20 septiembre 2026

“CUANDO TODOS PIENSAN IGUAL ES QUE NADIE ESTÁ PENSANDO”

Esta frase, atribuida al periodista y pensador, Walter Lippmann, significa que pensar, fundamentalmente, es cuestionar. Por consiguiente, no hay cuestionamiento sin pensamiento. Y el poder lo sabe.

Fuera de convencionalismos, el mundo en el que vivimos la inmensa mayoría de los mortales es una prisión sin rejas, donde nuestra celda es nuestro propio país, nuestro Estado.

Curiosamente, las celdas no son gratis, ya que los ocupantes tenemos que pagar la estancia a través de los llamados impuestos. Esos impuestos los pagamos a fondo perdido, pues no recuperamos en servicios ni la cuarta parte de lo que pagamos. Obviamente, antes de pagar impuestos necesitamos trabajar para ganar el dinero que luego pagamos al “Estado prisión”.

Por supuesto, nadie puede salir de la prisión, sólo cambiar de celda; es decir, ir a otro país para seguir trabajando y continuar pagando impuestos.

Para que nunca lleguemos a darnos cuenta de esta realidad la prisión nos ofrece todo un abanico de productos inútiles de consumo, terribles noticias para que nos sintamos unos “privilegiados” de estar bajo el cobijo del “Estado prisión”, ocio con el que distraernos de nuestra miserable vida y entretenimiento para que nunca descubramos que estamos presos.

Bien es verdad que, aunque muy pocos, hay algunos prisioneros que son conscientes de que están encerrados: se les llama disidentes o antisistema, y si persisten en sus ideas se les confina en mazmorras más pequeñas.

Pero hay algo muchísimo peor que todo lo expuesto anteriormente: la prisión está dirigida y controlada por los llamados “presos de confianza”, puestos ahí por los dueños de la prisión. Es decir, presos que ejercen de carceleros para el resto de reclusos a cambio de ciertos privilegios.

Para que la prisión funcione es necesario que los presidiarios seamos ignorantes, débiles mentales y estúpidos, sobre todo muy estúpidos. De esta manera nunca descubriremos que somos reclusos.

Pues bien. A esta situación hemos llegado porque la mayoría de nosotros nos hemos convertido en pensadores acríticos que ya ni siquiera pensamos. Y lo que es aún peor: somos tan dependientes de “papá Estado” que no podemos ni sabemos actuar fuera de él.

Estar constantemente pendiente de los múltiples medios de comunicación atrofia el cerebro y llena la cabeza, de los que siguen estas prácticas, de sandeces.  Obviamente, esto tiene un objetivo: anular el pensamiento propio.

La adicción a las noticias, a las redes sociales, a las series de televisión, al fútbol y, en general, a todo aquello que no requiera el esfuerzo de pensar se ha puesto de moda.

Hoy en día si no estás constantemente entretenido es que estás aburrido, cosa que en nuestras sociedades modernas -como también se dice del “cambio climático”- mata. Eso es lo que nos venden desde el poder. Sin embargo, es en el aburrimiento donde germina el pensamiento.

Un buen libro puede ser de gran ayuda, pero, a su vez, puede impedir reflexionar si lo único que nos aporta es el pensamiento de su autor. Por consiguiente, leer libros, por muy buenos que sean, puede ser un freno del pensamiento propio, pues, al final, nuestro pensamiento es contaminado por el pensamiento de otro.

Para los consumidores compulsivos de libros esto que acabo de decir les parecerá un sacrilegio. Y no digo yo que no lo sea. Sin embargo, creo que de vez en cuando es conveniente hacer un ayuno literario para dejar de absorber los pensamientos de otros y así poder centrarnos exclusivamente en los nuestros.

Ojo, no estoy diciendo que no se deba leer. Al contrario, hay que leer. Pero igual que hay un tiempo para leer, debería haber un tiempo para pensar y reflexionar.

La sociedad moderna ha eliminado al individuo generando una mentalidad de rebaño basada en la conformidad y la obediencia. De hecho, el pensamiento independiente ha desaparecido, siendo reemplazado por el pensamiento de masas. Es por esta razón por la que nadie discrepa y sólo repite lo que oye en los medios de comunicación.

Sinceramente, creo que la mayoría no es consciente de que somos peleles manejados por el sistema. Todo comienza con la entrega de nuestros hijos al Estado para que los eduque. Allí son adoctrinados y se les enseña a no pensar ni cuestionar, sino a repetir, obedecer y a aceptar. Obviamente, este es el origen de la mediocridad de la mayoría de nosotros, donde una mente secuestrada conduce a una vida enjaulada y a una esclavitud garantizada.

El resultado de embrutecer y lavar el cerebro a una generación tras otra nos ha conducido a una sociedad del miedo y la ignorancia, donde la mediocridad estandarizada se ha impuesto. Obviamente, con la llegada de la tecnología la situación ha empeorado sustancialmente, ya que la digitalización total de todo cuanto acontece en nuestras vidas, abanderada por la IA, ha permitido que el dominio del poder se haya expandido hasta controlar a miles de millones de personas sin la menor resistencia. Y no sólo eso, sino que la inmensa mayoría está encantada “disfrutando” de esta “maravillosa tecnología”.

Evidentemente, esta tiranía ha sido posible gracias al embrutecimiento, lavado de cerebro y adoctrinamiento de la población durante generaciones. De hecho, la población sigue apoyando este sistema, votando en cada elección como si no hubiera un mañana, sin ser consciente de que está legitimando su propia esclavitud.

Nos guste o no, formamos parte de una sociedad donde nadie aprende a pensar, sino qué pensar. Y en una sociedad así la estupidez se ha disparado y expandido como una enfermedad infecciosa.

Mientras no seamos conscientes de que los gobiernos no están para protegernos, sino para subyugarnos y explotarnos, nunca saldremos de esta prisión. Pero no se trata de manifestarnos contra el gobierno de turno, ya que ningún gobierno teme una protesta pacífica. El gobierno lo que de verdaderamente teme es que millones de ciudadanos empiecen a pensar por sí mismos, que se organicen en base a sus recursos y sean independientes del sistema.

Sí, ya sé lo que piensas, que es prácticamente imposible. Yo también lo creo, aunque tenía que decirlo. Pero recuerda que jamás ha venido ningún político a salvarnos. Por consiguiente, sólo nosotros podemos hacerlo.

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