escritos dan lugar a malas interpretaciones, una conversación no.
Otra de las novedades que ha traído el mundo digital es el teletrabajo.
Nos han convencido de que trabajar desde casa tiene muchas ventajas. Obviamente,
es más cómodo si lo miramos desde el punto de vista de que no tenemos que
desplazarnos. Sin embargo, el trabajo desde casa está diseñado para irnos
separando unos de otros; o sea, aislarnos. Esto evita que interactuemos
físicamente haciéndonos más receptivos a la manipulación. Y lo más importante:
nos está empujando a ser más susceptibles de ser reemplazados por la IA.
Si bien hasta mediados del siglo pasado se fomentó la familia numerosa,
porque era necesaria mucha mano de obra, sin embargo, con la llegada de la IA y
la robótica esto ya no es así. De hecho, una sociedad que no necesita tantos
trabajadores tiende a mirar las cosas de otra manera. Así, vemos cómo ahora la
natalidad y la familia comienzan a verse como una carga económica y una amenaza
para el planeta. Esto ha provocado que la clase media -motor de la economía del
siglo XX- esté desapareciendo a un ritmo vertiginoso. Poco a poco se están
produciendo los cambios pertinentes. Precariedad salarial, vivienda inaccesible,
incentivación del aborto, normalización de la eutanasia y un nuevo modelo
social de individuos solitarios sin hijos forman parte de toda una cadena de
cambios para ir hacia el desarraigo social y, evidentemente, hacia la
despoblación.
La élite, con la excusa de avanzar tecnológicamente, nos está vendiendo
la moto de la innovación y la eficiencia, desmantelando todos los vestigios de
la autonomía humana. Esto hace que se esté priorizando las máquinas sobre las personas, los
algoritmos sobre la inteligencia natural y que los centros de datos se hayan
convertido en los templos sagrados del siglo XXI.
El objetivo principal de estos centros de datos es crear suficiente capacidad
de procesamiento para implementar una red de control que mantenga a la población
en un estado de vigilancia permanente.
No seamos ingenuos. La digitalización y mapeo de todo nuestro mundo no
es para hacernos la vida más fácil, sino un pretexto para la vigilancia total. Porque no se trata
sólo de rastrear qué pensamos, dónde estamos o qué compramos, sino de
confeccionar un Avatar de cada uno de nosotros.
En las películas de ciencia ficción se nos suele mostrar cómo los
robots se vuelven lo suficientemente inteligentes como para actuar por su
cuenta. Sin embargo, la realidad que está tomando el desarrollo de las cosas es
muy diferente, ya que somos los propios seres humanos los que voluntariamente
estamos dejándonos guiar por máquinas para servir como extensión física de la
IA. La pregunta es: ¿puede la IA confeccionar un Avatar de cada uno de
nosotros? Lo digo porque ahora la gente le pregunta todo a la IA: qué hacer si
tiene dolor de cabeza, dónde llevar a su chica para impresionarla, qué comer,
cómo vestir, de qué manera entrenar o cómo invertir su dinero o llevar su
negocio. Esto, que aparentemente sigue pareciendo un comportamiento humano no
lo es, ya que las instrucciones y decisiones finales han sido dadas y tomadas
por una máquina.
En la ficción un Avatar es una representación gráfica o digital que se
asocia a una persona, cuyo uso principal es identificarla en entornos
virtuales. Sin embargo, en el mundo real de ahora somos nosotros, los humanos,
los que estamos encaminados a convertirnos en avatares de la IA.
Tenemos ejemplos muy claros de cómo los humanos se están convirtiendo
en avatares de la IA. Los operadores de plataformas digitales, los repartidores
de paquetería, los reponedores de los supermercados, el personal de almacén y
un larguísimo etcétera suelen operar dentro de sistemas informáticos que
asignan tareas, miden el rendimiento, optimizan las rutas o establecen
prioridades. En definitiva, el ser humano es el que se desplaza o realiza la
tarea físicamente, pero el patrón de trabajo lo determina una máquina.
Mucho me temo que, de nuevo, hemos sido engañados: los humanos no
usamos las máquinas; las máquinas usan a los humanos. Hoy en día la gente trabaja,
compra, viaja, educa a sus hijos, sigue una dieta alimentaria, ejecuta un plan
de entrenamiento, vota, mantiene relaciones sentimentales y un sinfín de cosas más
sugeridas por una máquina. O lo que es lo mismo: la persona ejecuta físicamente,
pero las acciones las ha establecido de forma remota una máquina.
Y yo me pregunto: ¿es el objetivo de la IA reemplazar a los seres
humanos, complejos e impredecibles, por avatares programables sin que nos
percatemos de ello?
Sí, ya sé que muchos pensarán que estoy desbarrando, pero cuando
apareció Internet la gente también creyó que sólo era una herramienta de
comunicación y, sin embargo, acabó transformando el mundo. Pues lo mismo puede
pasar con la IA, sólo que elevado a la enésima potencia. A diferencia de todo
lo conocido hasta su aparición, la IA no sólo va a participar en todo cuanto
acontece en nuestras vidas, sino que será quien dará las órdenes y tomará las
decisiones.
Es evidente que una transición tecnológica sin precedentes se está
llevando a cabo de una manera sibilina sin nuestro consentimiento. Porque la IA
no es una tecnología del futuro a punto de llegar, sino una tecnología del
presente que ya está influyendo en la política, la economía y la vida cotidiana
de todos nosotros.
Obviamente, la IA se nos vende como la panacea que arreglará todos
nuestros males, pero yo no lo tengo tan claro. Porque no sé si estamos en el
comienzo de una nueva era dorada tecnológica o en un momento en el que la
humanidad está subestimando una fuerza transformadora que puede acabar con
nosotros.
Dentro de unas décadas veremos si la gente inteligente fue capaz de darse cuenta a tiempo de que la inteligencia natural no puede ser sustituida por una inteligencia artificial. De lo contrario, el escenario más probable será el de una especie humana con el cerebro atrofiado esclava de la IA. El tiempo lo dirá.
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