Una camarilla de parásitos acaparadores tiene totalmente engañada a la gente para que acepte mayoritariamente vivir una vida de penalidades y sumisión. Es una élite dominante que ha sabido cómo manipular a las masas. Para ello sólo ha tenido que apartarlas del conocimiento. Y, claro está, esto les ha dado un poder extraordinario y una riqueza inconmesurable.
El embrutecimiento de las masas, a través de los centros de
adoctrinamiento llamados escuelas, ha conducido a la población a la ignorancia,
a la incapacidad de pensar por sí misma y, sobre todo, a tener miedo, mucho
miedo. Es de esta manera cómo la élite dominante manipula fácilmente las
emociones de la gente corriente, haciéndole comulgar con ruedas de molino.
Decía Edward Bernays (1891-1995), sobrino de la mujer de Sigmund
Freud y experto en relaciones públicas y propaganda, que quienes manipulan
consciente e inteligentemente los hábitos y opiniones de las masas constituyen
el verdadero poder en la sombra. Si por aquel entonces sólo contaban con prensa
escrita y alguna que otra emisora de radio, imagínate lo atónito que se
quedaría Bernays si viera las increíbles herramientas de que dispone la élite
dominante actualmente. Obviamente, con estas herramientas convencer de
cualquier cosa (virus voladores, calentamiento global, ideología de género,…) a
una población cada vez más miedosa e ignorante es hoy día pan comido.
Se supone que vivimos los mejores y más avanzados tiempos de nuestra
historia. Entonces, ¿cómo es posible que de nuestro sistema educativo salgan
jóvenes cada vez más ignorantes? Pues porque el sistema educativo está diseñado
precisamente para eso, para crear idiotas.
Una persona idiota no tiene ningún criterio y es fácilmente
manipulable. De hecho, los idiotas son engañados constantemente por los que se
autoproclaman “expertos”. Estos supuestos “expertos” no son más que vulgares
embaucadores paniaguados de causas concretas. Lo que sucede, es que la élite ha
dado a estas personas demasiado poder e influencia para difundir narrativas y
manipular a la opinión pública.
El engaño de la falsa pandemia refleja a la perfección cómo
se manipuló a la gente precisamente por su miedo e ignorancia. Tal es así, que
aún a día de hoy la gente se niega a reconocer que fue engañada por el Gobierno
y toda esa caterva de supuestos “expertos” paniaguados. Para ello sólo les
faltó una intensa campaña de marketing y la implementación del miedo las 24
horas del día, los 7 días de la semana. Esto condicionó a la gente para que se
dejase inyectar una terapia génica tóxica, que a día de hoy sigue causando
estragos. Tal es el grado de estupidez e ignorancia de la gente, que a pesar de
las pruebas científicas reales de que las inyecciones mataron y ocasionaron
graves problemas de salud de todo tipo, la mayoría prefiere seguir engañada
antes de afrontar su disonancia cognitiva.
Sí, ya sé que lo que voy a decir suena muy mal. Vivimos en una sociedad
repleta de idiotas (creo que es la mayor verdad que he dicho en mi vida). Pero
lo peor de todo es que los idiotas no saben que son idiotas. Porque pasar 40
años de tu vida trabajando para enriquecer a otros; consumir en tu tiempo libre
productos que siguen enriqueciendo a otros; votar a tu amo azul o rojo en
función de la ideología insertada en tu cerebro y tener que tomar pastillas
para dormir porque la mierda de vida que llevas no te gusta es de lo más
idiota.
Los idiotas pululan a sus anchas a lo largo y ancho de todo el globo
terráqueo. Entre los más destacados figuran los políticos. En España Gabriel
Rufián, Yolanda Díaz, Santiago Abascal, Alberto Núñez Feijoó y la gran mayoría
de los diputados que conforman el Congreso de los Diputados son idiotas y
mediocres. Así que si los que hemos elegido como nuestros representantes,
porque se supone que son los más “listos” de la clase, son una panda de
idiotas, imagínate cómo será el resto; es decir, los que les votan.
Vivimos en un mundo donde estamos a merced de los idiotas. De hecho,
sin los idiotas nunca se hubiera podido llevar a cabo la operación psicológica
más grande en la historia de la humanidad: la falsa pandemia.
Pero el “populacho” no siempre fue idiota. Bien es verdad que ha sido
ignorante o analfabeto, pero no idiota. Sin embargo, en los últimos tiempos se
ha idiotizado de una manera escandalosa. Hoy en día la sociedad está llena de
idiotas con títulos académicos (el Congreso de los Diputados está lleno de
ellos). Obviamente, al verdadero poder le interesa una sociedad repleta de
idiotas gobernada por otros idiotas. Es la ecuación perfecta para que la élite
siga disfrutando de sus privilegios sin temor a que algún día el “populacho”
despierte.
Lo que está pasando en España es un ejemplo claro de que sus ciudadanos
forman parte de esa legión de idiotas. Los españoles soportamos a un Presidente
de Gobierno mentiroso compulsivo al frente de un Gobierno corrupto; a un
expresidente de Gobierno chorizo; a una oposición que más que una oposición
parece la Madre Teresa de Calcuta; a unos jueces y fiscales embaucados en
procesos que no se terminan nunca; a unos partidos
independentistas-separatistas que rigen las políticas del país que odian; a un
Tribunal Constitucional que ni está ni se le espera, lo mismo que el Tribunal
Supremo. Y entre toda esta corruptela destaca la Agencia Tributaria, que esa sí
funciona a las mil maravillas para robarnos el fruto de nuestro trabajo. Luego
está la inmigración descontrolada, la sanidad pública con sus interminables
listas de espera, las infraestructuras desmoronándose, los salarios precarios,
la falta de vivienda accesible, el aumento espectacular de la delincuencia y
una larga lista interminable de cosas que no funcionan. Sin embargo, el
Gobierno idiota dice a los idiotas que España está mejor que nunca. ¡Ver para
creer!
Me pregunto si esto no es motivo más que suficiente para decir: ¡BASTA!
¡Hasta aquí hemos llegado! Pues parece que no, que los idiotas no lo ven así.
¡Piénsalo! Si los políticos que nos gobiernan verdaderamente
resolvieran todos nuestros problemas no habría lugar a más elecciones. Del
mismo modo, si no hubiera deuda los bancos no tendrían razón de ser. ¿No te das
cuenta de que todo es un gran engaño? No es más que un espectáculo dantesco
donde nosotros, los idiotas, somos actores y espectadores al mismo tiempo.
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