En los últimos años alguien está poniendo el mundo patas arriba. Los
gobiernos ya no gobiernan; delinquen. Los médicos ya no curan; hacen de la
enfermedad un negocio. Los jueces ya no juzgan; manipulan la justicia. Los
científicos ya no hacen ciencia; hacen pseudociencia. Los medios de
comunicación ya no informan; desinforman. Las religiones ya no predican amor,
sino odio….. Y así podríamos seguir con una lista interminable.
¿Te has parado a pensar en que todo lo que nos enseñaron desde
pequeñitos puede que sea una gran mentira? Hay una evidencia: la gente que se
atreve a cuestionar las cosas llega a la conclusión de que absolutamente todo
nuestro sistema esta cimentado sobre mentiras. Da igual por donde empieces (Estado,
gobierno, democracia, sistema financiero,….), todo es una farsa. Y los
acontecimientos que estamos viviendo últimamente, como la reciente “pandemia”, el
cambio climático antropogénico, la invasión de Ceuta o cualquiera de las
guerras actuales, más de lo mismo.
Todo lo que nos contaron sobre la necesidad incuestionable de someternos
a un gobierno, sobre la función que desempeña el sistema financiero, sobre el
papel del Estado, incluso sobre la libertad que supuestamente disfrutamos en
las democracias occidentales son flagrantes mentiras. Mentiras, por otra parte,
que nos fueron inculcadas por padres y educadores sin ser conscientes de que nos
contaban una milonga. Sin embargo, estas mentiras son mantenidas y acrecentadas
por políticos y medios de comunicación a sabiendas de que son mentiras.
La realidad es que estamos gobernados por una panda de plutócratas,
agencias gubernamentales y poderosos lobbies bancarios que manipulan el mundo con
total impunidad.
En el transcurso del tiempo, una banda de banqueros internacionales ha
creado un sistema de control financiero privado para dominar la política de
cada país y la economía mundial. Familias de banqueros como los Rothschild, Morgan,
Warburg, etc., junto con la masonería y otras organizaciones nada transparentes
como el Club Bilderberg, el CFR o el Club de Roma, han establecido un cártel
financiero y de poder internacional durante los últimos 200 años.
Siendo los amos del dinero -tomándose muy en serio el lema de “quien
controla el dinero gobierna el mundo”- se han hecho los dueños de los
respectivos gobiernos que manejan a su antojo.
Los amos del mundo han creado una sociedad disfuncional, donde si no
cumples con los estándares establecidos -trabajar y consumir toda una gama de
productos innecesarios- eres considerado “persona non grata”, por decirlo de
una manera suave. Nos han programado para competir con nuestros semejantes y
para que nuestra vida sea un cúmulo de metas profesionales y económicas, donde
el fin último es la acumulación de bienes materiales. Luego, cuando te mueres,
todas esas metas que conseguiste y los bienes materiales que acumulaste se
quedan aquí. Lo único bueno que dejas –si es que lo dejas- es tu legado del
conocimiento; el resto, un montón de cosas superfluas. Así que la pregunta es:
¿merece la pena tanto esfuerzo?
La mayoría de la gente que peina canas sabe por experiencia propia que
esta es una forma de vida demencial que, sin embargo, se ha extendido por todo
el mundo. Porque disfrutar de la vida –y cuando hablo de disfrutar de la vida
no me estoy refiriendo a viajar en un crucero de lujo, etc.- no requiere ningún
esfuerzo. Basta con deleitarse con las experiencias sensoriales que nos brinda
la vida en cada momento, disfrutar de las maravillas de este extraordinario
planeta azul y compartir conocimiento y alegría con nuestros semejantes.
Cuando tienes salud, familia y amigos que te quieren, una actividad provechosa
y ningún conflicto es que la vida no te va nada mal. Entonces, ¿por qué se
empeñan en convencernos de todo lo contrario?
El día que dejemos de escuchar en nuestra mente todas esas retahílas
programadas sobre el éxito, la competitividad, la codicia y el miedo a todo lo
que no se encuentre dentro de nuestra zona de confort es cuando realmente
empezaremos a vivir. Porque la vida no es más que eso que sentimos cada mañana
al despertar, y no una programación continua de nuestro tiempo, por parte de
otros, que es lo más valioso que tenemos en esta vida.
La nuestra es una civilización profundamente enferma. Una civilización
donde se le ha dado la vuelta a todo: hombres que ahora son mujeres y viceversa
o delincuentes que tienen derechos y víctimas que no los tienen.
Veamos, a modo de ejemplo, el reciente caso de la invasión de Ceuta. En
Ceuta los invasores son protegidos por el gobierno que sufrió la invasión y sus
gobernados, los Ceutíes, abandonados a su suerte. Y lo más incongruente: el
país invadido da las gracias al país invasor y tilda de fascistas y xenófobos a
los invadidos que piden una solución. Esta es la locura a la que hemos llegado
en una sociedad distópica, donde se le ha dado la vuelta a todo.
La pregunta es: ¿cómo ha sido posible esto? Pues mediante la
contaminación de nuestras mentes a través del relato. Porque quien controla el
relato controla nuestro pensamiento; quien controla nuestro pensamiento
controla nuestro comportamiento; y quien controla nuestro comportamiento influye
en nuestras opiniones, estado de ánimo y, por supuesto, en nuestros miedos. Por
lo tanto, llegar a ejercer una influencia de la percepción del mundo que nos
rodea se ha convertido en la manera más sutil de ejercer el poder. Por cierto,
esto lo hace de maravilla nuestro Presidente de Gobierno, Pedro Sánchez.
Pero las cosas son de esta manera porque la mayoría de la gente ha aceptado
voluntariamente la esclavitud, ya que el ser humano es el único animal en la
naturaleza que se deja gobernar. La absurda idea de elegir un amo que le controle
y domine es lo mejor que ha podido salir de su cabecita. Obviamente, es el
gobierno quien desempeña el papel de amo. Por lo tanto, la sumisión al
gobierno, y el voto para legitimarlo, hace responsables de la situación actual
a todos aquellos que siguen estas prácticas. Y lo más incongruente. Si lo han
querido así ellos mismos, ¿de qué coños se quejan?
El “populacho” –pobre e ignorante- parece empeñado en su propia desgracia. Ha perdido su dignidad dejándose despojar de su riqueza y su libertad sin la más mínima resistencia. Y aunque bien es verdad que desde tiempos inmemoriales ha sido pobre e ignorante, es a partir del Covid-19 cuando, además, se ha vuelto extremadamente imbécil. Y así no hay manera.
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